
A esto no se le llama democracia herida.
A esto se le llama vergüenza pública.
Lo de La Paz no fue un tropiezo.
Fue una patada en el trasero a la voluntad popular.
Le dijeron a la gente que todavía faltaba decidir.
Después le quitaron la decisión.
Así, sin pudor.
Así, con la frialdad de quien cree que el votante sirve para abrir el proceso, pero no para cerrarlo.
Eso es lo que revienta.
Porque aquí no solo alteraron un desenlace.
Rebajaron al ciudadano.
Le mandaron un mensaje brutal:
tu voto vale hasta donde el poder lo soporte.
Después, si hace falta, el resto se acomoda arriba.
Y ahí aparece lo más repugnante de todo esto.
Los que hoy se envuelven en el nombre de “Patria”
no están construyendo patria.
Están construyendo costumbre de abuso.
Están enseñándole al país que la competencia puede interrumpirse, que el final puede reescribirse y que la indignación ciudadana puede administrarse como si fuera daño colateral.
Hoy fue La Paz.
La humillaron a plena luz.
La convirtieron en laboratorio.
La usaron para medir hasta dónde aguanta la gente
cuando le cambian el final después de haberle
prometido que todavía iba a decidir.
Y si eso pasa una vez y no pasa nada, después se repite.
Ese es el peligro.
No estamos viendo solo una jugada sucia.
Estamos viendo un aviso.
Un aviso de que mañana puede pasar lo mismo en cualquier otro lugar.
En cualquier municipio.
En cualquier gobernación.
En cualquier territorio donde estos que se hacen llamar Patria decidan que el voto estorba más de lo que conviene.
Por eso esto no debería provocar solo crítica.
Debería provocar furia.
Porque una democracia no se pudre únicamente cuando le roban el resultado a la gente.
También se pudre cuando le vacían el sentido de participar.
Y eso hicieron en La Paz:
vaciaron el sentido,
ensuciaron el proceso,
y ahora pretenden que todo siga como si aquí no hubiera pasado nada.
Pues sí pasó.
Pasó algo gravísimo:
hicieron que una proclamación pese más que la posibilidad de elegir.
Eso no ennoblece a nadie.
Eso no legitima a nadie.
Eso no fortalece a ninguna alianza.
Eso solo deja una marca: la del poder que ya perdió la vergüenza de forzar las cosas cuando le conviene.
Hoy no solo humillaron a La Paz.
Le avisaron a Bolivia entera que, para esta gente, la democracia también puede suspenderse por conveniencia.
La Paz ya probó lo que pasa cuando
el poder deja de respetar la cancha:
el voto queda, pero la decisión desaparece.
Hoy fue La Paz.
¿Mañana qué lugar seguirá?
Te leo en los comentarios, para que se enteren los impostores



