
Cuando tenía diez años y pasaba mi última vacación en Buen Retiro, antes de irme a vivir a Chile donde estaba exiliado mi padre, con mamá y mi hermano menor, cayó en mis manos un libro que me entusiasmó, al extremo de leerlo dos veces. Era sobre la vida y su paso por Bolivia del explorador y cartógrafo inglés coronel Percy Harrison Fawcett. A esa edad se lee libros para niños, pero yo era un amante de todo lo que fuera selva, exploración, caza, pesca; eso aprendido de las temporadas que pasaba en el campo al lado de mi tío Noel. Luego me fui a estudiar a Santiago, después pasé a la diplomacia, a los escritos, y no volví a ver ni una sola vaca. Mis retornos a Santa Cruz coincidían, casualmente, con el Carnaval, y solo iba a las quintas a comer los churrascos reparadores de la resaca.
“Exploración Fawcett” era el título del libro y lo volví a encontrar, creo que en la última Feria, pero no lo compré. Vi que era otra la portada, y sin hojearlo siquiera, temí que fuera otro el contenido, un comentario sobre Fawcett, por ejemplo. Pues Fawcett fue un gran explorador contratado por el gobierno de Bolivia, que, a comienzos del siglo pasado, vino para determinar nuestros límites con Brasil y con Perú.
En el libro que recoge sus experiencias cuenta de haber dado muerte a una “sicurí” (anaconda) de 19 metros de largo, que sus propios compatriotas lo pusieron en duda; de haber ultimado de un tiro a una enorme araña que, en el pueblo de Vila Vila, se desprendía del tumbado de una habitación para viajeros y los mataba mientras dormían; de haber sido testigo de un hombre que cayó al río de un batelón y emergió solo su esqueleto pelado por las pirañas, tal su voracidad; de haber visto perros con dos narices, pero, sobre todo, de lo que era la selva, los bárbaros, las barracas del caucho, las traicioneras cachuelas y la suerte desgraciada en que vivían los indígenas explotados que trabajaban en la siringa.
Fawcett y su hijo mayor desaparecieron en el corazón de la selva brasileña, muchos años después de su paso por los montes y ríos benianos, muertos aparentemente por indios feroces, cuando buscaba la ciudad “Z”, que no era más que El Dorado. Jamás los encontraron y eso creó una leyenda. Muchos otros exploradores o aventureros ambiciosos de tesoros la buscaron antes y seguramente que después, pero la ciudad misteriosa, señuelo de riqueza, sigue escondida en la espesura.
Siendo mayor, leí lo que a mi juicio es la mejor obra escrita en Bolivia sobre lo que es la selva y los ríos benianos. Justamente, recordando a Fawcett, he vuelto a hojear “Siringa”, las memorias de Juan B. Coimbra. Un hombre que, desde sus 18 años, pasó su vida en el Beni y que lo recorrió de arriba abajo con una decisión y coraje notables.
Lo interesante de Coimbra, fuera de su prosa impecable, es que es el personaje principal. Naturalmente, al ser memorias, no puede ser de otro modo. Cuenta sobre la vida sacrificada en el campo beniano, sobre pequeños pueblos de aquellos años, como eran Riberalta, Magdalena, Huacaraje, Baures, Villa Bella, Cachuela Esperanza y por supuesto que Trinidad, Santa Ana del Yacuma y San Ignacio de Moxos. Y los peligrosos ríos que él navegó y donde estuvo a punto de ahogarse, como el San Miguel, Mamoré, Beni, el Orton, el Madera, y otros más en las zonas de la siringa.
Lo que impresiona es el coraje de la gente que se atrevía a hacer país en esas regiones tan peligrosas, donde un flechazo llegaba en el momento menos pensado, o la mordida de una cascabel, o el tiro de un asaltante. Esa era la vida del explorador, del aventurero que buscaba donde asentarse y conformar familia. Porque nadie iba de paseo por aquellos parajes salvajes. Atravesar las pampas y los montes a caballo o en mula, sudando la gota gorda, no era cosa para los blandengues ni badulaques. Y navegar los ríos, de calmadas aguas hasta que traicioneramente corrían hacia las piedras, donde esperaban las cachuelas o rápidos para engullírselos o estrellarlos.
Esos eran los escenarios de las vidas de grandes hombres como el cruceño Nicolás Suárez y el beniano Antonio Vaca Díez, ambos pioneros en desentrañar y aprovechar el monte, en crear empresa, en defender las fronteras que hubieran sido devoradas por los vecinos, pero, al mismo tiempo que, como en el capitalismo de aquellas épocas, más en el caso de don Nicolás, no tuvieron ninguna contemplación con la gente que le contribuía con su trabajo, especialmente los indígenas miserables. La selva del norte, burlando a las cachuelas, produjeron vida, riqueza, y también muerte. Esa era la ley de entonces.
Manfredo Kempff Suárez



