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Bolivia en América (I)

Por: Marcelo Terceros Banzer

Reproducimos a continuación una conferencia brindada por Marcelo Terceros Banzer, pensador católico nacido en Santa Cruz de la Sierra. Fue pronunciada en 1972 en la Asociación Cultural Iberoamericana, de Burgos (España), y publicada el 5 de agosto de 1990 en el diario El Deber. La fuente de la que lo obtuvimos fue el libro póstumo de Terceros titulado Desde mi umbral. Corresponde a las páginas 60-66 del mismo.

En este mes del nacimiento de la Patria Boliviana, es placentero dar a conocer, aunque en varias entregas, la hermosa y objetiva conferencia que Marcelo leyera en la Asociación Cultural Iberoamericana, de Burgos, España, allá por el año 1972.

A la gentil invitación del Instituto de Cultura Iberoamericana de Burgos, debo el honor de hallarme aquí ante vosotros, en esta «Caput Castillae» que evoca con el nombre del Cid y el pendón de las Navas y las beldades en piedra de la Catedral, las más puras y enraizadas glorias españolas, ante las que nosotros -hijos también de ellas-, nos emocionamos íntimamente.

Pero no me toca a mí cantar esas glorias sino aprenderlas y, al propio tiempo, daros noticias de aquellas tierras y aquellas gentes del otro lado del mar, que tuvieron la suerte nunca más sentida que en estos tiempos críticos de hogaño, de ingresar al mundo de la cultura bajo la sombra de la España fecunda y con sangre generosa mezclada a torrentes con la del autóctono.

Bolivia, mi Patria, «un país desconocido», como certeramente se la ha llamado, ocupará este tiempo que vosotros, con la vieja vocación americana de nuestros abuelos, habéis querido dedicarle. Y mis palabras, como lo sé, no podrán daros la visión completa de la realidad social de esa tierra bendita a que me debo, suplidas con vuestra ilusión que yo pondré de mi parte para dárosla, ya que no-inteligencia, todo mi corazón.

I) LA TIERRA

En el enorme triángulo que semeja Sudamérica, Bolivia ocupa una posición central, un poco hacia el Pacífico, sobre el que tuvo costas -desde el grado 21 al 25 de latitud austral- que perdió en la guerra con Chile en 1879.

«Tierra de contactos» ha sido llamada la de mi Patria y la expresión, aún en lo puramente físico, es exacta, ya que en ella se dan cita los Andes y las viejas montañas del Escudo Brasileño; las hoyas hidrográficas del Amazonas y del Plata, lo mismo que una de las cuencas interiores más importantes del continente; las nieves perpetuas de sus cordilleras y la jungla de la hilea; los lagos más altos y los más mansos ríos.

En efecto, situada entre los 9º40’ y los 23º de latitud Sur y entre los 57º30’ y los 69º30’ de longitud Oeste de Greenwich, en Bolivia se encuentran zonas andinas de toda la gama montañera -cordilleras nevadas, altas mesetas, valles, serranías y yungas- lo mismo que selvas, sabanas, praderas y palmares, sin que tampoco falten zonas secas y desiertas o bajíos anegadizos que llamamos «curichis” o «bañados».

Cualquier modalidad climática americana tiene su expresión en el territorio boliviano, en donde si por la latitud tropical en que se encuentra hállanse zonas de temperaturas anuales medias de 30 y más grados centígrados, por la enorme elevación de sus montañas se hallan también páramos helados en donde es prácticamente nula la vida orgánica. Y entre ambos extremos, la infinita variedad de una tierra bendecida por el Creador. Veamos un poco esas diversas zonas.

Los Andes Mayores

Es conocida de todos la metáfora que ve en la Cordillera de los Andes, desarrollada a lo largo de la costa occidental sudamericana, el espinazo del continente, que va desde los archipiélagos australes hasta las costas del Caribe. Pues esa columna vertebral, no obstante tener su más alta cima en el Aconcagua, más al Sur, tiene en Bolivia su mayor desarrollo, consideradas la amplitud y la elevación de sus montañas.

