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Cunde la desesperación masista

Gary Prado Araúz

Cuando se te va acabando la gasolina del coche, instintivamente acelerás un poco para tratar de abarcar la mayor distancia y acercarte a un surtidor. Cuando se está por acabar la vela o el candil apuras la lectura para aprovechar lo poco que queda de luz. Cuando lo que tenés de poder se te acaba…. Empezás a promover leyes de impunidad, declaraciones para salvoconductos, bonos de cuatro dígitos tratando de ser más simpático, buscás opciones para el refugio de tu jefe, reclamás a la CIDH y al mundo entero por la persecución penal a los que cometieron delito. En pocas palabras, cuando a los masistas se les escurre de las manos lo que les queda de poder… se desesperan y buscan acomodar lo que está pendiente.

Masacrar a los indígenas del TIPNIS en Chaparina; hacer millonaria a la corteja del jefe; convertir en piñata la plata del Fondo Indígena; burlar la soberanía popular en el referéndum de 2016; repostularse amparados en un supuesto derecho humano; desdeñar la gravedad del incendio de la Chiquitania entre otros, fueron los errores más grandes del masismo. Los enfrentaron a la mayoría de la población boliviana, inclusive a muchos que los habían apoyado con su voto en las dos elecciones pasadas. Pero el poder obnubila y envicia.

Ellos querían seguir gozando de la vida de placer y lujos que alcanzaron en el gobierno y en el control absoluto del Estado. Lo que hoy sabemos, lo que se denunció… es sólo la punta del iceberg. Debajo del escrutinio público hay mucho más que aún nadie se animó a develar. Todo a su tiempo dice el libro de Eclesiastés (capítulo 3 versículos 1 al 8).

Pero los sueños y la mitomanía del jefazo los hicieron creer que al convocarse nuevas elecciones, con poco esfuerzo y algo del dinero mal habido, podrían ganar y retornar… siendo millones. Entonces se empiezan a hacer públicas las encuestas y la realidad los golpea sin anestesia. Ya no gozan del respaldo popular urbano y en el ámbito rural están disminuidos. Ya no tienen la unidad monolítica de las organizaciones sociales. Ya no gozan de la popularidad y simpatía de los medios de comunicación. Los números bajan y los costos suben.

La tarea se hace cada día más difícil. Y suman y siguen las denuncias. Ya no hay confianza ni en la camisa. Los audios y mensajes orgánicos se hacen públicos. Los fiscales, a regañadientes, tienen que abrir investigaciones. El concierto internacional se ha destemplado, desaparecen los mimos y adulos. Encima el candidato del jefazo es dubitativo y poco creíble. La gente recuerda sus alfombras persas y a toda su familia en pegas públicas. Está fea la loba.

Y cuando el Tribunal Supremo Electoral en un raro chispazo de lucidez decide postergar la fecha de las elecciones porque se comprende que la pandemia estará aún en escalada para septiembre, los ideólogos de la conspiración deciden jugar el As que tienen bajo la manga.

Los billetes que se declararon en desuso y nunca se destruyeron saldrán de las cachas masistas y se distribuirán para la madre de las batallas. “Vamos a incendiar el país y a tumbar a la usurpadora”. Esa es la consigna. Se creen que son más fuertes y más legítimos que los denominados “pititas”.

Y como un Napoleón comandando sus tropas en Waterloo, desde la lejana Buenos Aires el jefazo manda a todos a matar o morir. “Que no entre oxígeno a las ciudades” habrá dicho. Y así fue. El Pacto de Unidad se vigoriza (maletines de por medio).

Los cocaleros cierran el centro del país, los mineros vuelan cerros y alfombran de piedras las carreteras, los colonos arrastran palos y piedras sobre el asfalto, los FEJUVES leales, como los nazis de la pre guerra, marcan las casas de los que no quieren salir a marchar. Incesante tráfico de llamadas (bendito invento imperialista este del WhatsApp). Y el argumento inicial era sólido. Elecciones el 6 de septiembre o morimos todos.

Tensionadas las filas, sacaron las armas, inundaron las redes de imágenes y vídeos de las milicias y amenazas a todos. “Los fachos van a venir a buscarnos” habrán pensado. “Un muertito nomás hace falta” habrán dicho. Y si, desde oriente y occidente, los más bravos salieron a gritar reclamando el uso de la fuerza, la legítima violencia estatal. Y comenzaron a morir pacientes en los hospitales. Y el público se enervó. Y ya nomás parecía que a los bloqueadores se les iban encima policías y militares.

Haz planes y verás a Dios sonreír, dice un adagio. Y el plan les falló. Porque la racionalidad se impuso y no salieron las fuerzas del orden. Y se apeló al diálogo (al que no fue el candidato masista) y el diálogo se realizó. Y nadie apoyó el retroceso de la fecha de elecciones. Y de a poco la opinión pública se fue centrando en la crítica, el cuestionamiento y la repulsa a esa movilización inmisericorde, a esas prácticas violentas, a ese discurso disociador.

Y no quedó otra que recular. Y el primero en recular fue el jefazo “tampoco nos vamos a hacer problema por dos o tres semanas”. Y fue abandonando a los movilizados, distanciándose. Y los parlamentarios rápido votaron una ley innecesaria y también se desmarcaron de la calle. Y la calle los tildó de traidores, de utilizarlos, de aprovecharse de ellos.

Y la plata para el diario de bloqueo desapareció. Y así, sin gloria y con mucha pena por la gente fallecida, la madre de las batallas no fue madre, porque no parió el objetivo: no tumbaron gobierno, no hubo represión, no movieron la fecha. La madre de las batallas quedó con embarazo psicológico.

Y volvemos al principio. “Esta fiesta se acaba, muchachos. En cuatro meses nos cierran el congreso y los pocos que vuelvan o logren un curul, no serán suficientes ni para pelear por la comisión de ética. Vámonos pero al menos compliquemos un poco la cosa”. Y el reloj corre y el día del final se acerca. No habrá más que el triste recuerdo de lo mal que lo hicieron.

Sinceramente creo que después del fiasco de esta movilización conspirativa y fracasada, no quedará masismo ni para pico e sucha. Dudo que disputen la segunda vuelta. Quedaron maltrechos y desprestigiados.

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