América latina posee una de las matrices energéticas más ricas y variadas del planeta. Petróleo, gas, hidroelectricidad, litio, energía solar, eólica y geotérmica, conforman un arsenal estratégico que, en teoría permitiría a la región alcanzar no solo la auto suficiencia, sino también una voz propia en el nuevo orden energético global. No obstante, esta potencialidad contrasta con una realidad marcada por carencias estructurales: sistemas ineficientes, dependencias tecnológicas, bajos niveles de integración regional y una creciente exposición a dinámicas geopolíticas que se deciden fuera del continente.
Esta paradoja de abundancia estructural, debilidad funcional no es producto del azar. Durante el siglo XX y parte del XXI, los recursos energéticos latino americanos fueron insertados en cadenas globales de valor en calidad de bienes primarios, bajo modelos extractivos impulsados por intereses foráneos. La hegemonía estadounidense consolidó un patrón que relegó a los estados nacionales al rol de proveedores de materias primas, sin control efectivo sobre la transformación, distribución o comercialización de la energía.
Multinacionales, organismos financieros y tratados de protección a la inversión profundizaron una arquitectura energética qué sirvió más a las potencias industriales que a los pueblos latinoamericanos. La subordinación tecnológica, la volatilidad de los precios internacionales y la fuga de rentas limitaron sistemáticamente las posibilidades de construir una estrategia energética soberana.
Frente a esta situación, la cooperación energética regional no puede seguir siendo un ideal abstracto, es una urgencia estratégica. Integrar redes eléctricas, compartir infraestructura crítica, armonizar políticas sobre recursos como el gas o el litio y coordinar acciones frente a actores externos son pasos fundamentales para romper la lógica de fragmentación. Iniciativas como Petrocaribe o los proyectos de interconexión eléctrica del Mercosur demostraron que es posible pensar desde y para la región, aunque sus limitaciones y retrocesos también evidenciaron la fragilidad constitucional y la falta de visión común.
El caso venezolano, lejos de ser reducido a una narrativa simplista de crisis, debe leerse como ejemplo de los desafíos que enfrentan los países que intentan ejercer soberanía energética en contextos adversos. Más allá de sus errores internos, el cerco financiero y las sanciones externas también han impactado negativamente su capacidad de desarrollo energético. Esto fuerza la necesidad de pensar la energía no solo como recurso técnico, sino como objeto de disputa geopolítica.
En este sentido, el giro multipolar del sistema internacional ofrece una ventana de oportunidad inédita. La emergencia de China, Rusia, India, Irán y otros actores no occidentales permite a América Latina diversificar sus alianzas, renegociar condiciones de financiamiento, y acceder a nuevas tecnologías y disputar espacios de autonomía. Ya no se trata de cambiar de dependencia, sino de multiplicar opciones, compararlas, y construir desde ahí una inserción estratégica más favorable.
Pero el aprovechamiento de esta multipolaridad no será automático. Requiere planificación regional, voluntad política y una nueva racionalidad geopolítica. Una que supere los enfoques extractivistas, que apueste por la autonomía tecnológica y que promueva proyectos comunes con el impacto real. Hablar de soberanía energética implica también hablar de ciencia, educación, de propiedad intelectual de redes inteligentes y de transición justa.
Algunos signos son adelantadores: el Triángulo de litio comienza a articular políticas más soberanas; Brasil avanza en interconexión regional; México ha dado pasos hacia la recuperación de sus empresas estratégicas. Pero sin un marco regional coherente, estas acciones corren el riesgo de permanecer aisladas frente a un mundo en reconfiguración acelerada.
En suma, América Latina enfrenta a una disyuntiva histórica. Puede resignarse a seguir siendo una periferia energética útil al centro del sistema global, o puede aprovechar la multipolaridad para redefinir su lugar en el tablero. El potencial está ahí. La historia reciente muestra los límites del camino recorrido. Lo que falta, esencialmente, es una decisión política común.
Jesús Alberto Erazo Castro