Dejando de ser la cadena unitaria que más limita las tierras de Chile y la Argentina, al ingresar a Bolivia la cordillera se abre en dos grandes ramales que vuelven a juntarse al salir del territorio, ya en suelo peruano. La Cordillera Occidental o de la Costa sigue más o menos un sentido de Sur a Norte hasta el Lago Titicaca, mostrando las cumbres del Licancabur (6.190), del Ollagüe (6.120), del Guallatiri (6.060), del Parinacota (6.330) y del Sajama (6.520 metros sobre el nivel del mar), amén de muchas otras de parecidas o menores alturas, que sobrepasan siempre los 4.500 metros y que, en su mayoría, son apagados volcanes de un Terciario que es fácil imaginar cataclísmico y terrible.

Por su lado, la Cordillera Oriental o Real describe un gran arco, cuyo punto más avanzado llega al centro mismo del territorio, junto a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra que, si bien tiende plácida sobre la llanura inmensa, contempla todavía en lontananza los azules y postreras estribaciones andinas que vienen a morir a sus pies, cual gigantescas olas mansas, que en vez de espuma se adornan con la esmeralda del bosque y la exótica gema de la orquídea. Esta Cordillera Real, que primero se inclina hacia el Nornoreste, cambia suave pero firmemente de rumbo hacia el Noroeste y tiene en la Cordillera de La Paz, cercanas unas de otras, como en imponente desfile de gigantes canos, las majestuosas cumbres del Illimani (6.882) que es vigía y adorno de la ciudad de La Paz, del Mururata (6.000), del Huayna Potosí (6.200), del Chachacomani (6.533), del Ancohuma (6.920) y, a la cabeza de todos, el lllampu, que con sus 7.014 metros sobre el nivel del mar, sólo cede al Aconcagua en siete metros escasos. Más al Norte todavía, junto a la raya peruana, otro grupo de cumbres se adornan también de perpetua blancura, siendo la mayor la del Cololo (5.915).

El Altiplano

Encerrada por ambas Cordilleras y sustentada por ellas a una altura promedia de 3.800 a 4.000 metros sobre el nivel del mar, se encuentra la altiplanicie boliviana, con unos 100.000 kilómetros cuadrados de extensión. Por su elevación y su tamaño el Altiplano -que así se lo llama por antonomasia- es, con la del Tibet, la más importante meseta del planeta.

Interrumpen la monótona y adusta superficie uno que otro collado, los lagos de Titicaca y Poopó unidos por el río Desaguadero y, más al Sur, los salares de Uyuni, Coipasa y Garcimendoza. Es el lago Titicaca, compartido entre el Perú y Bolivia, con sus 6.800 kilómetros cuadrados y su altitud de 3.812 metros sobre el nivel del mar, no sólo el más elevado de los grandes lagos navegables del mundo, sino la cuna de perdidas civilizaciones indígenas, que aún tienen en sus orillas restos imponentes de su grandeza – las ruinas de Tiahuanaco- que guardan, cual otras Esfinges, en sus enormes monolitos tallados con extraños símbolos, el secreto de lo que fueron los pobladores de la zona hace quien sabe cuántos siglos.

Las orillas del Lago, de cuyo centro también quiere la tradición que salieran los fundadores del reino Inca, lo mismo que las orillas del Desaguadero, tienen tierras pata el cultivo de algunas variedades agrícolas -patatas, quinua, algo de trigo- aunque ello exija, como es de suponer en esas alturas, ímprobos esfuerzos para mezquinas cosechas.

La montaña y la meseta encierran, en cambio, grandes riquezas minerales que han hecho de la zona el centro económico del país, ya desde la época virreinal. La plata de Potosí, de Huanchaca y de Porco, el estaño, el wolfram y el tungsteno de Catavi, Llallagua, Siglo XX, Huanuni, Colquiri y Quechista, son los materiales con los que se ha forjado la generalizada visión de Bolivia como país del Altiplano y de la minería como única riqueza nacional. Pero veremos que tal modo de concebir mi patria es parcial y que parte de ello y hasta podemos decir que a pesar de ello y gracias a Dios, Bolivia es también algo o mucho más.

