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Ya no eres un cliente cautivo: la furia de Occidente contra China

Por: Jesús Alberto Erazo Castro

Si habitas el sur global y te resulta difícil comprender el origen de la furia occidental frente a China, ese coro estridente que invoca autoritarismo, déficit democrático, Estados vigilantes y un catálogo entero de etiquetas ya estandarizadas, la dificultad no reside en la falta de datos. El problema está en el punto de observación. Occidente ha demostrado una habilidad notable para comercializar el miedo en el momento exacto en que su capacidad de ofrecer algo más comienza a agotarse. Hoy, ese miedo constituye su industria más consistente. Bajo la capa de alarmas morales, consignas repetidas y advertencias grandilocuentes, opera una razón mucho más directa, anclada en la materialidad y, por lo mismo, difícil de tolerar: la ruptura de una relación de dependencia que durante décadas se dio por sentada.

La irritación occidental no emerge de principios vulnerados ni de valores súbitamente traicionados. Toma forma cuando el margen de elección se amplía. Elegir dónde adquirir un teléfono, una prenda de vestir, un electrodoméstico, un objeto cotidiano que organiza la vida doméstica y el trabajo diario. Elegir sin atravesar de manera obligatoria marcas sobredimensionadas, precios inflados y capas enteras de intermediación que durante años revendieron lo mismo, muchas veces producido en fábricas chinas, con multiplicadores arbitrarios y un relato moral cuidadosamente superpuesto. Cuando ese mecanismo se vuelve visible, cuando se entiende su funcionamiento sin adornos, el tono agresivo deja de parecer exagerado y empieza a describir con precisión el fenómeno central: lo que está en juego es la pérdida de control sobre el consumidor.

Conviene evitar cualquier idealización. Ese régimen de dependencia no fue patrimonio exclusivo de las grandes potencias. También se reprodujo en escalas locales, sostenido por élites nacionales, monopolios internos y estructuras empresariales que replicaron la misma lógica. Sectores como la alimentación, las farmacias, la vivienda, el crédito o el consumo básico funcionaron bajo esquemas similares, donde la elección era más formal que real y el pago resultaba ineludible. La irrupción china no se limita a alterar un circuito global; ejerce presión simultánea sobre engranajes locales que se beneficiaban de mantener cerradas las opciones y elevados los costos.

La tensión alcanza otro nivel cuando ese desplazamiento avanza hacia ámbitos que durante décadas parecieron inamovibles. La producción deja de concentrarse en objetos aislados y se expande hacia sistemas completos, incluida la vivienda. La industrialización del hogar introduce una fisura profunda en la idea de que una casa debe implicar décadas de endeudamiento, hipotecas interminables y subordinación bancaria. La posibilidad concreta de levantar una vivienda accesible sobre un terreno familiar abandona el terreno de la ilusión y adquiere densidad real. En ese punto, el modelo rentista occidental entra en una fase de crisis abierta, impulsada por la erosión de su fuente principal de ingresos.

La magnitud de lo que está ocurriendo aún supera la capacidad de medición habitual. Esa desproporción explica la intensidad de la reacción. El debate cede su lugar a la gesticulación, la argumentación se diluye en advertencias y la competencia se sustituye por estigmatización. Las élites, cada vez más alejadas de los procesos productivos concretos, reaccionan con un nerviosismo que delata una comprensión tardía del problema central. El desajuste no se limita al plano ideológico; atraviesa la base material que sostenía el edificio. A medida que el acceso a bienes esenciales escapa de su control, la estructura completa comienza a crujir, y aquello que durante años se presentó como marginal o excepcional revela su condición de núcleo activo en la reconfiguración del poder.

Por esa razón, las explicaciones centradas en la democracia o el autoritarismo funcionan como una superficie discursiva. El movimiento subyacente resulta más directo y más corrosivo para el orden existente: la dependencia material respecto a Occidente se debilita. En numerosos ámbitos cotidianos, la relación de cautividad empieza a disolverse, y en otros tantos ese proceso se acelera. Ahí se concentra la irritación. El resto cumple una función escénica.

Durante siglos, la construcción del poder occidental se apoyó en algo más que la fuerza militar o la dominación política visible. Se asentó sobre una forma persistente de control económico basada en la captura de la necesidad. La organización del mundo, con especial énfasis en el sur global, delimitó espacios donde producir resultaba inviable y consumir se volvía obligatorio. El consumo adquirió forma de mandato: caro, mediado por marcas, acompañado de narrativas que convertían la extracción en libertad, la sobrevaloración en calidad y la dependencia en civilización. Esa arquitectura operó con tal eficacia que terminó por confundirse con el paisaje, con el sentido común, con la normalidad.

