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Alfredo y Gastón

Por: Manfredo Kempff Suárez

Son muchos los amigos que parten a la otra vida cuando uno ya siente la vejez resollándole en las orejas; tanto como cuando los años comienzan a dar los primeros problemas en todo sentido, que son irremediables. En el último tiempo he perdido a muchos amigos entrañables, valiosos, queridos, con quienes pasé una parte de mi vida en la Cancillería. La partida de Jorge Soruco, Agustín Saavedra, Marcelo Ostria, Manuel Arana, y, últimamente, “Manolo” Salinas, me han provocado un gran vacío. Fueron una parte de los amigos y colegas que últimamente se despidieron de este mundo, al margen de una decena o más, que he mencionado en mis notas y no dejo de recordar de mi época en La Paz, en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Pero no solo el fallecimiento de los compañeros diplomáticos de mis años paceños me ha causado pesar, sino de otros a quienes quise mucho y de los que recibí un gran afecto en esa ciudad de la que guardo tan gratos recuerdos. La muerte de Gastón Ugalde, me ha conmovido. Como me conmovió, en su momento, el fallecimiento de mi querido “maestro” Alfredo La Placa, ambos pintores y ambos tan distintos.

Con Alfredo tuve una relación más seria, más reposada, de comentarios literarios y políticos. Con Gastón Ugalde, fue una conexión bohemia, explosiva, bolichera, de amigotes que nos retábamos a las bromas. A Alfredo lo veía con mayor frecuencia en la casa que compartía con la querida Rita, su pareja, hogar de charla refinada, de exquisita comida y de buenos vinos, pero bebidos con medida. A Gastón lo veía una o dos veces al año.

Alfredo, potosino, fue, en el fondo un hombre que bebió la cultura europea, sin descuidar la propia, la nativa, a la que siempre amó. Todos coinciden que fue una de las figuras más destacadas del siglo pasado y de parte del XXI, dentro del abstraccionismo.

Gastón era la antítesis del elegante Alfredo La Placa, en cuanto a que, desde su apariencia barbuda, melenuda, de vestimenta extravagante, y hablar distendido y ocurrente, siempre lo aprecié como un encantado bohemio, creativo insuperable, que, además de su pintura, presentada en bienales de medio mundo, incursionó exitosamente en la fotografía, el collage, y todo cuanto se le ocurría. En La Paz se lo conocía como el “niño terrible”, desde sus inicios en la pintura; y en su edad madura no cambió, siguió siendo un “enfant terrible” cuando increíblemente ya se aproximaba a los 80 y lo sorprendió la muerte.

No sé si Gastón vio a la muerte, cuando le llegó, como la describía. Pensaba que morir no se asemejaba a la oscuridad, de ninguna manera, sino a la luz, a una multiplicidad de colores. Amante del Salar de Uyuni, de esa inmensidad blanca y luminosa que lo inspiró en parte de su obra, él creía que la muerte era así, deslumbrante. Muy propio de este artista tan extravagante como su persona misma.

De Alfredo guardo, junto a su imborrable recuerdo, un par de sus cuadros, muy pequeños; pinturas trabajadas con sumo detalle, con la pulcritud que era el reflejo de su persona. Ahí están esos cuadros de colores entre ocre, gris y marrón, a veces pálidos. Y de Gastón, como no podía ser de otro modo, conservo un inmenso retrato, producto de una noche de juerga. Me dijo que quería retratarme; “baratito”, agregó con su sonrisa socarrona. Le dije que yo no pensaba posar para un retrato, que era una ridiculez pasada de moda. Entonces, ya despuntando el amanecer, él tomó de su bolsillo un celular y me sacó una foto, donde aparezco con un pucho entre los dedos. “Ya está, campeón”, me dijo alegre.

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