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Los Josef K. y la justicia plurinacional

HERNÁN CABRERA

Muchas veces la realidad es más fuerte que la ficción o la ficción es más real que lo que los escritores y creadores dejaron plasmados en sus libros y no sólo es el reflejo de los hechos, sino que son predicciones que se van cumpliendo. Es lo que le está pasando al sistema judicial en Bolivia, cuyos administradores lo han convertido en un recurso inhumano y un medio poderoso para acallar voces, meter miedo, cobrar comisiones o dádivas, en total violación a lo que manda la Constitución Política del Estado, que nos garantiza la justicia como derecho humano.

Le invito a que lea un libro adecuado para este tema que estamos compartiendo con ustedes, amable lector, y se dará cuenta de la basura en que se desenvuelve la justicia plurinacional:

Josef K., el ciudadano que toda su existencia vivió perseguido, vigilado y luego detenido, además de ser ejecutado sin que pesara sobre él ninguna acusación o delito, es el protagonista de El proceso de Franz Kafka, en el que se refleja el drama absurdo de la soledad, la angustia, la injusticia y la incertidumbre, problemas acuciantes que atraviesa el hombre y la mujer en este mundo moderno, súper globalizado, intercomunicado y cercano. Seguramente usted no querrá que le pase lo mismo que a Josef K., que ahora en tiempos de democracia puede ser detenido en cualquier instante y en cualquier lugar. Esa fue su marca, su destino y la forma de interpelar a la sociedad que no lo dejó ni un instante suspirar tranquilamente. La justicia le cayó con todo el peso y la injusticia, pese a que no le demostraron nada, sino que fue Josef K. una víctima de cómo funcionaba el sistema y para este sistema no existen inocencias, dignidades, honores, sino sólo máquinas a las que hay que hacerles permanentes ajustes, golpearlas, cambiar de piezas, trasladarlas a otro lugar, reemplazarlas y botarlas.

Ese sistema sólo obedece órdenes, las mismas que hay cumplirlas, sin importar la inocencia o culpabilidad del que será ejecutado o enviado entre rejas.

Al fin y al cabo, cada uno siente con más fuerza, prejuicios, orgullo, valentía y decisión para encarar y vivir frente a este siglo XXI, el de las calamidades y de la súper vigilancia y de la abundante información. Desde que nace, se desarrolla, se enamora, trabaja, llora, envejece, lucha y mientras se muere siempre se sentirá gobernado, observado, fiscalizado, dirigido, digitado, mandado, reglamentado, legislado, politizado, golpeado, utilizado, registrado, censado, cobrado, autorizado, desautorizado, amado, odiado, maldecido, bendecido, privilegiado, desgraciado, rebelado, violado, robado, criminalizado, vendido, comprado, censurado, engrandecido, empequeñecido y abandonado.

Pero usted no es una máquina, estimado lector, no se considere así y no acepte que el sistema lo convierta en una para hacer con usted lo que quiera. Ellos quieren que actuemos como autómatas, a control remoto, a capricho de quien aprieta el botón y pone los dólares para que bailemos a un mismo ritmo. Usted no es una máquina ni un repuesto y es mentira eso de que el cuerpo humano es una máquina perfecta. En el mundo laboral nos han acostumbrado a que cada uno de nosotros somos una pieza fundamental y si esta pieza está enferma, o falta, no tendrá su sueldo ni sus beneficios, de modo que está prohibido que se enferme, pedir permiso un día que estemos fregados sin el sustento mensual. Mentira, mentira doblemente mentira: son estas artimañas a que nos han conducido. No crea cuando le digan eso en su fuente de trabajo, dígales que es importante, pero también es más importante su vida, su familia, su bienestar, su salud y su futuro. Y esto es una forma de ser parte de la sociedad, no aquella de la sociedad y el hombre unidimensional, que el filósofo Herbert Marcuse se encargó de desnudar y poner totalmente al descubierto. No queremos esta sociedad ni este hombre. Esto que quede totalmente claro, estimado lector, y una vez que termine este capítulo se tiene que sentir con más fuerza y compromiso para sentirse y hacerse un poco más ese animal político que hace siglos nos lo planteó el gran filósofo griego Aristóteles.

Josef K. nunca supo el por qué lo procesaron, lo sentenciaron y lo mataron: que no le pase a usted eso. Lea El proceso, de Franz Kafka para que no cometa los mismos errores, aunque el protagonista en su conciencia, en su interior, en su alma, en su razón, en su voluntad y en su integridad supo que no era uno de los tantos, sino que era único y como tal se enfrentó al sistema, al monstruo, a la justicia que cada vez se reviste de injusticia y de sarcasmo. La justicia que cada vez está más podrida y que se mueve al ritmo de los billetes y las influencias de los poderosos y de sus padrinos.

En Bolivia hay muchos Josef K. que tienen al frente a fiscales y jueces inventándose procesos, pruebas y más pruebas para que la justicia los silencie, los haga huir o los encierre. O les dé muerte civil.

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