ArtículosInicioManfredo Kempff Suárezsemana del 28 de DICIEMBRE al 3 de ENERO

LOS HUÉRFANOS Y DON JOSÉ MERCADO

En estos días de recogimiento y solidaridad nada mejor que recordar a uno de los cruceños de alma más noble, aquel que hizo construir, con su propio peculio, el Asilo de Huérfanos, que funciona desde hace casi un siglo: José Mercado Aguado. Si no lo recordamos los descendientes no podemos evitar que su nombre caiga en un olvido ingrato pero común en la vida. Nuestro tatarabuelo, don José Mercado (hijo del prócer de la Independencia José Manuel Mercado “El Colorao”), fue quien dispuso, mediante testamento, cuando sintió que llegaba su final, la construcción de esta hermosa obra que aún perdura y que tanto ha servido a la niñez desamparada de nuestro pueblo.

Hombre rico gracias a su trabajo intenso y honrado, ordenó en su testamento que los niños huérfanos se beneficiaran de la construcción del asilo, para lo que destinó  70 casas de su propiedad, así como hatos de ganado en la provincia de Cordillera (Saipurú) y cinco mil libras esterlinas. Esto significaba un quinto de los caudales del benefactor. Quienes quedaron encargados de ejecutar su voluntad fueron sus hijos Nemesio, Eusebio, y doña Segunda Mercado, que cumplieron fielmente con el mandato paterno adquiriendo el predio y ordenando su construcción. 35 de las 70 casas se destinaron a generar las rentas para el mantenimiento del asilo cuya construcción demoró 10 años y se concluyó en 1918.

La familia Mercado se cuidó de proteger, en lo posible, aquello que estaba destinado a la manutención de los niños huérfanos. El testamento era muy claro en sentido de que los bienes no podían ser mal utilizados ni desviados a nada que desvirtuara la voluntad del filántropo. Al decir de una publicación de Carlos A. Muñiz (El Día), fue nuestro bisabuelo Nemesio Mercado, quien temeroso de que con el paso de los años se produjera algo reñido con el espíritu de la donación, puso en manos de su confesor, Monseñor Daniel Rivero, en calidad de albacea, el edificio y los muchos inmuebles destinados a dar rentas. Sabemos que luego todo pasó a la administración de las Escuelas Cristianas de La Salle.

Durante mi niñez, ya muy lejana, recuerdo cómo en el campo de Buen Retiro mi abuela Luisa, nos contaba a sus nietos sobre la obra de este antepasado tan amante de su ciudad, y sobre su inmensa fortuna. Una riqueza que sólo quedaba en la memoria de ella porque con la muerte de sus forjadores desaparecieron también los caudales. Lo que pervive, empero, es ese asilo, que vale tanto como lo deseó su artífice.

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