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El valor del 12 de octubre

Eduardo Bowles

La pregunta que siempre se repite cada vez que llega el 12 de octubre, fecha de la llegada de Cristóbal Colón a América es: ¿qué hubiese pasado si los españoles no hubieran encallado en estas tierras?. La respuesta es simple, hubiera sido peor, pues los incas, los aztecas y los mayas eran más sanguinarios y más abusivos, incluso que los ingleses, la otra alternativa que se suele mencionar en este absurdo ejercicio mental muy parecido a una de las canciones de Ricardo Arjona.

Como somos tan afectos a las mentiras, solemos idealizar a las civilizaciones precolombinas, pero lo cierto es que nuestros aymaras, que hoy quieren conquistar el país y que se jactan de haber derrotado al imperio romano, ya hubieran desaparecido hace siglos, pues eran las víctimas favoritas del imperio incaico, que no tenía nada de socialista y menos de democrático y su tolerancia con las culturas vecinas era nula. En caso de haber sido conquistados por los ingleses o los franceses, Evo Morales y casi todos los indígenas sobrevivientes estarían hoy en alguna reservación, alcoholizados y vendiendo cigarrillos, sin ninguna posibilidad de alcanzar alguna posición de importancia en la escala social.

Se dice que los españoles se llevaron toda nuestra riqueza y esa es otra falacia, pues el oro y la plata no valían absolutamente nada en América. Nuestros nativos no sabían qué hacer con esos metales, los usaban como adorno, sin ninguna utilidad práctica. Lo que trajeron los conquistadores era mucho más valioso. Vinieron con herramientas, con conocimiento y otros elementos que ayudaron a los originarios a mejorar su calidad de vida.

En Sucre, el Córdoba, en Bogotá y otras ciudades fundaron las primeras universidades del continente, mucho antes que en América del Norte. No es culpa de los españoles que nuestras instituciones educativas se hayan quedado rezagadas, sometidas a la politiquería antes que al conocimiento, rehenes de ideologías extrañas que vienen prometiendo la liberación de los pueblos y no han hecho más que retrasar el progreso de América Latina.

Lloramos por las riquezas que nos expoliaron, pero hemos pasado por innumerables revoluciones y nacionalizaciones, hemos recuperado la soberanía de los recursos naturales, pero el oro, el estaño, el petróleo, el gas y todo lo que albergan nuestros países siguen siendo inútiles, no nos sirven para progresar, porque vivimos engañados pensando que el valor está en las cosas y olvidamos que el verdadero capital está en las cabezas de las personas, llenas de odio, de resentimiento y de mentiras, que los demagogos e idiotas se encargan de alimentar constantemente.

Los incautos salen a destruir las estatuas de Colón, los mentirosos exigen una y otra vez que los españoles y la Iglesia pidan disculpas. Nos llenan las mentes y los corazones de discursos baratos, nos inundan con lamentos, como si el verdadero cambio radicara en hacer una suerte de catarsis colectiva, una oda a un pasado idílico que nunca existió y que se traga un presente que sigue al mando de seres ruines.

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