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Labor intelectual del obispo José Belisario Santistevan

Obras intelectuales del ilustre obispo José B. Santistevan

Transcribimos a continuación el capítulo VII del libro Monseñor José Belisario Santistevan Seoane, escrito por Plácido Molina Mostajo y continuado por Plácido Molina Barbery y publicado en 1989 por la editorial El País. Aquí se relatan datos clave sobre la labor intelectual del ilustre obispo. Este fragmento corresponde a las páginas 57-66.

CAPITULO VII: LABOR INTELECTUAL

Dada su natural inclinación al estudio, vigorizada en los años de preparación y de enseñanza en el seminario sucrense y mantenida en el resto de su vida como infatigable lector—, parece -inexcusable considerar en la personalidad de Santistevan la faz del «intelectual”, sobre todo si ello ha de tomarse en el contexto de una existencia sacerdotal y episcopal.

Ideas directrices. El orador y el escritor

A este propósito, el autor advierte el riesgo de opinar sobre la base de meras apreciaciones subjetivas. Con cautela, por tanto, se atreve a exponer cuanto sigue en relación con las ideas que, a su parecer, orientaron el quehacer intelectual del Santo Obispo.

Él iba directo al fondo, de las ideas y de las cosas, en el plano transcendente en que opera quien tiene responsabilidades ultraterrenas. La forma, era para él simple envoltura accidental o secundaria. Apreciaba la poesía, la literatura como medios; pero no buscaba, de preferencia, en ellas belleza y armonía, sino exactitud de expresión, precisión de conceptos doctrinales o dogmáticos.

Consecuentemente, no parece que hubiese sentido atracción hacia la oratoria y la literatura, por ellas mismas, es decir por amor al arte.

Enemigo del «dolce far niente» —al punto de no usar jamás las hermosas hamacas misionales que, de regalo, enviábanle—, estudiaba, casi siempre, de pie. Y si había de preparar un discurso, un sermón o una homilía, pensaba o meditaba a paseos, como los peripatéticos, «reuniendo las ideas», sin escribirlas, excepto, quizás, algunos puntos en una tarjeta. Razón por la que raros son los textos de discursos o escritos suyos que hayan quedado para la posteridad.

Escribir, pues, propiamente hablando, Santistevan pocas veces lo hizo. Preparado en la forma descrita, cuando llegaba el momento preciso fiaba en la inspiración divina y dejaba que el espíritu dominase las palabras, ora con suavidad, ora con vehemencia persuasiva, según el asunto, el auditorio y demás circunstancias.

Dijérase que procedió, en esto, a imitación del divino Maestro quien no escribió su Evangelio, y dejó a sus discípulos hacer la síntesis de sus doctrinas para la necesaria propagación entre las gentes. Similarmente, compete a los que fuimos formados por Santistevan resumir sus enseñanzas y labores, así como ilustrar su personalidad para transmitirlas en calidad de ejemplo estimulante,

Como rarezas, por tanto, encontramos en las páginas del folleto de las Bodas de Plata, dos citas fragmentarias de discursos que consignamos enseguida.

Veamos la parte final de la alocución que pronunciara en el acto inaugural del Colegio Seminario:

«En el desempeño de mi delicado cargo tendré presente que no se ha librado a la sola razón, según el designio de Dios, el verdadero progreso del hombre-, pues que el Evangelio, al sentar las bases de la civilización, no ha hecho otra cosa que iluminar más las verdades primitivas fundamento de la religión, de la familia, de la sociedad y de las naciones: las confirma y las perfecciona en el entendimiento y el corazón humano, aplicándoselas con la sublime enseñanza del Calvario.

«El Santo Concilio de Trento al establecer los Seminarios Eclesiásticos, dotó a la Iglesia de la palanca más poderosa para sostener en nuestros desgraciados tiempos la austera disciplina de la milicia sagrada; y desde hace tres siglos de su institución, no han cesado de dar ardientes defensores y celosos propagandistas de la verdad, de esa verdad revelada que guía al hombre a su inmortal destino.

«Quiera el Señor hacer de este humilde plantel, por ahora reducido a estrechas condiciones, el germen fecundo de un seminario que sea para este virgen suelo, viviente manifestación del poder y del maternal amor de la iglesia».

