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¿Dónde vive S.E.?

Manfredo Kempff Suárez

A las 7 de la mañana del miércoles, cuando la mayoría de los bolivianos estaban en la ducha o camino de su trabajo, S.E. convocó a una conferencia de prensa de la que pocos se enteraron. Frente a periodistas extranjeros se quejó de estar avasallado por fuerzas malignas de la “derecha”, pero dijo que estaba dispuesto a defender la democracia y hacer valer su presunto triunfo electoral del domingo 20, que, sabemos, ha quedado viciado por el fraude.

A las 7 de la mañana del miércoles, en Santa Cruz no se movía una hormiga (como afirmó el presidente del Comité Cívico), ni en otras capitales de departamento tampoco. El malestar ciudadano era insoportable cuando S.E. se quejaba de que no lo querían dejar gobernar cinco años más, casi nada. Pero, para dar una imagen de normalidad, de que aquí no pasa nada, iniciaba el reparto del bono Juancito Pinto.

En el otro lado, Carlos Mesa, el candidato a quien le detuvieron su marcha ascendente con la inexplicable interrupción del conteo rápido de votos, ya había dicho que llamaría a la resistencia civil contra el fraude; que no se aceptaría un 21-F y luego un 20-O, porque simplemente no somos una nación de borregos. Eso se fortaleció con el paro indefinido decidido por el Comité Pro Santa Cruz, pieza clave en esta elección, que en su multitudinario cabildo expresó, entre otras cosas, que no se toleraría el triunfo oficialista si aparecía la figura del fraude, un fantasma que, no obstante, se presentó con la guadaña en la mano el domingo pasado.

S.E. vive en otro planeta o no le permiten ver la realidad. Tiene que entender que la población se ha cansado hasta de verle la cara, luego de sus casi 14 años de gobierno. El pueblo, al que S.E. menciona como si fuera propio, ha entrado en un letargo, en una modorra soporífera en cuanto le oye hablar de democracia y leer cifras milagrosas que ya no interesan. Vive lejos de la realidad S.E., al extremo de no darse cuenta que la gente ya no vota por él, que tiene que recurrir a las matufias y trampas para poder sobrepasar el 40% de los votos.

Sin embargo, S.E. tiene en sus manos el aparato del Estado con sus miles de millones. Y vuelan los cheques y circulan los fajos de billetes para que no se esfumen las lealtades. Todos sus fieles ya son comprados porque las adhesiones sinceras del año 2006 se apartaron, desilusionadas de tanta corrupción y de tan mala administración. Ahora está él y sus espectros, aunque se muestra esperanzado en “sus” campesinos y movimientos sociales, que ya son poca cosa frente a la resistencia de las ciudades.

Hizo muy mal S.E. en desconocer los resultados del 21-F y obligar al Tribunal Constitucional y el Tribunal Supremo Electoral (TSE), a que burlaran el voto y la letra de la Constitución. Fue el primer error. Y el siguiente fue ratificar su candidatura con las inconfesables elecciones primarias, donde nuevamente el TSE jugó un papel indecoroso. De nada valen ahora las lágrimas de doña María Eugenia Choque, que jura ser honrada; de muy poco la tardía renuncia de Costas, cómplice inconfesable de todas las fechorías ordenadas por el MAS, que no se redime huyendo en el momento del naufragio.

Mesa tiene razón: no se debe dar ni un solo paso atrás en la disputa por la segunda vuelta. Camacho tiene razón: no se reconocerá a un gobierno surgido del fraude. Hay que obligar al TSE a que vuelva a contar los votos vertiginosamente, pero controlado porque ya no le confiamos nada. Y no se debe prestar oídos al disparate de pensar en una nueva elección, porque eso sería darle cuando menos un año de oxígeno a S.E. para que monte un nuevo escenario y borre del mapa a todo vestigio de oposición, como sucedió en Venezuela.

A las 7 de la mañana del miércoles, S.E., con cara de afligido, no ha hecho otra cosa que amenazar a quienes lo denuncian de fraudulento. No ha sido otro su propósito y podemos estar seguros que puede cumplir con su amenaza con tal de no perder el mando y  tener que rendir cuentas de sus actos.

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