Los valles centrales

La Cordillera Real que es la más importante del sistema andino en Bolivia, al extenderse hacia el Este, da lugar a la formación de extensos valles que por sí constituyen una región física distinta en el territorio.

Desde los 3.800 metros de altura en que se hallan las cabeceras de valle hasta los 500 metros a los que bajan las «yungas», existen muchos tipos ecológicos, pero los más importantes, los llamados «valles centrales», se desarrollan entre los 2.000 y los 2.500 metros sobre el nivel del mar.

La montaña pierde ya su agresiva forma de picacho, el clima se endulza a favor de actividades agrícolas y la vegetación motea de molles, sauces y pinos las redondeadas laderas de los cerros.

La patata, en sus múltiples variedades, es cultivo de las tierras altas; el trigo y la cebada se cosechan aceptablemente; el maíz sigue sembrándose como en los tiempos precoloniales y sirviendo como materia prima a la chicha -bebida fermentada de gran consumo entre indios y mestizos-; y la huerta brinda variedad de frutos aclimatados desde los primeros tiempos de la dominación española: duraznos y uvas, manzanas e higos, nueces y peras, hacen las delicias de las mesas cuando no las inolvidables de los muchachos que burlan al hortelano guardián.

Hacía la vertiente Noreste, en que la montaña baja abrupta y apresuradamente, se forman las «yungas”, tipo especial de valle profundo, estrecho y húmedo, de difícil acceso pero de paradisíaca fertilidad. Formando escalones pata evitar la erosión, se cultiva allí la coca -otro producto cuya utilización se remonta a la época indígena- y también el café, los plátanos y los cítricos.

La gradación es más suave hacia la parte del Este, en donde los valles de Cochabamba y Mizque, de Chuquisaca y Tarija, de Vallegrande y Mairana, son amplios y poblados, suaves y benignos.

Al pie de la montaña e internándose en la llanura, el subsuelo guarda ricos yacimientos de petróleo, algunos de los cuales -Camiri, Sanandita, Bermejo y Madrejones, hacia el Sudeste- están en plan de explotación y otros -en especial el recién descubierto de Caranda- se hallan en la fase previa de la explotación, aunque ésta avanza con promisores resultados.

Los Llanos orientales

Más de las dos terceras partes del territorio boliviano lo ocupan las llanuras, con altitud promedia de 400 metros sobre el nivel del mar. Enormes y ricas, esperando que el trabajo del hombre les haga rendir lo que están ofreciendo desde siempre, los llanos se extienden de Norte a Sur -desde los ríos Acre y Abuná hasta el Chaco- y de Este a Oeste -desde las orillas del Paraguay y del Iténez hasta los contrafuertes de los Andes.

Jungla amazónica al Norte; praderas del Beni, donde el horizonte se pierde en la distancia y los grandes ríos comunican y fertilizan; nuevamente boscosas y ligeramente onduladas por las sierras primarias del Escudo Brasilero en el Oriente; de tipo de sabana junto al Chaco, los Llanos bolivianos son la verdadera reserva de la Nación.

Zonas ganaderas con miles y miles de cabezas de ganado vacuno, en algunos trechos mejoradas con el mestizaje por sangres nuevas; zonas agrícolas con cultivos extensos de caña de azúcar, arroz, algodón, maíz, plátanos, yuca, tabaco y hortalizas; centros de producción de frutales variados -cítricos, ananás, mangos y aguacates, amén de los incontables y deliciosos frutos regionales-; árboles de caucho y castaños de deliciosa almendra. Junto a los ríos amazónicos; cafetales y cacaotales que se iniciaron en la época de las misiones jesuíticas; pesca abundante de variadas especies, apreciadas por los más delicados paladares; caza a escoger desde pumas, jaguares y antas (el proboscídeo americano) hasta especies raras para los zoólogos, gacelas con aire de ternura, perdices y palomas; palmares inacabables, de cuyos frutos se pueden destilar finísimos aceites; bosques de ricas maderas, entre las que destacan la caoba, el cedro y el nogal; esto y tanto más son los rubros, no sólo posibles, sino en cierta escala ya conseguidos de la riqueza boliviana.