La segunda es el discurso con que respondió al Prefecto Dr. Saúl Serrate que le ofreciéra el Banquete dedicado por un numeroso grupo de caballeros en el festival de los 25 años de Episcopado:

«En vuestros labios, Sr. Prefecto, han vibrado en estos solemnes momentos, entre otras elocuentísimas frases, una que aprecio en sumo grado:

Habeís dicho que el Mártir del Calvario en su divina misión, abarcó todo cuanto constituye la obra civilizadora del mundo, sentando las nuevas bases del gobiemo de los hombres.

«Señores, hemos venido al ser cuando el sol del Evangelio había reducido ya a cenizas la estructura del mundo antiguo, que el orgullo y el sensualismo habían levantado para degradar y envilecer al hombre, precisamente en las fuentes en las que desenvuelve su dignidad: la sociedad doméstica, la familia, la sociedad pública y su régimen político. Concentrada y omnímoda la autoridad para el régimen doméstico en su jefe, y degradada la mujer, desapareció la familia. Constituída la esclavitud en principio de gobierno por los filósofos y los políticos, y absorbida por el Estado la suma de los derechos para el régimen de los ciudadanos, la sociedad pública era sólo un nombre, y sentíanse ya por tal causa las convulsiones de la más completa desorganización social.

«Resonó, entonces, la voz salvadora y omnipotente del Creador y Restaurador de la Humanidad, considerando como a hijos de Dios a todos los hombres, y consagrando la unidad del lazo conyugal y su indisolubilidad. Declara, asimismo, al poder público carga y servicio sobre la base de la libertad en el orden, para el gradual desarrollo de las facultades con que el hombre ha de señorear como rey de la Creación; y el mundo, entonces, sintió, estremecido, el soplo omnipotente que creaba la bella civilización cristiana.

«Por esto, señores, mientras el Evangelio sea la Ley de las instituciones humanas, no se evocarán más las tiranías antiguas como regímenes normales; pues de tal manera su virtud hace la fuerza y la suavidad del organismo de las naciones cristianas, que, como ha dicho el célebre incrédulo Renán, «retirar a Jesucristo del corazón de las naciones, sería sacudirlas violentamente, hasta en sus fundamentos»…

«¿Cómo no ha de sentirse mi ánimo gratamente conmovido, no ciertamente porque esta gallarda manifestación y todas las que en armonioso lirismo habeis sabido ostentar, se refieran a mi persona, sino por que el espíritu que las ha animado, insufla y hace ondear los blancos pliegues de nuestra bandera, la Católica, la Civilizadora? ¿Cómo no he de sentirme alborozado al contemplar aquí presentes a los que ayer dirigía en los bancos escolares, formándoles con los principios de la moral evangélica y de la ciencia, ahora ornando las cumbres de la Magistratura y la Representación Nacional, o admirados médicos y ciudadanos útiles de la industria, y veo en coro unísono en esta espléndida reunión, hasta a distinguidos y apreciadísimos representantes del comercio extranjero? Alzo, pues, la copa para saludar vuestro ardoroso entusiasmo, revelador de fecundas y trascendentales empresas, bendiciendo conmovido vuestro noble afecto”.

Las palabras transcritas son, sin duda, expresivas, pero dan pálida idea del orador, si se tiene en cuenta que Santistevan era de esos hombres que hablan mejor que escriben. Sus palabras cobran vigor por la unción, la actitud, la mímica y una voz simpática, impresionante por las modulaciones que le eran características,

Por esa razón, muchas veces hemos deplorado que nos hubiesen faltado, anteriormente, los medios técnicos que ahora hacen posible conservar la voz y hasta la imagen en movimiento de un personaje digno de ser perpetuado.

Las cartas pastorales

Dejamos dicho cuán pocos escritos nos quedan redactados por Santistevan. La excepción se da en sus cartas pastorales que, en cuarenta años de episcopado, habrán llegado a sesenta.

Más para este importantísimo capítulo, cedemos la palabra a nuestro principal colaborador en la redacción de esta semblanza, el Excmo. Sr. Arzobispo D. Daniel Rivero que lo tratará con ventaja:

«La voz de un pastor de almas resuena desde los púlpitos, desde el altar, se la oye en la enseñanza catequística, en los hogares y donde quiera que se presente oportunidad. La voz de un Prelado tiene además, otro órgano eficaz y moral de trasmisión, que son sus Cartas Pastorales. Estas a veces son puramente doctrinales, otras se refieren a la moralización de las costumbres, y otras son mixtas; no pocas veces son también dadas en ocasión de algún acontecimiento extraordinario o con motivos que reclaman la palabra y la enseñanza del pastor. Si sólo se han de lanzar una vez en el año, se prefiere generalmente el tiempo cuadragesimal.

