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Mick Jagger, su majestad satánica

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Pienso que corría el año 72. Tenía doce años y estábamos con Armando en el Cine Bustillo, antes de que hubiese la ancha avenida que pasa por la que fuera su entrada, hoy. Entonces había una calle angosta, con casonas de dos pisos que vieron la colonia y la república en el bucolismo cochabambino o en los no inusuales encontronazos entre caudillos. De eso no queda nada. Un anónimo corte urbano ha derribado las edificaciones viejas. Frente a lo que era el Bustillo se alza una elevada heladería. En ese solar, perdido entre los adobes del fondo, creció Gualberto Villarroel, hijo de Quintín Ferrufino, párroco (valga la digresión histórica).

La película que mirábamos, Melody, contaba un amor casi infantil que nos hacía soñar. Imaginarse escapar con la amada, protegidos por los amigos, huyendo del irracional mundo adulto y creyendo solo en nosotros, en el beso, los labios y los cabellos de la mujer que quieres. De fondo los Bee Gees cantaban el tema que habían compuesto para el filme inglés. Y Crosby, Stills, Nash & Young aportaban con Teach Your Children, que se convirtió en un icono de la música moderna.

Podría afirmar que después de Melody, al menos en los momentos posteriores a la película, fuimos mejores, respirando tardíamente los remanentes de los 60 y el discurso de paz y amor que se ahogó en Altamont, durante el concierto de los Stones. En el documental Gimme Shelter (1970) se observa a los Hell Angels, pagados para ser seguridad del grupo de rock, mirando con desprecio los movimientos feminoides del vocalista, minutos antes de que se desatara la tragedia que acabó una época.

En una escena que hace al tema de este texto, un grupo de muchachas sale corriendo de la escuela, excitadas y cómplices. Se mete entre arbustos y una de ellas despliega en el piso un poster que traía enrollado. Cuando lo hizo, recuerdo con perfección que mi hermano dijo en voz alta: “Mick Jagger”. Era un ya difuso retrato del cantante que las chicas se pusieron por turnos a besar. Hoy, cuarenta años pasaron, resuena la voz de Armando aún como rito invocatorio. Porque a pesar de que en las escasas radios locales se oía a veces (I Can´t Get No) Satisfaction, nunca había prestado atención a un espectro cubierto en su totalidad por el manto mágico de los Beatles. Era la primera vez. A partir de entonces me interesé en el mito, la sexualidad explícita de sus ademanes, la irreverencia de sus letras. Jagger era los Stones. Y con eso crecería.

Cochabamba superó la infancia. No maduró pero se hizo dúctil, mañosa. El romance de Melody y Daniel (Tracy Hyde y Mark Lester) dio paso a amores de chichería y basurero. Sociologizamos la relación y el sexo y el fin de cada uno no era la ficción de huir tomados de la mano por las vías del tren hacia una nada que se nombraba Felicidad, sino la pelea de la carne y de la sangre, mordeduras como de perro, sostenes arrojados en las sombras de la Lanza final, las muchachas meando agachadas en la oscuridad, situaciones más acordes con los tonos de los Rolling Stones que con la hermosa y puñetera lírica de los hermanos Gibb o de Lennon-McCartney.

Vino la primera y breve emigración. En las atestadas calles de São Paulo caminé con varios discos bajo el brazo. Calor y gente negra por las rúas. Peligrosos mingitorios en la Rodoviaria. Uno de los vinilos era un álbum doble de los primeros años del cuarteto que había rescatado el blues. Ya para entonces Brian Jones estaba muerto, Brian Jones que estás en los cielos, decía un autor colombiano. Con ese disco compartí los tiempos mejores de mi ciudad y el contexto sexo-alcohólico de la juventud, con calzones tirados en medio del sudor que olía a eucalipto en Aranjuez y a peores cosas en peores lados.

Luego la gran emigración, la fuga, el ajustarle el pescuezo al destino y transformar las cosas. Ciencia difícil y complicada, con altibajos y lúgubres sonidos de gong que anunciaban la hora de ingreso al trabajo, a la sociedad multiplicada. Una de esas noches libres, ajustando el cuerpo a la posibilidad de moverse fuera del contexto laboral, llegaron los Stones a Washington D.C. Habíamos planeado ir. Era algo otrora impensable. Estarían allí y corearíamos con todos I can´t get no satisfaction. Pero no, en un sombrío apartamento de Alexandria, Virginia, Julio y yo nos dedicamos a las cervezas y obviamos ver las figuras de Mick Jagger y los tres otros. Nos interesaba la música, no el culto personal. ¿Posibilidad perdida y única? Tal vez; pero esto de endiosar a alguien no va conmigo.

Prefiero acordarme del aroma del tiempo, de Bianca Jagger contando en Siete Días Ilustrados que hizo el amor en las barricadas de París 68 con un desconocido. De Jagger y David Bowie en la irreverencia extrema. Antes escuchaba Paint it Black o She Is a Rainbow, que nostalgiaban los viajes del ácido lisérgico y sus colores. Hoy prefiero Angie y Ruby Tuesday.

Mick Jagger ha cumplido 70, diecisiete más que yo, y aunque ajado todavía tiene la boca grande. Porque este músico se niega a perecer; se despierta cada día al ruido de una cortadora de pasto. Sigue siendo Jumpin’ Jack Flash.
28/07/13

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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), 31/07/2013
Publicado en laverídica.com (BOLIVIA), 31/07/2013

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