Interrumpiendo la casi total uniformidad de la llanura se levantan, en Chiquitos, las serretas primarias de San José, Sunsás y Santiago, geológicamente clasificadas como partes del escudo precámbrico rígido o sea de las más viejas formaciones del planeta, que aunque sólo se elevan unos pocos centenares de metros, semejan gigantes sobre la llanura apacible y la oponen, a veces, un aire ríspido, aunque otras, las más, sólo turban con grácil curvatura de aire femenino la tediosa horizontalidad de los campos rasos.

En el seno de tales serranías se guardan también ricos yacimientos minerales, entre los que se cuentan mica, oro y columbia, siendo los más importantes los de hierro que en Mutún, junto a la frontera brasileña, han sido calificados entre los de más rico contenido ferroso, por misiones europeas de prospección que hace poco acaban de explorarlos y que han descubierto en ellos vetas de manganeso que elevan el interés del yacimiento.

Las cuencas hidrográficas

Todo este inventario del aspecto físico de mi Patria se extiende sobre el millón largo de kilómetros cuadrados que abarca su superficie (la cifra exacta: 1.098.581 kilómetros cuadrados) y está recorrido por numerosos ríos que tributan sus caudales al Atlántico o que, en la alta meseta andina, discurren y rinden sus cauces en ella misma.

Aunque la gran mayoría de los ríos bolivianos corren por la llanura, ora hacia el Norte para engrosar el Amazonas, ora hacia el Sur pata alimentar el Plata, es natural que nazcan en la Cordillera. Desde ella bajan torrentosos y bravíos primero, mansos y majestuosos después, dándose el caso de que algunos -el Pilcomayo, por ejemplo- se originan muy cerca del Altiplano y los glaciares de las cumbres.

Es también revelador de la posición central y de contactos de Bolivia el hecho de que, encontrándose en su suelo el divortia aquarum de las dos grandes hoyas, los afluentes del Amazonas se hallen a veces a latitud más meridional que los del Plata y hacia el paralelo 20 se encuentren las más australes aguas amazónicas, que son las del Parapetí.

Los ríos que tributan a la hoya platense son el Pilcomayo, del que hemos señalado antes que nace muy cerca de Potosí; y los cursos superiores del Bermejo y del Paraguay, a cuya orilla aún se asoma la tierra boliviana en su extremo Sudeste.

La cuenca amazónica, la más importante del territorio, recoge por medio del Madera casi todas las aguas que discurren por Bolivia. Los ríos Abuná, Madre de Dios, Beni, Mamoré, Iténez y Grande son los principales y todos, excepto el último, admiten navegación de embarcaciones de regular calado, aunque ésta se interrumpe en el extremo Norte, precisamente impidiendo la libre comunicación con el Océano, a causa de las rompientes o «cachuelas».

Junto a esas dos grandes hoyas está, como se ha dicho, la interior, formada básicamente por los Lagos de Titicaca y Poopó y el lazo de unión entre ambos, el río Desaguadero, que originándose en el primero va a rendir su caudal en el segundo de los grandes lagos altiplánicos. Pero junto a él y con la misma importancia de fecundadores de cortas zonas aledañas, se cuentan los otros tíos que desaguan en los lagos, tales el Suches, el Mauri y el Lauca, objeto éste último de lamentable entredicho actual con Chile.

Para terminar ésta ya larga y tediosa descripción geográfica, digamos que en la llanura se encuentran también numerosos lagos y lagunas, como el Ragagua, el Rogoaguado, el San Luis y la Laguna Concepción, en lo interior; y las de Marfil, Mandioré, Uberaba, Gaiba y Cáceres que están en la raya fronteriza con el Brasil y, excepto la primera, las forman los rebalses del Alto Paraguay y constituyen, a sólo un centenar de metros sobre el nivel del mar, los niveles más bajos de la tan variada topografía boliviana.

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