ArtículosInicioIván Arias Duransemana del 12 de OCTUBRE al 18 de OCTUBRE

33 años: ¿creía en la institucionalidad democrática?

En la elección de 1980 Siles (UDP)  ganó con el 38,7 % de los votos, seguido de Víctor Paz (MNR) con el 20,1 %. Banzer (ADN) logró el tercer puesto con 16,8 % y Marcelo Quiroga Santa Cruz (PS) ocupó el cuarto lugar con el 8,7%. Como el Congreso Nacional, resultado de las elecciones, no definía quién sería el Presidente, debido a que no había una mayoría absoluta en favor de Siles para consagrarse en el poder, 18 días después de las elecciones, el 17 de julio de 1980, García Meza da el golpe de Estado narco-militar más nefasto. Sin embargo, poco duro la dictadura que prometió quedarse 20 años pues, el 21 de Julio de 1982 la Junta Militar designó al general Celso Torrelio para que en menos de 365 días transforme el país en un Estado democrático, proponiendo convocar a elecciones el año 1983. Los militares argumentaban que el Congreso del 80  estaba viciado por nulidad jurídica, esto no fue aceptado por la UDP y, después de varias discrepancias, se convocó al Congreso del 80  validándose las elecciones de ese entonces. De esa manera el 5 de octubre de 1982 retorna del exilio a Bolivia don Hernán Siles Suazo, siendo posesionado el 10 de octubre en medio de la algarabía nacional. Desde entonces, Bolivia ha tenido 33 años de democracia con avances y retrocesos.

Cuáles eran mis ideas de la democracia en aquel entonces? Desde mi juventud fui formado en la escuela de teología de la liberación y del marxismo radical. Mi visión sobre el capitalismo explotador estaba asociada a la democracia porque, ésta no era más que el instrumento para que las clases dominantes se apropien de la plusvalía de los obreros. Partidario de Lenin estaba seguro que había diferencias entre la  “democracia burguesa” y la “democracia proletaria” llegando hasta aceptar la visión maoísta de una “nueva democracia”. Mi idea de democracia no era la parlamentaria, sino la asamblearia de las calles, barrios y sindicatos. La verdadera democracia, se ejercía no en los corruptos salones del congreso o de las instituciones capitalistas, sino en las asambleas populares donde las masas podían expresarse directa y abiertamente.

Como parte de nuestra formación, para mi generación revolucionaria la democracia no era un fin a alcanzar y construir. No. La democracia burguesa solo era el medio que deberíamos usar para destruirla. “Hay que entrar al parlamento, claro que sí- nos decían los maestros políticos de entonces- pero hay que entrar para destruir al lobo por dentro, para utilizar su palestra como medio de su propia destrucción”. La democracia era una coyuntura que debíamos pasar, no para fortalecerla e institucionalizarla, sino para armarse, acumular fuerzas y preparase para el asalto cuanti-cualitativo mayor: la construcción del socialismo a través de la dictadura del proletariado.

Hablábamos de la democracia, pero no creíamos en ella. Hablábamos y pedíamos democracia, no porque estábamos convencidos que era lo mejor, sino que sólo la veíamos como el instrumento para instaurar un régimen popular más avanzando: la dictadura del proletariado, como eslabón previo al comunismo. La democracia era el garrote con el que aniquilaríamos a sus propulsores y detentadores. Recuerdo que en los círculos universitarios públicos, mucho más que en los privados, declararte demócrata era un pecado, un motivo para la estigmatización y el raleo. Decir que eras demócrata, que creías en la democracia como un sistema a construir, era para que te declaren enemigo del proletariado y un soplón de las clases dominantes. El demócrata era definido como sabueso de la oligarquía y del imperialismo; cachorro del capitalismo. El mayor consuelo que te daban es que estabas desubicado y que deberías pasar una escuela de cuadros marxista o, por lo menos, leer con atención a Martha Harneccker  o Marxismo para Principiantes de Rius.

Todos los días augurábamos que el fin del capitalismo estaba ya definido. Recuerdo expresiones como esta: “Ahora no queda piedra sobre piedra de las ilusiones de la burguesía. El mundo está experimentando la crisis más profunda desde la década de 1930. Frente a una situación catastrófica a escala mundial, la burguesía de EE.UU., Europa y Japón están en estado de pánico. En los años 30, Trotsky dijo que la burguesía estaba «deslizándose al desastre con los ojos cerrados”.

Como se verá nuestra matriz revolucionaria no tenía nada que ver con la concepción democrática que actualmente pregonamos. Nos formamos para identificar y eliminar al enemigo evitando cualquier colaboracionismo clasista. Nuestra disyuntiva era: reforma o revolución. Los reformistas eran los sirvientes y agentes de la burguesía, mientras que los revolucionarios éramos los que estábamos en el tren de la historia y los que posibilitaríamos la construcción de la sociedad a la cabeza del proletariado. Para los leninistas consecuentes, no había posibilidad alguna de revoluciones pacíficas, democráticas y electorales hacia el socialismo porque éstas eran la barrera para construir una dictadura del proletariado (la violencia revolucionaria o contrarrevolucionaria son las parteras de la historia, se decía gozosos).

No nací a la vida política creyendo en la institucionalidad democrática como sistema de gobierno y forma de construir una sociedad más inclusiva, participativa y justa. Mi raíz política me hacía amar regímenes socialistas y dictatoriales como la URSS, Cuba y China que a nombre del proletariado se encaramaban en el poder ad eternum. Era un acérrimo partidario de la igualdad antes de que de la libertad. Veo y escucho a los que llegaron a palacio el 2006 y esgrimen los mismos argumentos de los 80. A 33 años, ¿quién maduró, quién se aferró al pasado?

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