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Aculturación o extinción

Maggy Talavera me invitó un café en la Librería Ateneo en Santa Cruz. Antes había visitado su segundo piso, que lo mismo acomoda sillas, pizarras y proyectores para presentar libros, que juegos y libritos para que niños aprendan a gustar la lectura. Afuera, mesas para quienes prefieren la brisa al aire acondicionado, en área verde con troncos muertos que el arte ha convertido en hermosos tallados; al frente, un inmenso centro comercial. Es el concepto de librería y café, donde se hojean obras y se leen diarios a voluntad.

Fui sorprendido con cuatro devedés que tratan del mundo de cuatro etnias cruceñas: ayoréodes, chiquitanos, isoseño-guaraníes y guarayos. Son registros interactivos con música, ciclo de vida, testimonios e historia –casi siempre tristona– desarrollados por Apoyo Para el Campesino-Indígena del Oriente Boliviano (APCOB), una ONG empeñada en usar tecnologías multimedia para sensibilizar sobre pueblos indígenas de las tierras bajas de Bolivia.

Los ayoréodes, o ayoreos como se los conoce, afean la cara de Santa Cruz con su lastimosa miseria. Son testimonio de manchones negros de penuria absoluta de indígenas, en una Bolivia con un Gobierno que se vanagloria de analfabetismo cero, reducir la pobreza extrema, encumbrar la raigambre originaria y valorizar sus culturas. Nómadas de la selva estas “personas” u “hombres” –tal quiere decir su nombre– llamaban “cobardes” a los blancos que los denostaban con el guaraní “yanaiguas”, gente del monte (en Paraguay, “moros”). En 1716, padres Franciscanos les redujeron parcialmente en ‘misiones’ de agricultura sedentaria. Les llamaban Zamucos, que así se denomina su lengua del grupo Chiriguano de lejano stock Tupí, según “Classification of South American Languages” de Čestmír Loukotka. Después de la Guerra del Chaco, quedaron divididos por una línea fronteriza imaginaria entre 12 comunidades en Bolivia y 9 en Paraguay.

Me emocioné con el devedé sobre los Chiquitos, llamados así por hispanos intrigados por diminutas puertas de sus casas redondas para esquivar vientos y flechas enemigas. La fundación en 1561 de Santa Cruz de la Sierra inició la forzada explotación de estos indígenas, que luego habrían de sobrevivir entre la sartén –los abusos hispanos– y las brasas: “bandeiras” o expediciones portuguesas en busca de esclavos. Los Jesuitas aprovecharon la vena artística musical de varias etnias en sus misiones.

Recuperado tal acervo por curas alemanes, hoy se ha tornado en marca registrada de festivales anuales. Quizá también les salvaron de la extinción, pero todo tiene su costo. Si bien los Chiquitanos atesoran creencias ancestrales, su reducción en misiones signó su aculturación. La fusión de lo indígena y lo europeo es clara. Su religiosidad cristiana, junto a creencias ancestrales de que si antes la Tierra fue lavada por el diluvio, otra vez está sucia y debe ser enjuagada: ¿es premonición de un planeta que se asoma al desastre por el calentamiento global?

Si de pueblos aguerridos se trata, ninguno más que los guaraníes bolivianos, a quienes rehúso llamar Chiriguanos, nombre quizá despectivo que le endilgaran los quechua-parlantes Inca. Divididos en tres grandes ramas –Ava, Simba e Isoseños– estos migrantes ambiciosos de la ‘tierra del metal’, el imperio incaico, llegaron a las estribaciones andinas antes que los españoles. Conquistaron (aseveran que se comieron) a los pacíficos Chané, de los que adoptaron algo del sedentarismo agrícola.

El devedé de los Isoseño-Guaraníes bosqueja rasgos de la cultura e historia de indígenas cuyo TCO –Territorio Comunitario de Origen– de casi dos millones de hectáreas, cubre la mayoría de sus aldeas a las orillas del río Parapetí. Si bien debería, no abarca el Parque Nacional Kaa-Iya, el mayor de Sudamérica en áreas protegidas de monte seco chaqueño. Su visión sobre la naturaleza se basa en extraer lo necesario para vivir, más afín con la conservación que los puestos militares, casi siempre depredadores y dominantes, para no hablar de los islotes de alta tecnología de las empresas petroleras.

Los Gwarayo quizá deben su nombre a la unión de dos vocablos guaraníes: ‘gwara’ quiere decir gente, y el ‘yu’ describe la tez blancona de estos indígenas, comparados con otras etnias. El tronco cultural Tupí-guaraní, presente en manchones territoriales en Perú, Brasil, Paraguay y Argentina, tiene en Bolivia expresiones étnicas tan disímiles como Sirionó, Guarasugwé o Pauserna, Yuqui, Ava, Simba, Isoseño y Gwarayo.

En estos últimos, la aculturación forzada en reducciones misionales presididas por Franciscanos se resistió hasta 1850. A pesar de ello, los Gwarayo atesoran su lengua materna así fueran bilingües: sus respetados ancianos la creen medio sagrado de comunicación con ancestros. Es difícil entender que la línea departamental separe a los cruceños de la provincia Guarayos, de benianos guarayos que subsisten en la provincia Marbán y otras.

Urge saber de las diversas raíces autóctonas del país. Ojala que produzcan interactivos de otras etnias, tanto de las tierras bajas del oriente como de los valles y altiplano occidentales. Que les pongan a buen uso en laptops que reparten entre los maestros. Exijan su estudio en las universidades. Que sean parte de la orientación cultural que buena falta hace a los técnicos que explotan recursos naturales de Bolivia. El dilema de estos pueblos es la aculturación o la extinción. La primera no significa cambios que el Gobierno ofrece como regalos modernizantes a los indígenas del Tipnis.

(23052013)

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