Monseñor Santistevan, acostumbraba publicar sus Pastorales al comienzo de cada Cuaresma, sin que por esto no aprovechase también otras llamativas oportunidades, por ejemplo la festividad del Corpus Christi, un jubileo papal, etc., refiriéndose entonces al tema respectivo. Las Pastorales de Cuaresma, por lo general tenían como tema la fe católica, los sacramentos fuentes de la gracia, la penitencia.

Pero hemos de decir que, cualquiera que fuera el tema de que se ocupaba Monseñor Santistevan, lo trataba con toda la ilustración que le caracterizaba. La pureza de doctrina era por supuesto impecable, el estilo elevado, los pensamiento profundos. Monseñor Santistevan como sacerdote de oración, desahogaba en sus Pastorales todo el aroma de su piedad, la que ardientemente deseaba difundir en sus diocesanos.

Vamos a transcribir siquiera uno que otro párrafo de alguna de sus Cartas Pastorales, llenas. como decimos, de fe, de verdad, de sabiduría y de unción religiosa.

De la Cuaresmal de marzo de 1920: – «La palabra omnipotente que creó el mundo, que después resonó en la cumbre del Sinaí, la ha escuchado el hombre en la plenitud de los tiempos, de los divinos y dulces labios de su Dios Salvador; y los raudales de luz, de gracia y de misericordia que se desprendieron de su Santísima Humanidad, transformaron el mundo antiguo de orgullo y de concupiscencias sin nombre, renovándolo en el nuevo hombre, lleno de gracia y de verdad».

«Aquí el hombre se siente anonadado, conociendo lo que vale en el corazón de su Señor y Dios; y abrazado de su fe, debe correr hacia esas fuentes purificadoras, hacia la Mesa del amor preparada para él, llevándole la ofrenda de su corazón y consagrándole todos sus efectos».

«Entre las instigaciones de la filosofía incrédula, está el procurar que el pensamiento de la eternidad, ese más allá después de la muerte que da la noción de Dios personal, y la ley positiva divina, queden fuera del estudio serio, para que la vida pase saciada y sin remordimientos en el goce de todos los deseos».

Tenía Monseñor Santistevan un como lenguaje especial para traducir sus altas concepciones, para enaltecer el bien y para apostrofar el mal, penetrando al mismo tiempo que en el cerebro en el corazón, para moverlo, para enderezarlo, para encaminarlo persuadiendo de la seguridad que proporciona la fe.

De la Pastoral de la Cuaresma de 1921, en que tocó puntos sobre la educación cristiana, tomamos el siguiente párrafo:

«En la sociedad de familia formada en el modo del cristiano, es donde se halla ese tacto delicado y discreto que hace la siembra de las virtudes, cultivándolas en el corazón de la inocencia; y no hay preclaro hombre público, ni eminente ministro de la Iglesia, que no deba su grandeza moral a los desvelos de sus padres en el seno de su familia. Fuera de este calor santo de la vigilancia y de disciplina doméstica, el hombre, desnudo de buenos hábitos y educado en escuela sin Dios, será el azote de los pueblos, al impulso de pasiones que, como a corceles desbocados, lo arrastrarán hasta precipitarlos en abismos de bandolerismo de antisocial perversidad».

Citamos algunos pasajes de la Carta Pastoral de 1922:

«Hace veinte siglos que el mundo, en las tinieblas de las abominaciones gentílicas, oyó con estupor la gran palabra, jamás pronunciada por labios humanos:

«Yo soy la luz del mundo… Yo soy la verdad— Ego sum lux mundi Ego sum Véritas». Sólo el Hombre-Dios, Jesucristo, Razón Eterna, pudo hablar así al humano linaje perdido en el báratro de los errores más degradantes, que disipar no pudieron todos los esfuerzos de aquella filosofía de incertidumbre, incapaz de dar base a la conciencia humana Quedó pues iluminado el mundo con la verdad celestial, y el entendimiento humano ilustrado con ella, ha podido alzar su vuelo hasta las alturas de la Divinidad, y descubrir en ese piélago infinito la clave de todo el orden del universo, el arcano del hombre, su divino origen y las moradas de gloria que le esperan”.

