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No hay golpe, sino rebelión contra la tiranía

Enrique Fernández García

¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no.

Albert Camus

Por cada una de las muertes que produjo su Gobierno. Pienso en Christian Urresti, a quien sus movimientos sociales mataron en la calle, sin olvidar al joven Limbert Guzmán, reciente víctima de la misma barbarie. No existe un solo régimen que, en la Bolivia contemporánea, supere sus cifras de brutalidad. Han utilizado a policías y miltares, sin duda; no obstante, el protagonismo fue asumido por sus hordas. Porque dejemos de lado su idealización. Mucho se ha hablado, escrito, debatido, reflexionado sobre su aporte a la democracia. Se ha llegado al extremo de plantear que sus actuaciones sirvieron para mejorar nuestra convivencia. Lo cierto es que, si revisáramos cuáles fueron sus prácticas durante los gobiernos del tirano, no quedaría nada para realzar. Fueron quienes cercaron ciudades, hostigaron autoridades, maltrataron parlamentarios, levantaron las banderas del autoritarismo sin un ápice de pudor: hicieron de todo por evitar que se conviva conforme a las reglas del orden más o menos civilizado. Sí, hubo ignorancia, que fue aprovechada por el oficialismo; sin embargo, son centenares, más aún miles, quienes se movilizaron con plena consciencia del abuso.

Esta insurrección se da igualmente debido a su obscena falta de honradez. No hay ninguna instancia del Gobierno que se haya librado de la corrupción. Podemos recordar a Nemesia Achacollo, por supuesto, pero cabe también evocar al honorable Santos Ramírez, entre otra gente que sirve como símbolo del oficialismo. La militancia de su partido puede ser dividida entre quienes roban poco y los que, en cambio, atracan más. Los individuos con decencia se constituyen en una minoría tan raquítica cuanto imperceptible. Esta desgracia ha sido posible por la impunidad, esa conocida ausencia de castigo que favorece a sus correligionarios, salvo cuando, para preservar las apariencias, sacrificaron alguno. Camiones, tractores, canchas deportivas, etcétera: todo les ha servido para incrementar sus billeteras a costa de la ciudadanía respetable que hay todavía en Bolivia. Creían que nadie se hartaría de su inmoralidad; el presente les muestra lo contrario.

La rebelión es asimismo un rechazo a la mentira. Desde las más altas esferas, con un sujeto que falsea su pasado académico, hasta los niveles inferiores, la verdad no es una virtud del régimen. Ni siquiera un tema tan íntimo como la familia, como el reconocimiento de hijos, se exceptúa en sus deplorables prácticas. Sus engaños tienen ya carácter delicitvo. Porque lo que pasó en las elecciones generales, según lo probado con generosidad, fue un descomunal fraude. Tenían la intención de continuar gobernando, imponiendo sus dictados, sobre la base del embuste. Su problema es que ya no se tolera ese distanciamiento de la realidad, una en donde ellos son siempre estafadores y no, víctimas. Sé que no cesarán en ese propósito; de hecho, al hablar de golpe, siguen con esa misma conducta. Pero no deben importarnos sus designios, el cinismo que los acompaña como la sombra al cuerpo; se trata de dar por acabado este falaz proceso.

Por último, cabe decir algo de su ineptitud. Nunca hubo una época mas propicia para facilitar el desarrollo de un país. Los precios internacionales de las materias primas, verbigracia, fueron extraordinariamente beneficiosos. Pese a ello, el régimen desaprovechó el escenario, prefiriendo las trabas a la libertad económica, incurriendo en medidas demagógicas, como los bonos, absurdos estatistas (¿cuántas empresas públicas fracasaron?), por mencionar algunos ejemplos. Cualquiera que revise la deuda del Estado, tanto externa como interna, comparándola con lo sucedido al inicio del Gobierno, se dará cuenta del despropósito. Tampoco hicieron nada para mejorar la educación. ¡Ni siquiera permiten que haya participación en pruebas internacionales para saber dónde se hallan los estudiantes de Bolivia! Respecto a la salud, todos sabemos que el único cambio fue traer médicos cubanos, despreciar a galenos e instituciones bolivianas. La última de sus ilusiones, el Seguro Universal de Salud, no ha servido sino para la propaganda. Por lo tanto, así sea debido a su evidente mediocridad, habría razones válidas para invitarlos a dejar el poder. Por fortuna, es lo que está siendo solicitado, con el respaldo ya de la Policía, una entidad que fue degradada hasta convertirla en guardia sindical. La dignidad nos deja sin opciones.

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