La consecuencia fue un orden donde el acceso a una vivienda implicaba entregar gran parte de la vida laboral, donde la tecnología exigía endeudamiento, donde la movilidad se reservaba a unos pocos y donde la infraestructura aparecía como concesión antes que como derecho. Bancos, créditos, rentas e intermediarios se interponían en cada etapa, sosteniendo una red de actores cuya rentabilidad no dependía de producir, sino de cobrar. Una narrativa moral se encargaba de justificar el conjunto, presentándolo como inevitable y virtuoso.

La entrada de China en ese escenario no adopta la forma de un imperio tradicional ni de una cruzada ideológica. Se manifiesta como una anomalía productiva que impacta de lleno en el centro del sistema. La producción masiva reduce la necesidad de persuasión. La escala vuelve superfluo el discurso. El efecto no surge en los márgenes ni como desviación accidental; incide directamente sobre el mecanismo que garantizaba la renta occidental. Cuando el costo de una vivienda se comprime hasta niveles impensables, se desarma la lógica de la deuda perpetua. Cuando un dispositivo tecnológico pierde su aura aspiracional y se integra a la vida cotidiana como herramienta funcional, se reordena la jerarquía social construida en torno al consumo. Cuando bienes y servicios esenciales se vuelven suficientes, accesibles y replicables, queda expuesta una estructura sostenida más por exclusión administrada que por innovación real.

La respuesta occidental adopta un tono airado, articulado a posteriori mediante un repertorio moral que funciona como cobertura. Lo que se ve afectado es el monopolio sobre la oferta material global, la capacidad de definir precios, estándares, deseos y accesos. El cliente cautivo deja de ser una figura garantizada, y cualquier sistema apoyado en rentas simbólicas y prestigio artificial entra en una fase de fragilidad acelerada cuando la posibilidad de elegir se generaliza.

Lo que resulta particularmente perturbador es la manera en que ese proceso se despliega. La producción avanza sin solicitar validación cultural, sin someterse a rituales de prestigio, sin esperar la consagración de sellos tradicionales. La funcionalidad reemplaza al aura, la saturación del mercado se convierte en estrategia y la escala se asume como método. Esa normalidad productiva expone con crudeza el contraste con un Occidente que desplaza su actividad hacia la generación de deuda, relatos y dispositivos de miedo cuando la fabricación material deja de ocupar el centro.

El sur global asimila este desplazamiento con lentitud. El debate continúa atrapado en categorías morales heredadas, como si la única alternativa consistiera en elegir entre catecismos ideológicos. El cambio opera en un plano más tangible. La dependencia material se reduce, las marcas dejan de ser imprescindibles, el financiamiento bancario pierde centralidad, la producción local encuentra nuevos márgenes y la existencia digital ya no requiere intermediación exclusiva. Este escenario no convierte a China en redentora ni en modelo ético. Introduce algo más elemental y más determinante: una opción viable. En el terreno geopolítico, la existencia de una alternativa constituye una forma concreta de poder.

De ahí el tono alarmista, las campañas sobreactuadas, las prohibiciones selectivas y las disputas arancelarias que rozan el berrinche. La pregunta que emerge resulta difícil de responder sin incomodidad: qué ofrece Occidente cuando se excluye a China del intercambio cotidiano. El inventario se reduce a armas, endeudamiento, retórica, servicios financieros, sistemas de vigilancia y un consumo cada vez más costoso y menos funcional. Un esquema orientado a la renta antes que a la producción.

La escala, la velocidad y la profundidad del proceso chino carecen de precedentes históricos. La industrialización se expande hasta abarcar múltiples sectores, países y niveles de ingreso de manera simultánea. Los costos reales de los bienes quedan expuestos con una claridad brutal. El mito del valor occidental pierde densidad simbólica. No se trata de una revolución épica en términos clásicos, sino de una eficiencia persistente que vuelve obsoletas capas enteras de dominación simbólica.

Lo que se erosiona no es una posición militar ni una hegemonía discursiva aislada. Se debilita el control sobre la definición misma de la realidad material. Cuando amplios sectores comprenden que la pobreza fue, en buena medida, una construcción derivada de la cautividad; que el atraso respondió a la acumulación deliberada de intermediarios; que la exclusión se sostuvo sobre la restricción del acceso productivo, el sistema que dependía de esa ficción entra en una fase de descomposición. El fin del cliente cautivo ya no pertenece al terreno de la coyuntura económica. Marca una ruptura histórica que se ha puesto en marcha. El resto del ruido responde a la nostalgia de un poder que dejó de fijar precios y de imponer sentidos.

Jesús Alberto Erazo Castro

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