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El vecindario del Chavo o porqué del fracaso de las nuevas Repúblicas

Por: José Rafael Vilar

José Rafael Vilar
José Rafael Vilar

Días atrás me encontré un vídeo (El síndrome de Doña Florinda: El capitalismo latinoamericano en una vecindad) y, quizás porque siempre detesté la serie del Chavo, me decidí a verlo. Así conocí el libro que le daba origen: El síndrome de Doña Florinda de 2012 y a su autor, el sociólogo (woke) argentino Rafael Ton.

Empezaré diciendo que me pareció muy interesante que Ton agarrara un programa (serie) de televisión mexicana que finalizó en 1980 para, como hicieron Mattelart y Dorfman a través de un clásico del cómic para crear el libro de crítica cultural: Para leer al Pato Donald (1971). Y aun más cuando, tras conocer el contenido del trabajo de Ton, comprendí que a él, a Mattelart y a Dorfman (como Ton también argentino además de chileno) los unía una visión marxista —diría hasta ortodoxa— de crítica al capitalismo: que el libro de Mattelart y Dorfman fuera publicado y celebrado durante el gobierno de la Unidad Popular en Chile y que el de Ton fuera citado entusiasta por Rafael Correa y explicado conceptual y estructuralmente (con visión marxista) desde el site Poder y Hegemonía hubieran sido suficientes argumentos para entender que, con destacado análisis en ambos textos, la visión progre de túnel (es decir: sesgada) les era común.

Pero, lo que me fue más atractivo fue entender cómo —desde un cambio de perspectiva no progre— el vecindario del Chavo permitiría abordar (y hasta entender quizás) la historia de los doscientos y más años de las Repúblicas Iberoamericanas.

El análisis exhaustivamente desarrollado por Poder y Hegemonia casi podría convencerme —confundirme, aclaro— si no fuera por dos elementos: el Don Ramón de marras era el villano explotador cuasi caricaturesco que llegaba a expoliar a la vecindad (Doña Florinda con su Quico colgado, Don Ramón y el Chavo, aunque aclarara que “no tenía que cobrarle”), arquetipo de un imperialismo ya supuesto, pero el resto de los personajes habituales (la Chilindrina, el profesor Jirafales y Doña Clotilde) desaparecían del análisis porque no aportaban a lo esquematizado.

No hace falta decir que tuvo un público entusiasta: peronistas en Argentina (Ton ya apologizó a Perón y Eva en otro de sus libros: La culpa es de Perón), en el resto de Latinoamérica los “socialistas” sigloveinteuneros, los chicos de Puebla y los destartalados foristas paulinos, ahora sin padrinos efectivos.

Ton ha descrito (reduciéndolo con visión de túnel y anteojeras de carroza) lo mismo que desde comienzos del siglo 19 han hecho muchísimos de nuestros gobernantes: embelesarse con “lo de allá”: lo francés para Francisco de Miranda; lo inglés para Bolívar; lo “gringo” después para tantos otros, para los de ideas liberales y los de ideas conservadoras y los liberales conservadores y los conservadores liberales (que de ambos en zambumbia los hemos tenido)…, generales y doctores, letrados e iletrados, guerrilleros o trabajadores, narcos coligados o golpistas o corruptos: todos —la grandísima mayoría— enfermos de Ego Mesiánico e infectados de Hubris.

La supuesta «superioridad moral y económica» que una periodista de TV Azteca le asigna a Doña Florinda, lo es “bandera moral” de la izquierda trasnochada que se ha flameado en tantas revoluciones asaz populares —la Mexicana de 1910, el Estado Novo de Vargas, Perón, la Boliviana de 1952, la de Castro en 1959, el desenlace de Chile en 1973, por sólo algunas. Correa el ecuatoriano (el mismo demagogo que permitió la corrupción y los negociados mayores en su país y que abrió las puertas a la violencia de las bandas criminales y los grupos narcoguerrilleros colombianos) sobre la caracterización de los personajes en la obra de Ton dijo: «Estas personas no quieren a su país. Lo de afuera es bueno, lo de adentro es malo», lo que me lleva a preguntarme: ¿Qué país quiso él?

Correa también (supuestamente citado) dijo sobre «La clase media aspiracional, sacada de la pobreza por gobiernos progresistas, piensa que es la derecha la que los llevará a ser clase alta… y la realidad es que esa derecha los hunde siempre». Lo que calló intencionalmente Correa es que esa clase media aspiracional a la que la progresía le vende cuentas de vidrio por perlas y oro y al comienzo las saca un poco de la pobreza para ganar su apoyo, es la misma clase media aspiracional a la que en una atribuida charla Chávez le dice al general Guaicaipuru Lameda la idea de que la revolución debía «mantener a los pobres en su pobreza pero con esperanza» para asegurar su apoyo electoral. Real o supuesta, esta frase —más de Mein Kampf que de 1984 o de Huxley— es tan clara como pudo el mismo Comandante Eterno (que no lo fue) o Maduro, o Correa, o los Castro y su laya, 0 Lula & Rousseff o los Kirchner (y el inepto de Fernández) o Morales/AGL & Arce decirla después del desbarre y miseria que armaron en sus países.

Muchas cuentas de vidrio nos han dado desde los inicios del siglo 19 y muchas historias de fantasía también.

José Rafael Vilar

 

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