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Un tirano llamado Evo Morales

Enrique Fernández García

La tiranía es, indefectiblemente, el peor de todos los males, el mayor maleficio que puede afligir a una sociedad.

Jorge L. García Venturini

Aun cuando no sirva de consuelo, aclaro que nunca lo consideré una persona confiable, peor todavía digna del apoyo en las urnas. Desde sus tiempos en la oposición, cuando bloqueaba caminos, agrediendo a policías, militares, pero también al ciudadano que sólo quería trabajar, su actitud no era sino incompatible con el orden democrático. Sus demandas tenían el infaltable sello de la intransigencia y, además, las prácticas violentas. No le importaba cuánto daño se causaba para obtener ciertas ventajas en favor del grupúsculo que representaba, los productores de hoja de coca, elemento indispensable para elaborar cocaína. Yo sé que dicha planta puede tener usos lícitos; sin embargo, los sembradíos excedentarios, patrocinados por sus luchas, cuentan con otro destino. Resumiéndolo, ya cuando irrumpía en la esfera política, no parecía ofrecernos un cambio que sirva para mejorar el, a menudo, difícil panorama de Bolivia. Con todo, esto no significa que, por sus cualidades, el acceso al poder le fuese imposible; al contrario, cuando, como en este país, se suele amar a los grandes hombres y sentir poco aprecio por las instituciones republicanas, su ascenso era tan viable cuanto, con crisis de por medio, seguro.

Su ejercicio del poder no ha sido reacio al uso irregular de la fuerza. Prometió que no habría ningún muerto en su Gobierno; al presente, lleva numerosos, a nivel nacional, caídos cuando se movilizaban contra sus medidas. Más aún, el año 2009, en el hotel Las Américas, se produjeron tres ejecuciones extrajudiciales, tal como lo evidenciaron informes médico-forenses del extranjero. Tal vez uno de los mayores ejemplos se dé gracias a un viceministro, Rodolfo Illanes, quien, en 2016, prácticamente, sin mayores recaudos, fue enviado a la muerte porque, así, se desencadenaba una represión para terminar con un reclamo de mineros cooperativistas. Por supuesto, cuando no emplean esos medios, puede utilizarse a la corrupta justicia para multiplicar procesos contra opositores. No es casual que su régimen tenga centenares de exiliados, amparados por varios países; salvo excepciones, jueces, fiscales y policías se han sumado a ese tenebroso cometido. Al final, conforme a lo que él mismo reconoció, las leyes no le importan en absoluto, ya que prima su voluntad. Los abogados, recordémoslo de nuevo, según su criterio, habrían estudiado para legalizar sus abusos.

Por otro lado, su Gobierno, que ya lleva trece años, ha sido una fuente inagotable de corrupción. Por desgracia, la indecencia en el manejo de los recursos públicos jamás fue una curiosidad, un hecho aislado, ni mucho menos; empero, con su partido, los latrocinios sobrepasaron nuestra imaginación. Desde un funcionario del banco estatal que, como si nada, viajaba con sus amigos en avión al extranjero, así como también regalaba un auto de lujo a su novia, hasta el derroche del Fondo Indígena. Destaco esto último porque, en diversas ocasiones, se sostuvo que Morales Ayma representaba a una especie de moralidad superior, por el hecho de ser originario (aunque, como se sabe, ni siquiera habla un idioma nativo); sin embargo, al manejar proyectos millonarios, muchos no tuvieron problema en aumentar su patrimonio, reflejando idéntica o peor inclinación al desfalco que cualquier blanco, mestizo o lo que fuese. Acoto que, en materia económica, no hubo solamente esas rapacerías, sino asimismo derroche, gastos demagógicos, bonos e innúmeras canchas de fútbol: una verdadera ofensa a quienes plantean la necesidad de gobernar con sensatez.

Naturalmente, lo que provoca hoy más indignación, aunque no sorpresa, se relaciona con su desprecio al voto. En efecto, Juan Evo Morales Ayma se ha jactado, gritándolo a voz en cuello, de “gobernar obedeciendo al pueblo”. Mas todo ha quedado en sus largos e infértiles discursos. En un referendo del año 2016, con claridad, la mayoría de los ciudadanos se manifestaron contra su reelección. Había distintas razones para ello; no obstante, su propia Constitución, vigente desde 2009, lo estableció de esa forma. ¿Obedeció el mandato de su soberano? No, recurrió a jueces serviles para que se le reconociera un absurdo “derecho humano” a ser candidato sin ninguna limitación de mandatos. Así las cosas, no asombra que, en estas últimas elecciones, una vez más, se burle de la ciudadanía, imponga un fraudulento recuento de votos y, sin la menor vergüenza, pretenda privarnos de la segunda vuelta. Quiere hacer, pues, lo que le plazca. El problema es que no todos están dispuestos a contemplar su enésimo ataque y no hacer nada para remediarlo. Yo estimo que, por primera vez en mucho tiempo, su tiranía se topará con un obstáculo inamovible. Abrigo la esperanza de que sea el inicio de su necesario fin. Es el mandato que toda persona de bien, como Tomás de Aquino y John Locke lo defendieron en la historia del pensamiento, debe asumir frente a estos regímenes.

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