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SIETE KILÓMETROS, DOS CIUDADES: Crónica de una caminata desde el quinto anillo hasta el Materno Infantil y Nefrología

Por: Óscar Guillermo Yanne Banegas / Periodista e investigador

Salí a las 11:51 de la mañana desde la radial 26, en el quinto anillo, con un solo objetivo: llegar caminando hasta el Hospital Materno Infantil y Nefrología, sobre la calle Rafael Peña en el primer anillo, caminando el canal Isuto. Dos horas con catorce minutos después, a las 14:05, crucé su puerta. Siete kilómetros de asfalto, adoquín hexagonal y tierra suelta me bastaron para confirmar algo que como periodista vengo denunciando hace tiempo: en Santa Cruz de la Sierra conviven, a veces separadas por menos de cien metros, dos ciudades completamente distintas.
La ciudad que se muestra
Los primeros tramos del recorrido me regalaron el rostro que Santa Cruz prefiere exhibir. Torres residenciales de más de veinte pisos, con esos balcones en zigzag que ya son parte del skyline cruceño, se levantan entre palmeras y jardines de flores moradas cuidadosamente podados. Canchas polideportivas pintadas de verde, rojo y amarillo, con el edificio Swuisötel Panorámico de fondo. Avenidas amplias, semáforos funcionando, un letrero elegante anunciando un nuevo emprendimiento inmobiliario —»Curupaú Isuto 61″— rodeado de vehículos modernos y motociclistas circulando con normalidad. Esa es la Santa Cruz de la propaganda turística, la que aparece en los folletos de inversión: ordenada, verde, próspera. Y es real, no la voy a negar. Equipetrol y sus alrededores tienen una infraestructura que cualquier capital latinoamericana envidiaría.
La ciudad que se esconde
Pero basta bajar hacia el canal para que el decorado se caiga. Caminé por el borde de un curso de agua estancada, de color oscuro, bordeado de basura: cartones podridos, bolsas plásticas, una sandalia abandonada entre el pasto, ropa tirada en la ladera de tierra. A pocos metros, edificios de departamentos con balcones rojos se reflejaban en esa misma agua contaminada, como si no se dieran cuenta —o prefirieran no darse cuenta— de lo que corre a sus pies. Un canal que debería ser un espacio verde de esparcimiento se convirtió, tramo tras tramo, en un basural a cielo abierto y en zona de riesgo, el tipo de lugar donde la ciudad deja de vigilar y la informalidad y la inseguridad se instalan sin que nadie rinda cuentas.
Más adelante encontré un parque con senderos de cemento, kioscos de madera y un puente peatonal sobre el mismo canal: la infraestructura estaba ahí, construida, pensada. Pero el abandono también estaba ahí: pasto crecido sin cortar, basura acumulada bajo los árboles, la sensación de un espacio público que alguna vez tuvo mantenimiento y que hoy sobrevive por inercia.
Lo que deja la caminata
Como periodista de investigación no puedo caminar por mi ciudad sin hacerme la pregunta obligada: ¿por qué el mismo municipio que financia jardineras con flores y adoquinado hexagonal en una zona, permite que a siete kilómetros —o a veces a setecientos metros— un canal se convierta en depósito de basura y en corredor de vulnerabilidad? La respuesta no es misteriosa: es la lógica de la inversión que sigue al dinero y abandona lo que no genera plusvalía inmediata. Los canales, las franjas de servidumbre, los espacios públicos «no rentables» quedan relegados al último lugar en la lista de prioridades.
Llegué al Hospital Materno Infantil y Nefrología – CNS, con las piernas pesadas y la cámara del celular llena de imágenes que no necesitan mucho comentario adicional: se explican solas. Santa Cruz tiene una cara que enamora y otra que avergüenza, y ambas están a la misma distancia de cualquiera de nosotros: siete kilómetros, o menos.
Por: Óscar Guillermo Yanne Banegas / Periodista e investigador
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