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¿Realmente quiere cambiar Bolivia?

Editorial de El Día

Fuente: periódico El Día

Bolivia está dividida en dos almas irreconciliables. Por un lado, se escucha la voz de quienes demandan orden, austeridad y responsabilidad fiscal; por el otro, se impone todavía el eco del populismo, de los bonos fáciles, del subsidio sin control, de la fiesta interminable financiada con los recursos de todos. Entre esos dos polos, surge la figura de Edman Lara, candidato a la vicepresidencia por el Partido Demócrata Cristiano, que no solo ha acompañado el ascenso de Rodrigo Paz, sino que se ha convertido en el verdadero artífice del triunfo electoral del PDC.

Lara no disimula su estrategia. Su discurso es deliberadamente confrontacional, cargado de arengas incendiarias que remiten al estilo más crudo del MAS. Aunque se disculpó públicamente por algunos excesos verbales, en la práctica insiste en el mismo guión: odio contra los empresarios, promesas de bonos insostenibles, consignas contra instituciones privadas respetables, ataques que recuerdan al libreto que gobernó Bolivia en los últimos 20 años. Nada de eso es casualidad. Al contrario, está calculado para interpelar a un sector de la población que no quiere que acabe la fiesta.

Hay una parte importante de los bolivianos que saben que el país está al borde del colapso, que entienden que los excesos populistas pasaron la factura con déficit, deuda y estancamiento. Sin embargo, prefieren actuar como el borracho en plena farra, que ignora la resaca que se avecina y pretende seguir celebrando. Quieren más bonos, más gasto público, más prebendas, más ilusiones estatistas que se sostienen en el aire. Ese es el público que aplaude a Lara, y al que él alimenta con discursos que destilan resentimiento y promesas imposibles.

La otra Bolivia clama por un cambio real. Se trata de ciudadanos conscientes de que el país no puede continuar hipotecando su futuro, que no se puede gobernar con slogans y derroche, que se necesita disciplina económica, inversión privada, generación de empleo productivo, reglas claras y estabilidad. Este sector está cansado del caos que heredó el MAS y busca un giro hacia un Estado menos paternalista y más eficiente. Sin embargo, su voz, aunque fuerte, aún no logra imponerse frente al ruido populista.

Lo dramático es que la campaña electoral refleja con crudeza esa fractura. Incluso candidatos que en teoría representan el “cambio” caen en la tentación de lanzar consignas de ajuste solo “de la boca para afuera”. Hablan de austeridad y responsabilidad, pero luego recogen, como lo hace Rodrigo Paz, el mismo discurso clientelar que ha dominado por décadas. La pregunta de fondo es si Bolivia realmente quiere dejar atrás esa etapa o si prefiere seguir en el autoengaño de que el Estado puede darlo todo, siempre y sin límites.

Si el país opta por la ruta del populismo, el desenlace es previsible: crisis prolongada, empobrecimiento generalizado, pérdida de credibilidad y un aparato estatal cada vez más incapaz de sostener sus propias promesas. Si opta por el cambio, el camino será más duro y exigirá sacrificios, pero es la única vía para construir un futuro sostenible.

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