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EL VERANILLO DEL DIABLO

Manfredo Kempff Suárez

Un año habría de durar el veranillo diabólico que empezó el 10 de noviembre pasado y que terminará en la primera quincena del próximo mes. Comenzó cuando Evo Morales tuvo que fugar de Bolivia, debido a que el país no le soportó su último fraude y estaba hasta la coronilla con sus trampas y abusos. El presidente del Comité pro Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, encabezó corajudamente el descontento con la Biblia en la mano, a quien se le plegó toda la ciudadanía. Morales renunció y huyó a México sin que se produjera ni un solo disparo, provocando una explosión de felicidad entre los bolivianos que pensamos sería eterna.

Jeanine Añez llegó al Gobierno por la vía constitucional y la población la recibió primero con curiosidad, pero luego con afecto. Constituyó un gabinete improvisado por el apuro, que tuvo aceptación. Se adoptaron medidas que establecieron la paz social, se realizó la convocatoria a nuevas elecciones para la auténtica democratización, e internacionalmente se obró con tino.

Pero llegó el coronavirus, y se inició el calvario. Sobre la pobreza en que Morales había dejado al país, la presidente debió socorrer a la población con bonos para que pudiera comer. Además, por razones sobradamente justificadas, debió postergar en dos oportunidades las elecciones. Y vino el primer contraste en este veranillo que lo esperábamos muy feliz: la señora Añez se lanzó de candidata a la presidencia. De inmediato la gente olió que no todo era patriotismo en ella.

Y mientras la gente se enfermaba y moría, iban apareciendo otros candidatos presidenciales: Mesa, Arce, Tuto, Chi, Bayá, Mamani. Pero, además, Luis Fernando Camacho, el héroe de “las pititas”, que había anunciado su desapego por el mando, se subió al carrusel de postulantes. Mesa había sido en gran estafado del 20 de octubre y era, naturalmente, el favorito de los políticos democráticos, frente al aspirante masista. No obstante, la llamada “derecha” se fraccionó como siempre, esta vez pensando que el MAS estaba sepultado.

Pero el veranillo diabólico mataba gente asfixiando; la miseria se acrecentaba y no había trabajo; Morales conspiraba sin cesar; y aparecieron las denuncias de corrupción nada menos que en el sensible sector de la salubridad. Se cayó la popularidad de la presidente, se sucedieron los enfrentamientos con una Asamblea a la que se debió cerrar con doble candado el 22 de enero. Los masistas se sintieron fuertes y observaron a un Gobierno tan débil que decidieron promulgar leyes en el Congreso y bloquear caminos dinamitándolos.

Entre peste, miseria, insubordinación parlamentaria, y profunda fractura de la “derecha”, se llegó a las elecciones del domingo pasado. Jeanine Añez, ya se había retirado de la campaña acertadamente, Tuto Quiroga también, pero se afirmó Luis Fernando Camacho, en un enfrentamiento a muerte con Mesa y promoviendo una candidatura regional que obviamente iba a favorecer al MAS dañando a Mesa en Santa Cruz, lo que era fatal.

Pasadas las 12 de la noche del domingo último casi quedé infartado cuando vi que Arce, al quien se le daba una moderada preferencia sobre Mesa, con el convencimiento de que habría un balotaje, arrasaba con más de 50% de los votos y que Mesa, flojo en la campaña, quedaba con 30% y Camacho con 14. Pero los resultados no eran oficiales, sino de un conteo rápido de dos encuestadoras. Los masistas festejaron el anuncio, aunque era muy precipitado sin tener los datos del TSE.

No obstante, la presidente felicitó a Arce, luego Mesa reconoció su derrota sin la menor emoción, y después llovieron los parabienes de Argentina, Venezuela, Chile, Paraguay, EE.UU., España, Cuba, y lo que más extrañó: la OEA. ¿Qué ha sucedido? No sabemos. ¿Magia? Difícil. ¿La Pachamama? Puede ser. ¿Cojudez? Seguro. El hecho es que Evo Morales vuelve con olor a gloria; que el feo veranillo se acabó, y que el MAS reina sobre unos pobres adversarios enemistados en una Bolivia duramente dividida como nunca entre collas y cambas; y con partidos tan débiles que ni siquiera la votación de Camacho en Santa Cruz hubiera salvado a Mesa. Toda la “derecha” perdió y ahora no queda sino apechugarse cinco años más de masismo. Salvo, claro, que Camacho postule de nuevo al Comité pro Santa Cruz y lo intente de nuevo.

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