En esta misma Pastoral, después de excitar a los fieles a recibir el Sacramento de la Penitencia, acercándose fervoroso al sagrario que guarda en nuestros altares al Tesoro de nuestros Tesoros, Jesús Eucaristía, dejó escapar de su pluma empapada en celo por el amor divino estas frases:

«Al adorable y augusto misterio de la Eucaristía, vida y fortaleza de la Iglesia en la serie de los siglos, la piedad de los fieles ha venido dejando el sello de su fe en la presencia real del mismo Dios sacramentado, en las espléndidas basílicas, ricos ostensorios, asociaciones para la adoración y fiestas consagradas a venerar, en las distintas maneras como ha inventado el corazón cristiano, a su Señor, presente en la Sacrosanta Hostia”.

Como se ve por las frases anteriores, había ocasiones y temas en que, haciéndose un esfuerzo quizá, abandonaba su acostumbrado modo de expresarse en términos cuya elevación no alcanzarían muchas veces a comprender los sencillos, y tomaba una claridad meridiana y encantadora, sin descender por ello a una vulgaridad inapropiada.

Asímismo, a veces prefería la suavidad ordinaria, la reprobación de vicios, del endurecimiento en el mal, y lanzaba conminatorias destinadas a obtener de los fieles reflexiones que los llevaran a la enmienda. Así en la pastoral con motivo del Corpus en el año 1919 se lee:

«En la condición actual, el hombre decaído de su original integridad y rectitud, siente las inclinaciones de tan poderosa fuerza a las cosas terrenales que, muchas veces, según afirma un célebre apologista, sacrifica hasta la vida, la conciencia, el honor, por obtener esos bienes llamados de fortuna; y cuántas veces lamentamos, hasta con lágrimas, ver almas empedernidas, llegar al trance de la muerte y exponerse al peligro de condenación quién lo creyera! no por falta de fe religiosa, ni por pasiones sensuales, sino por tener enmarañada la conciencia a causa de bienes mal adquiridos y faltarles valor para restituírlos por dejar a los suyos en posesión de tan funesta herencia; y en medio de crueles remordimientos ven abrirse a sus pies un caos de incertidumbre espantosa»

En su Exhortación Pastoral de mayo del año 1925, con motivo del AÑO SANTO, clamando contra las modas indecentes de las mujeres, decía:

«El recato y pudor de la mujer, mis amadas hijas, es no sólo su verdadera y preciada belleza, sino el escudo de las virtudes con que Dios la ha preparado a su inmenso y trascendental destino. Sublime es una buena madre educando los afectos del tierno corazón de sus hijos; velando en la dirección de las inclinaciones, para que, bien encaminadas, el cultivo de la inteligencia sea de fácil ejercicio y queden bien sentadas las bases del hombre de bien y edificado el ciudadano útil a la sociedad.

Pero he aquí lo que es angustiosamente deplorable: Nuestras costumbres públicas vienen derribándose de su alto nivel de honestidad cristiana, y los padres de familia, inconscientemente, ven la pérdida de tan inapreciables virtudes domésticas, marchito hermoso candor de sus hijas, esclavas de modas indecentes…”.

Eran tan hermosas, tan elocuentes y llenas de unción las Cartas y Exhortaciones Pastorales de Monseñor Santistevan, que con grande gusto las trasladaríamos a este libro en toda su integridad. Los pocos y breves párrafos transcritos nos dan, sin embargo, una idea de sus producciones intelectuales en este orden.

De la misma manera, cuando en ocasiones escribía artículos para la prensa periódica, llenaba de admiración su erudición, sus conceptos filosóficos, sus formas literarias. Es que a costa de perseverancia en el estudio y en la lectura de autores sobresalientes, lo que constituía su pasión dominante y en lo que de preferencia pasaba las horas, se había formado todo un cerebro culto, todo un hombre de sabio pensar y discurrir. Bien supo Dios a quién dotó de tan raro talento y privilegiada memoria.

Monseñor Santistevan en un ambiente superior, habría escrito libros que ahora pregonarían su saber; pues no es para poner en duda que fue un serexcepcional intelectualmente hablando y bajo muchos aspectos”

Hasta aquí el Sr. Arzobispo, Monseñor Daniel Rivero.

De nuestra parte, nos atrevemos a expresar el voto de que, ojalá, algún estudioso tomase para sí la tarea de reunir las Cartas Pastorales del Santo Obispo y, luego, hacer un resumen exegético de sus enseñanzas. Veríamos, sin duda, cuántas fueron originales aplicaciones de la doctrina del maestro Divino, a las realidades cruceñas de su tiempo, y cuán actuales continúan siendo, principalmente las relativas a la educación.

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