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UNIDAD EN LA HORA DECISIVA

Manfredo Kempff Suárez

La llegada a Bolivia de Branko Marinkovic luego de 10 años de exilio en Brasil, ha tenido la particularidad de reunir espontáneamente a algunos de los más importantes líderes de la oposición a Evo Morales, lo que para quienes observamos la política nacional, ha sido algo inesperado, francamente esperanzador.

Que se hayan dado cita en el recibimiento a Branko personalidades como Luis Fernando Camacho, Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina, Germán Antelo, Zvonko Matkovic Jr. y otros más, alienta a una alicaída opinión pública que ya estaba inquieta y temerosa de que en las próximas elecciones del 3 de mayo, los masistas pudieran obtener una votación suficiente como para poner en apuros a la democracia que se ha instaurado en el país.

Si Carlos Mesa está con su candidatura en marcha con toda la razón del mundo, y además hubiera las anunciadas postulaciones de Camacho, Jorge Quiroga, el señor Chi, y no sabemos si Doria Medina y alguien más, estaría claro que ante tantas opciones, la dispersión del voto racional y consciente nos llevaría a lo sucedido en las elecciones del 2014 y del 2019, es decir, a darle oportunidad de victoria, por las buenas o por las malas, al partido más peligroso para la existencia de Bolivia, el MAS.

La llegada de Branko Marinkovic ha producido un remezón; como si su presencia nos hubiera recordado quiénes eran los responsables de los asesinatos sumarios en el Hotel Las Américas; quiénes los que juraban que los cruceños queríamos partir a Bolivia en dos; quiénes los que extorsionaban escandalosamente desde el poder; quiénes los que encerraron durante años, sin contemplaciones, a ciudadanos probos y envilecieron la justicia hasta el día de hoy.

No se trataba solamente del oriente boliviano, sino del país entero, de los miles de actos infames de mal gobierno que están saliendo a luz y que fueron propiciados por el prófugo Morales; del pésimo manejo de cuanto ha emprendido, que lo convirtió en negocio para él y sus acólitos sin que nadie chiste, hasta con la desfachatez de permitir que unos cuantos bandidos solapados se apropiaran de importantes medios de comunicación para que alabaran sus desmanes políticos.

No quisiéramos que la desvergüenza masista vuelva jamás. El movimiento liberador que encabezó Luis Fernando Camacho y que cundió en todo el país, no se lo puede echar a los perros. Ha sido milagroso que ya no escuchemos, diariamente, las indecorosas y torpes palabras de Evo Morales, hablando de un “proceso de cambio” que él mismo nunca llegó a entender. Ahora lo oímos desde Buenos Aires, lejos de nosotros, enfurruñado, belicoso, vengativo, enloquecido de ira, convencido de que se la ha arrebatado algo propio: Bolivia. Un personaje de esa calaña no puede regresar a la nación sin rendir cuentas, aun cuando sus partidarios se emperren en aprobar leyes de impunidad para librarlo de sus inocultables responsabilidades.

La unidad debe empezar por apoyar, sin reservas, a la presidente Jeanine Añez y a su Gobierno. El MAS está apuntado sus cañones a la cabeza de la presidente, que está gobernando con mucho acierto, porque quiere deslegitimarla para de ese modo privar de validez todo lo hecho desde noviembre pasado, y victimizarse ante el mundo de un presunto golpismo que lo derrocó. Si Branko ha hablado de unidad como la suma de todas las virtudes en la hora actual, tienen ganado su derecho a participar también Rubén Costas, Ernesto Suárez, Oscar Ortiz, José Luis Parada y los Demócratas en general, que hicieron franca oposición a la dictadura.

Sabemos que es una ilusión pensar que cinco, seis o siete líderes políticos se unan en Bolivia. Se trata de una hermosa quimera pero que debemos alentar. Quién puede afirmar si no se produce un milagroso acuerdo y de entre todos surge un candidato que gane en la primera vuelta. Sería el tiro de gracia para las aspiraciones de Evo Morales, que, pertrechado y cobijado en Buenos Aires, no deja de resollarnos en el cuello, avisándonos que está vivo; que está vivo lamiéndose sus heridas y convencido de que Bolivia le pertenece.

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