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Otra operación más contra Irán

Por: Jesús Alberto Erazo Castro

Occidente actúa con método. Nada de lo que ocurre en torno a Irán responde a impulsos aislados ni a errores acumulados. Lo que se despliega es una maquinaria constante, orientada a fabricar percepciones, imponer relatos y fijar una única lectura de los hechos. Hoy en día, las redes sociales y los grandes medios del hemisferio occidental operan como extensiones de ese engranaje, amplificando versiones diseñadas fuera del debate público. Cuando interviene el eje anglosionista, la información deja de ser un fin y pasa a ser una herramienta.

Irán ha sido colocado nuevamente como objetivo funcional. Vale la pena mencionar que este movimiento no surge de una amenaza inmediata hacia las poblaciones occidentales. Surge de la necesidad de contar con un adversario reconocible, útil y repetible. Se construye una imagen cargada de exageraciones, silencios selectivos y simplificaciones extremas, orientada a provocar rechazo automático. La intención apunta a reducir a Irán a una figura hostil previamente definida, fácil de consumir y fácil de odiar.

Es importante entender que Irán no es un país ideal. Presenta rasgos discutibles y decisiones que muchos cuestionamos abiertamente. Aun así, existe un límite evidente: las potencias occidentales carecen de legitimidad para erigirse como jueces morales. Quienes han bombardeado ciudades, desmantelado Estados completos y normalizado la muerte a gran escala arrastran un historial que invalida cualquier pose ética. La superioridad moral que proclaman se deshace al revisar sus propios actos.

En esta situación conviene observar el patrón que se repite. Cada vez que Occidente decide intervenir, el proceso sigue una secuencia reconocible. Primero aparece la demonización sostenida. Luego llega la saturación mediática. Más adelante surgen las imágenes recicladas, los montajes evidentes y los relatos diseñados para provocar reacción inmediata. Finalmente se activa la acción directa o indirecta. El resultado posterior siempre muestra territorios devastados, sociedades fragmentadas y violencia extendida bajo tutela extranjera. Este esquema no pertenece al terreno de la especulación; se ha aplicado una y otra vez.

Hoy ese mismo esquema se dirige contra Irán. Las maniobras ya no buscan disimulo. Fotografías antiguas circulan como material reciente. Escenas tomadas fuera del país se presentan como pruebas internas. Narraciones pobres se sostienen únicamente por repetición. Los grandes canales de difusión empujan consignas y tratan al público como materia moldeable, no como interlocutor.

Frente a ese ruido, algunos datos permanecen incómodos para el relato dominante. Irán figura entre los países musulmanes con mayor presencia femenina en la educación universitaria. También es un Estado donde los cristianos armenios cuentan con representación parlamentaria y pueden ejercer su fe sin persecución sistemática. Esta situación existía en otros países de la región antes de su destrucción tras intervenciones externas celebradas como liberadoras.

Hace poco, en Teherán, una estación de metro fue dedicada a la Virgen María, con relieves y murales de una delicadeza notable. Este gesto rompe con la imagen simplificada que se intenta imponer. Tampoco encajaría en territorios dominados por fanatismos armados ni en muchas capitales occidentales, donde se normaliza el desprecio cultural mientras se celebran montajes mediáticos sin pudor.

Nada de esto convierte a Irán en un modelo incuestionable. Tampoco lo presenta como ejemplo ideal. Lo que sí hace es desmontar la afirmación central que se intenta vender: que la ofensiva occidental responde a principios elevados. La realidad muestra otra cosa. Lo que está en marcha es una nueva campaña de desgaste, otro intento de preparar el terreno para un desenlace conocido.

Queda claro que quienes aún no perciben este proceso no carecen de señales. El problema reside en la intensidad del bombardeo narrativo, diseñado para bloquear la duda y desactivar toda mirada crítica.

Jesús Alberto Erazo Castro

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