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Pensar y temer

Enrique Fernández García

El pensamiento crítico no es una ocupación, sino una facultad. No es algo a lo que se dedique un filósofo cuando hace de filósofo («¡vean, heme aquí pensando críticamente!») y pueda dejar de hacer, como al quitarse la chaqueta cuando vuelve a casa.

Erich Fromm

Ser leales con la filosofía, según Max Horkheimer, significa no permitir que el miedo disminuya nuestra capacidad de pensar. La razón tiene que servirnos para sobreponernos al impacto del terror, las zozobras o el pánico, y buscar respuestas ante cualesquier problemas. No desconozco que sea una labor difícil. La regla es que se imponga esa suerte de angustia, paralizándonos, impidiendo todo razonamiento válido. Así, mientras mayor sea el pavor, habrá menos sitio para la reflexión. Sin embargo, tiene que abrirse la posibilidad de pensar. Es lo que, históricamente, ha servido para encontrar nuevos caminos, soluciones a dificultades en las cuales nos habíamos enzarzado de manera casi fatal. Porque, aun cuando reconozcamos su importancia, los instintos no bastan para salvarnos de toda dificultad. Se hace necesario que nos distanciemos de lo animal.

Inicialmente, no pensemos en el miedo a enfermedades, tema muy de moda, sino que destaquemos aquel sentido debido al prestigio ganado por cada uno. Nada más comprensible que buscar la conquista y el mantenimiento de una buena reputación. Esto puede hacer que nos cuidemos de no contradecir posturas masivas, predominantes en la sociedad donde nos encontremos. Por consiguiente, frente al riesgo de ser rechazados, criticados y hasta censurados, preferiríamos no razonar con libertad. Actuar de este modo no es sino un error. Sucede que, tal vez, distanciándonos de lo convencional, podamos contribuir al mejoramiento de la realidad. Como es sabido, la mayoría, vale decir, quienes encumbran o defenestran al prójimo, pueden cometer más de una equivocación. Que algo esté gozando de popularidad no asegura su acierto. La sola condena de Sócrates debería bastarnos para evidenciar tales injusticias.

Por lo dicho, un filósofo no puede temer que sus ideas sean rechazadas debido a su discordancia con las posiciones mayoritarias. Pero no tendría que ser el único dispuesto a correr el riesgo del vituperio. Los políticos, por ejemplo, cuando deciden obrar con seriedad, deben colocar a la razón en una posición privilegiada, orientando sus determinaciones, más aún si tienen funciones gubernamentales. Es lo que ocurre con un estadista, quien no trabaja para ganar las próximas elecciones, sino a fin de resolver nuestros problemas sociales. Sus medidas, en consecuencia, no responderán a los caprichos o paranoias que perturben una comunidad, la cual resulta fundamental para renovar su poder. Condicionar la puesta en práctica de una disposición administrativa a que no incomode al ciudadano, porque se teme su crítica, refleja el aprecio por las líneas demagógicas.

Tampoco las amenazas que son lanzadas por grupos de cualquier fanatismo deberían llevarnos al silencio reflexivo. No menosprecio el peligro de la violencia, puesto que su intolerancia acostumbra originar escenarios en donde las ideas se intercambian con agresiones. La radicalidad de varias facciones, ideológicamente diferentes, mas concordantes en cuanto a su intransigencia, puede justificar nuestras preocupaciones. Empero, tomar recaudos no equivale a decir que anulemos la capacidad de pensar, cuestionar, criticar su proceder. Poco importa que nos anuncien pesadillas totalitarias o, entre otras opciones, condenas de naturaleza eterna. Remarco esto último porque, sin lugar a dudas, la religión puede ser una fuente de miedo, uno que nos fuerce al abandono del pensamiento. Hay que apostar, pues, por ser leales con nuestra consciencia crítica hasta donde resulte posible.

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