
Lo que ocurre con Salvador Nasralla en Honduras no puede entenderse si se sigue leyendo la política con el lente infantil de “derecha versus izquierda”. Ese marco ya no explica nada. Lo que estamos viendo es otra cosa: una operación de disciplinamiento geopolítico ejecutada desde la derecha liberal-libertaria anglosajona alineada con los intereses estratégicos de Estados Unidos, y lo paradójico, lo verdaderamente revelador, es que esa misma corriente ataca a un candidato que comparte, en lo esencial, su matriz ideológica, cultural y económica.
Nasralla no es un outsider antisistema ni un dirigente de izquierda radical. No es antiempresa, no es antioccidental, no es anti-Israel, no es anti-mercado. Por el contrario, su trayectoria está profundamente vinculada a los medios de comunicación privados, al empresariado hondureño y a los códigos culturales de la derecha tradicional. Ha vivido dentro de ese mundo, se ha movido cómodamente en él y nunca ha representado una amenaza ideológica para el orden liberal. Incluso existen registros claros de su cercanía histórica con figuras del anticomunismo latinoamericano más duro, incluyendo vínculos simbólicos con la cúpula militar chilena de la era Pinochet. Acusarlo de “comunista” no es solo falso: es grotesco.
Precisamente por eso, el ataque contra Nasralla es tan ilustrativo. La narrativa que intenta imponerse, “si toda la derecha mediática lo ataca, entonces debe ser de izquierda”, no es un error: es una operación psicológica. Se busca inducir al público a una conclusión falsa mediante saturación mediática. No se discuten ideas, no se contrastan programas; se activa un reflejo condicionado. Derecha atacando equivale a “enemigo del orden”. Y ese orden no es ideológico: es operativo.
Lo que está en juego no es si Nasralla es liberal, conservador o libertario. Lo que está en juego es que no es funcional. No es maleable. No pertenece a las redes orgánicas del crimen organizado, del narcotráfico ni de la corrupción estructural que durante décadas han garantizado a Estados Unidos un control indirecto pero eficaz sobre Honduras. La derecha liberal-libertaria mediática no defiende valores; defiende estructuras de gobernabilidad útiles. Cuando un candidato de derecha no garantiza impunidad, previsibilidad criminal o subordinación total, se convierte en un problema, no en un aliado.
Por eso resulta clave subrayar algo que suele omitirse: no es la izquierda, en ninguna de sus variantes , ni la woke, ni la socialdemócrata, ni la marxista, la que está bloqueando la democracia hondureña. La izquierda no es el actor que demoniza a Nasralla, no es la que invalida resultados, no es la que presiona desde embajadas, medios internacionales y aparatos de influencia. El sabotaje al proceso democrático proviene de la derecha liberal-libertaria alineada con los servicios de inteligencia y los intereses estratégicos de Estados Unidos. Eso es lo verdaderamente inédito.
Honduras se ha convertido, así, en un laboratorio fascinante. No estamos viendo la derrota de la izquierda; ya ocurrió, y fue rápida. Estamos viendo algo mucho más interesante: el descuartizamiento interno de las derechas. Una derecha mafiosa, corrupta, criminal, profundamente útil a la hegemonía estadounidense, contra una derecha mediática-empresarial que, aun compartiendo valores, no garantiza el mismo nivel de control. En ese conflicto, Washington no duda. Prefiere al criminal manejable antes que al liberal autónomo.
El caso del Partido Nacional es paradigmático. Un partido cuyos vínculos con el narcotráfico han sido judicialmente demostrados, cuyo expresidente fue condenado en Estados Unidos y luego funcionalmente exonerado en términos políticos, sigue siendo considerado un socio viable. ¿Por qué? Porque un actor criminal, endeudado moral y legalmente, es dependiente. Y la dependencia es el verdadero criterio de selección. La democracia, la legalidad, la transparencia, son accesorios retóricos.
Quien quiera entender esto solo tiene que mirar el escenario global. Estados Unidos no tiene problemas en rehabilitar, recibir o legitimar figuras violentas, criminales o autoritarias cuando sirven a su agenda en contextos de declive geopolítico. Siria es solo un ejemplo reciente y obsceno. La moral nunca ha sido el filtro; la utilidad sí.
Por eso, lo que ocurre en Honduras resulta, desde el análisis político, casi “bello” en su crudeza. La escena expone la maquinaria propagandística sin disfraces ni mediaciones. Los ataques a Nasralla se activan ante la falta de garantías que representa para determinados intereses, más que por el contenido de sus ideas. El conflicto se organiza en un plano geopolítico y operativo, lejos del terreno ideológico. Y queda al descubierto una verdad incómoda: cuando la democracia arroja un resultado inconveniente para la hegemonía, incluso un candidato de derecha puede ser redefinido, de un día para otro, como “el comunista”.
Eso es lo que estamos presenciando. Y después de verlo, la ignorancia solo puede ser voluntaria.
Jesús Alberto Erazo Castro
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