ArtículosFernando Salazar ParedesIniciosemana del 18 de JUNIO al 24 de JUNIO

La supuesta muerte de un tratado

El señor presidente ha expresado esta semana: “Yo no soy jurista, no conozco derechos internacionales… (pero) puedo entender que ese tratado está muerto porque Chile ha incumplido sus especificaciones”. Así, con candidez e inocencia, el presidente se adentra aún más en la unilateral iniciativa de revisar el tratado suscrito entre Chile y Bolivia en 1904.

Los tratados no son intangibles; pueden ser modificados. Sin embargo, hay un requisito sine qua non para ello: que las partes estén dispuestas. Un tratado es el producto de la voluntad de las partes, voluntad que converge en un instrumento jurídico que es considerado como ley internacional vigente y cuyas partes se obligan a cumplir y respetar.

Si una de las partes no cumple con el tratado, entonces la otra podrá recurrir a una instancia internacional para que lo incumplido se cumpla. Otros aspectos extratratado no podrán ser admitidos.

Los tratados no mueren de por sí; pueden extinguirse. Aquí también se requiere la voluntad de las partes. Exteriorizar públicamente el deseo de que un tratado esté extinguido por incumplimiento de una de las partes es una peligrosa señal a la comunidad internacional, por más justificado que ese deseo sea. El respeto de los tratados internacionales es el fundamento para la existencia de un ordenamiento jurídico internacional.

Resulta oportuno referirse a la pacta sunt servanda, locución latina que se traduce como ‘lo pactado obliga’, que expresa que toda convención debe ser fielmente cumplida por las partes de acuerdo con lo pactado. La falta de sometimiento a este principio podría implicar una ofensiva negativa a la esencia de los tratados, no solo política y jurídica, sino especialmente moral, porque se violentaría la fidelidad de los estados contrayentes hacia el tratado y afectaría la confianza recíproca.

Debemos convenir en que Chile no se caracteriza por cumplir escrupulosamente los tratados. La muestra de ello es precisamente su incumplimiento del Tratado de 1904. Exigir el cumplimiento por la vía directa o, en último caso, mediante un recurso ante una instancia internacional es el camino adecuado.

En una suerte de ejercicio académico, suponiendo que, como dice nuestro presidente, el Tratado de 1904 estuviera muerto… cabría preguntarse: ¿dónde estaríamos en nuestra relación bilateral? Sin el Tratado de 1904, estaríamos reconociendo la vigencia del pacto de tregua de 1884, que estableció que Chile continuaría ocupando el litoral y que los productos chilenos ingresarían a Bolivia libres de impuestos. Eso sí, se reconoció el dominio temporal sobre el litoral, pero no la cesión definitiva de los legítimos derechos que tenía Bolivia sobre la región. Estaríamos, en fin, retornando a un escenario posguerra.

Con el debido respeto, el presidente debe exhibir sindéresis y prudencia en sus manifestaciones sobre un tema tan delicado que, manejado de otra manera, podría tener consecuencias muy peligrosas para el país. Las relaciones internacionales no pueden abordarse al calor del entusiasmo del momento. Comprendemos la buena fe y el patriotismo del primer mandatario; no obstante, hay ciertos temas que ameritan ser tratados con conocimiento de las variables y limitaciones de la relación internacional.

Los grandes éxitos en materia internacional no son producto del protagonismo desmedido, sino de la sagacidad, habilidad, idoneidad y hasta la discreción de los estadistas, que saben desenvolverse en un ámbito donde los altos intereses de un Estado son más transcendentales que los discursos o las frases de impacto.

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