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Los provincianos

Andrés Gómez Vela

Para nosotros que nacimos en los rinconcitos de la tierra -las provincias- la ciudad estaba a años luz como civilización. No sólo estaba al otro lado de la montaña, del valle, de la selva o al final del camino que no había, sino al otro lado de la misma vida. Allá había futuro; en el pueblo, sólo pasado. Allá había educación; en el pueblo, sólo escuelas. Entonces, o era viajar al futuro desconocido o era morir pobre en el lugar de nacimiento.

Hoy conozco a centenares de provincianos que se aventuraron a dejar sus pueblos como nuestros antepasados, África, cuna de la humanidad, para ir a conquistar lo desconocido. A la mayoría le fue bien porque sus familias invirtieron en educación, negocios exitosos o hallaron un trabajo que les permitió/permite vivir dignamente.

En la agonía de la segunda década del siglo XXI, visité más pueblos donde de cada 10 personas nacidas en el lugar, 10 han migrado; pero nunca se han ido para siempre. Ellas tienen hoy doble residencia: una en el pueblo y otra en cualquier parte del mundo. Son pocas las personas que se fueron totalmente. La mayoría siempre vuelve sin importar cómo le fue en los lugares que eligió para echar raíces, pero sin desarraigarse totalmente.

Las generaciones y auges económicos determinaron el destino de la migración. Los primeros se fueron a las minas para convertirse en proletarios; después a la Argentina para ser zafreros, agricultores, textileros; luego a las ciudades bolivianas para ser obreros, comerciantes, estudiantes y profesionales; después a Estados Unidos (EEUU) en busca de fortuna como los primeros ingleses que llegaron a América del Norte.

A finales del siglo pasado, a España e Italia para ratificar su vínculo entre Europa y América, en su condición de mestizos. Posteriormente, a Brasil; y, últimamente, a Chile para aportar trabajo y diversidad.

En cada viaje los migrantes sólo cargaron dos bienes intangibles: cultura y sueños. Su presencia en otros espacios que no eran suyos confirmó lo que Aristóteles había escrito, en el siglo IV a. C. sobre la naturaleza de la polis: “una ciudad Estado no se compone solo de muchos hombres, sino de tipos de hombres distintos; ya que los hombres similares no constituyen un Estado”.

Es decir, los provincianos dotaron de diversidad a las ciudades con su identidad, pero cuando volvieron a sus pueblos, ya no eran los mismos porque intercambiaron sus usos, costumbres, visiones, creencias, valores y estilos de vida con otras culturas e identidades. Incluso, aquellos que se identificaban con una etnia podría decirse que hoy son de una etnia mixta.

Me atrevo a decir que otros podrían considerarse como el expresidente de EEUU Barack Obama, que el 7 de noviembre de 2008 describió su identidad, medio en serio medio en broma, a partir del perro que había prometido regalar a sus hijas. En aquel entonces, dijo a la prensa que preferiría rescatar a un perro de un refugio porque, en esos lugares, “hay muchos perros de raza cruzada, como yo”, en alusión a su condición de mulato, puesto que su madre, estadounidense, era blanca, y su padre, de Kenia, afro.

En la cosmópolis de este tiempo, los provincianos somos, en su mayoría, los seres humanos más interculturales no sólo por las masivas migraciones, sino también por internet. Físicamente estamos fuera de nuestra cuna, pero virtualmente seguimos en ella a través de la comunicación con los miembros de la familia que han vuelto ya sea para gozar de su jubilación, a hacer algún emprendimiento con los recursos e ideas logradas o sencillamente a rehacer su vida.

El ir y venir del pueblo a la ciudad (de Bolivia o de otro país) nos ha hecho entender que la civilidad es necesaria porque en los espacios que no eran nuestros y ahora también lo son conviven juntas y en paz diferentes tipos de personas.

Aunque alguna vez hemos sufrido discriminación por nuestra procedencia o identidad cultural, hemos aprendido a tolerar porque la tolerancia hace posible la diferencia y la diferencia hace necesaria la tolerancia.

Para los que acaban de nacer en algún rinconcito del mundo, la ciudad ya no está a años luz gracias a las nuevas tecnologías de comunicación e información. Sin embargo, en las metrópolis sigue el futuro y en los pueblos, el presente sin futuro cercano.

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