

Creo que la primera vez que probé vino fue en Chile, allá por los años 60, cuando mi padre lo compraba en damajuana (chuico le decían en Chile y estaba bien dicho) ¿Por qué el chuico de tinto? Simplemente porque era más barato. Comprar un chuico de diez litros costaba menos que comprar cinco botellas de mediano precio y seguramente que una sola de Gran Reserva. Fue ahí cuando probé el vino y me pareció agrio, ácido. De ahí que imaginé que serían intomables los vinos que consumieron las clases altas de Egipto, Grecia y Roma, cuando los caldos eran guardados en ánforas u odres de piel de cabra, hasta que, por fin, llegó la botella de vidrio y el corcho en la Edad Moderna, que fue fundamental para conservar el gran vino que disfrutamos ahora o mejor dicho los que tienen permiso para hacerlo.
¿Quién no ha sido un cerdito en su juventud? ¿Chanchito con la comida y la bebida? Pues cuando me empezó a gustar el vino a mis 15 o 16, mi padre decía que su damajuana le duraba cada vez menos y me miraba a mí. Luego, con mis amigos, casi todos hijos de exiliados en Santiago, íbamos a los restaurantes, donde los mozos nos vendían el vino que le llamaban el “bigoteao”. Nos decían que eran tintos de las diversas botellas que, sin acabar, quedaban en las mesas. Una botella de “bigoteao” era baratísima, pero me intrigaba su nombre. Hasta que un mozo me dijo: “no seai hueón” y me contó que el “bigoteao” derivaba de bigote, y que, por tanto, el vino que nos vendían, era el concho de las copas que quedaban sobre las mesas, es decir, las sobras. ¡Horror! Fue suficiente como para juntar platita y comprar vino barato pero embotellado.
En Bolivia no se tomaba vino hace medio siglo (salvo en Tarija sin duda). Pero, en La Paz y en las ciudades del altiplano, se bebía la cerveza Paceña y el chuflay (singani y soda); en Cochabamba y los valles cerveza y chicha; y en Santa Cruz y el oriente, cerveza Paceña y “culipi” (aguardiente mezclado con colorante). La cerveza que se bebía en Santa Cruz era la Paceña, por su gran calidad, aunque durante una época apareció una cervecita cruceña, mucho más barata, de sabor pasable cuando estaba helada, pero que tenía un inconveniente: te trancaba al orinar y quedabas inflado. No había nada más horroroso que eso. Hoy en Santa Cruz y en Bolivia en general, se consume vino en la mayoría de los lugares de comida y su aceptación es muy grande.
El vino San Pedro, del valle de Cinti, era el mejor caldo que teníamos en Bolivia, por no decir el único. A veces era irregular en su carácter, variable entre un año y otro. Pronto llegaron los vinos chilenos como Casillero del Diablo, Undurraga, y alguno más. Y también los argentinos como el Don Valentín, el San Felipe y otros diferentes. No eran tan caros y la situación varió incrementándose su consumo. En el Club Alemán y en la Casa Argentina de La Paz, no faltaban esos vinos a precios razonables.
Desde hace años que los vinos tarijeños han surgido estupendamente. No solo que han acumulado premios en el exterior, sino que han premiado el paladar de los bolivianos y se han convertido en una valerosa competencia con los vinos chilenos, argentinos, españoles, franceses, italianos, aunque, lamentablemente, muchos de los caldos extranjeros entran de contrabando y hacen una innoble competencia a los nuestros. Samaipata, quien dijera por su altura, también tiene un buen futuro en la vinicultura y hoy están floreciendo cepas y se están produciendo vinos de calidad.
Cuando fui mayor, disfruté de los vinos españoles y argentinos porque estuve destinado tanto en Madrid como en Buenos Aires. En España, bebiendo los vinos de la Rioja y del Duero, caldos magníficos, acostados en el silencio, el frescor y la penumbra, con sabores a hierba, madera, moras, ciruelas, otros frutos rojos y no sé qué más, pero que para mí siguen teniendo gusto a buen vino y no me preocupa otra cosa. Nunca fui un catador, sino un bebedor. Cuidé mis vinos, pero jamás llegué a comprender la cata, es decir fijarme en el aroma, el color, su impregnación en el cristal; fui simplemente un hechizado que saboreaba y me transportaba al placer con ese jugo aterciopelado y milenario, que, según algunos que saben, viene desde la vieja Mesopotamia, de hace 7000 años. En España el tempranillo dio excelentes resultados en la Rioja y el Duero, como en Francia los incomparables vinos de Burdeos y Borgoña, entre tantos otros.
En Argentina, parece que, sin discusión, el vino que impera es el Malbec, ese fantástico Malbec que se produce en las tierras altas de Mendoza o también el de la gran calidad de San Juan. Malbec y Cabernet Sauvignon representan lo mejor de las cepas argentinas y de ahí salen las más cotizadas marcas que abundan en el mercado rioplatense. Los he disfrutado tanto como los españoles y chilenos y puedo decir que a veces me daban ganas de beberlos postrado de rodillas.
Manfredo Kempff Suárez



