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POR QUÉ HAY QUE DETENER LA PESTE

Manfredo Kempff Suárez

Lo primero que sabemos todos es que el Covid-19 tiene que combatirse a ultranza, como se está haciendo en Bolivia con los medios disponibles, para evitar que su contagio arrase mortalmente primero con decenas y luego con centenas de ciudadanos. Los ejemplos de Italia, España, China y ahora Estados Unidos, son significativos; más aún si tomamos en cuenta su condición de naciones ricas, del primer mundo, incluida China, donde si bien reina todavía mucha pobreza, se debe a que su régimen se preocupa más de producir bienes que de amparar vidas.

Hasta el momento de escribir esta nota (jueves), se sabe que existen 8 fallecidos por la peste china en todo el país, 5 de los cuales en nuestra ciudad y 3 en La Paz. Cualquiera dirá que 8 muertes en tantos días de cuarentena es una ridiculez, que no justifica el pánico. Que el dengue y la influenza han causado muchos más decesos. Pero el Gobierno, a través de sus autoridades sanitarias, y las informaciones que recibimos del exterior, ya nos han informado que el proceso de incubación del virus demora desde un par de semanas hasta tres o más, y que, por tanto, no estamos libres todavía de una verdadera catástrofe.

Sabemos que a esta plaga se la puede enfrentar exitosamente, si se cumple, al pie de la letra, con ciertas normas que no las vamos a enumerar. Se sabe que, a los niños, a los jóvenes, y personas que no han llegado a la tercera edad, el virus o no ataca o lo hace con clemencia. Pero, el problema, son los viejos como yo, los que ya pasaron de la sesentena y los septuagenarios u octogenarios. Ese es el segmento que está en riesgo, y que, para algunos analistas, son el motivo para que los países se inmovilicen. Piensan que el Conid-19 permitiría a los niños estudiar y a los jóvenes trabajar y producir. Pero que son los viejos, aquellos que requieren de la atención de sus hijos, quienes están obstruyendo la libertad para hacer una vida normal, arruinando todo.

Lo otro, mucho más real, es el tema del hambre. Si la peste china no la podemos detener por más esfuerzo que realice el Gobierno, quienes pasaron una semana de encierro alimentándose con lo que tenían, se sacrificaron. Y pasarán la siguiente, a duras penas, comiendo mal y con otro humor. Mas cuando no exista qué comer en la tercera o cuarta semana, porque todo se haya terminado y no se tenga dinero para comprar nada, la gente se verá obligada a buscarse la vida en las calles. Entre la incertidumbre de ver morir a sus hijos por la peste y la certidumbre de verlos languidecer de hambre, no existe elección posible. Se abandona la cuarentena y se sale a encontrar comida.

Es por eso que el apoyo aprobado por el Gobierno se está llevando a efecto de inmediato, a partir de esta semana. Son 400 bolivianos por un lado y 500 por el otro, además delantiguo bono Dignidad. Es algo que recibirá mucha gente, pero no toda. ¿Qué se puede hacer para aliviar tantas necesidades de quienes no recibirán nada? ¿Cómo hará el Gobierno para administrar la pobreza en que Bolivia ha quedado? Frente a eso, se justifica hasta recurrir al crédito externo, aunque, que sepamos, ningún país ni institución financiera presta recursos para que la gente compre alimentos en los mercados. Salvo, tal vez, en este caos planetario. Si es así, se requiere solicitar cooperación para una crisis que está en puertas. Ante esa perspectiva, no queda más que recurrir, de inmediato, sin perder tiempo, a la ayuda internacional, como al parecer se está haciendo.

El anterior gobierno, tan ufano de garantizar una vida digna para el futuro, gastó a manos llenas en industrias inviables, en monumentos a una perversa y ridícula autoestima, en lujos innecesarios, en comprar dirigentes políticos y sindicales, pero muy poco en salud. Y ahora que se presenta una emergencia terrible que pone en riesgo la vida de tantos bolivianos, nos encontramos con un sistema de salubridad deficiente y endeudados para colmo. Miserable destino el que nos han legado los autores del fraude electoral, con la desfachatez de que ahora se atreven a reclamar por el bienestar que fueron incapaces de dar.

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