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La izquierda latinoamericana y el mito de Evo Morales

Enrique Fernández García

Experimentaron un impulso generoso de indignación ante el mal y de solidaridad con las víctimas. Pero insensiblemente, de compromiso en compromiso, se vieron envueltos en una malla de mentiras, falsedades, engaños y perjurios hasta que perdieron el alma. Se volvieron, literalmente, unos desalmados.

Octavio Paz

Todos sus grandes ídolos tienen pies de barro. No importa que se hayan esforzado tanto, mediante biografías o proclamas rimbombantes, atribuyéndoles una interminable lista de virtudes. En algún momento, cuando la realidad resulta ya inocultable, sus miserias se cuentan sin complicaciones. Pensemos en Fidel Castro, el máximo representante de su santoral. Pueden presentarlo como una criatura celestial, un hombre a quien servir al prójimo, incluso amarlo sin poses, sería imperativo. Lo cierto es que, durante sus años en el poder, su desprecio por la dignidad humana fue contundente. Incontables personas fueron perseguidas, detenidas, ejecutadas, debido a su disidencia con ese infame revolucionario. Asimismo, se destaca la figura de Ernesto Guevara, mostrándolo como símbolo bastante versátil, pues su imagen serviría para cualquier demanda, desde renuncias presidenciales hasta quejas por baños en desuso. El problema es que los admiradores dejan de lado una faceta en donde hallamos racismo, homofobia, así como también un enfermizo gusto por las acciones violentas. A propósito, el rechazo a los homosexuales era compartido por Salvador Allende, otra de las deidades que veneran. Los casos podrían seguir con generosidad; no obstante, el punto está claro: pretenden la exaltación de sus correligionarios, pero bajo el signo del engaño.

Su mandato del presente pasa por la glorificación de Juan Evo Morales Ayma. Siguiendo con la tradición del victimismo, un mal que nos acompaña desde hace siglos, se lo libera de toda responsabilidad. La crisis en Bolivia sería, por ende, una consecuencia de conspiraciones, planes y maldades del bando contrario, uno racista, entre otros defectos. Así, desde la perspectiva de quienes lo defienden, el ya expresidente merecería ser apoyado por todos los países, porque no sería sino un paladín del sistema democrático. A esta supuesta cualidad, recordada por periodistas del extranjero que parecen descerebrados, además de hipócritas, cuando lo entrevistan, se sumaría su identidad indígena. En efecto, porque, según los que llevan adelante su patrocinio, cual abogados bien pagados, mas sin justa causa, él habría sido rechazado igualmente por esa razón. Poco interesa que, en las movilizaciones contra su régimen, representantes de pueblos originarios hayan tomado la palabra y, con firmeza, pedido su salida. En resumen, a través de sus intelectuales y gente con oficio productivo, se divulga un retrato que invitaría al elogio, aunque no tenga como sustento la realidad.

El ejercicio del poder de Morales Ayma dejó 78 muertos e innumerables heridos. Al asumir la presidencia, dijo que no habría ninguno, garantizando una convivencia en donde las protestas no serían respondidas con balas u otros proyectiles. La particularidad es que recurrió a grupos de choque, sus movimientos sociales, para perpetrar considerables crímenes, desde robos hasta asesinatos. De este modo, procuraba evitar que se lo hiciera responsable, pues no habría actuado directamente con policías o militares. Esos mismos sectores son los que, desde su salida del país, se movilizan con palos, dinamitas y armas de fuego para tratar de incendiar Bolivia. Con este propósito, reciben la colaboración de cubanos, venezolanos, colombianos, entre otra gente, para consumar hechos vandálicos y terroristas. El narcotráfico, tan a gusto durante su Gobierno, se ocuparía de contribuir al financiamiento. Por supuesto, nada de esto incomoda a sus compañeros latinoamericanos. Prefieren subrayar la retórica antiimperialista, las necedades en contra del capitalismo, convirtiéndolo en una bandera de su cruzada. Hicieron lo mismo con las FARC y todos los guerrilleros que combinaban Marx con cocaína. Es tal la canallada en algunos de sus militantes que no condenan del todo lo sucedido en Perú con Abimal Guzmán, su amigo maoísta.

Casi con voz quebradiza, proclaman que se ha roto el Estado de Derecho. Si hubiesen investigado un poco al respecto, sabrían que quien lo hizo fue su adorado tirano. Basta con un par de minutos en el buscador para percatarse del daño que causó a las instituciones republicanas. Más allá de no respetar los resultados del referendo por la reelección, que conlleva una ilegalidad, su régimen despuntó en cuanto a las arbitrariedades. Ha perseguido a jueces que no quisieron ser sus marionetas para encarcelar opositores. Por otro lado, modificó normas para favorecer la impunidad de sus violaciones a los derechos humanos. Todas las autoridades que fueron consagradas por sus parlamentarios tenían el objetivo de asegurarle la falta de castigo. El ejemplo más patético se dio con su más reciente Defensor del Pueblo, David Tezanos Pinto, que interpuso hasta una acción constitucional para disuadir a los ciudadanos de… ¡protestar! Hablamos, en consecuencia, de toda una maquinaria que se habría levantado para colocar al régimen por encima del orden jurídico. Sin embargo, se trata de un absolutismo que no ha justificado la menor curiosidad del mundillo izquierdista. Se quedan con la figura del gobernante que renunció por presión de la derecha fascista, xenófoba, etcétera. Es el mismo espíritu que, en su momento, negaba los gulags para endiosar a Stalin. Son una resurrección, pero chata, en términos reflexivos, del Sartre que embistió contra Camus por criticar las abominaciones del comunismo. La peor exhibición de nuestro subdesarrollo.

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