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FISCALES DEL ODIO Y EL SOMETIMIENTO

Manfredo Kempff Suárez

Todos los poderosos, a lo largo de los tiempos, han tenido a la justicia bajo la planta de sus pies. Seguramente que, en el siglo pasado, Hitler y Stalin fueron los más connotados amos de la justicia, aunque seguramente  Trujillo, Somoza, Castro y otros autócratas bananeros lo tuvieron en nuestra América latina. Hoy se pavonean ufanos Maduro, Ortega y Morales (desde su poder chapareño), como prototipos para quienes la justicia es algo propio, de la que se puede echar mano para liquidar a los adversarios sin necesidad de matarlos; con encerrarlos hasta que se pudran es suficiente y parece menos sucio.

Entre los más brutales totalitarismos del siglo pasado, cuando las víctimas se contabilizaban por cientos de miles si no en millones, estuvieron, sin lugar a dudas, los de Hitler y Stalin. Era el odio político que no los dejaba dormir, pero, tal vez más que el odio, el miedo. Tenían pavor hasta de su sombra – más el ruso que el germano – y por eso mismo desconfiaban de la gente que estaba cerca de ellos. Aquellos eran espiados permanentemente por la Seguridad del Estado, y en cuanto se tornaban incómodos se los pasaba a la justicia del pueblo o se les pegaba un tiro. Está demás decir que quien iba a manos de los fiscales, acababa su vida pública, porque ya le habían montado un caso y eso no se levantaba ni con los mejores alegatos jurídicos.

Entre todo este perraje del “fiscalato”, estaban, intocables, los sujetos que tenían la entera confianza del poder, que no discernían entre lo bueno o malo, lo justo o injusto, cuando llegaba una orden del jefe supremo. El nazismo tuvo entre sus grandes canallas togados al juez Roland Freisler, después también en oficio de fiscal. Y el Partido Comunista soviético a Andrei Vyshinski, gran actor de las purgas que sucedieron en Moscú en los años 1937 y 1938. Para Vyshinski, la confesión era la principal prueba de culpabilidad, aunque fuera mediante la tortura. No había que probar nada, sino hacer declarar lo que se deseaba oír. Él impuso un interrogatorio agresivo y soez para arrancar confesiones.

Sin embargo, Freisler, presidente del Tribunal Popular en épocas del nazismo, ha sido el magistrado del que peores recuerdos se tiene de la Alemania derrotada. Gozaba de la confianza y simpatía de los líderes que estaban más próximos a Hitler y el propio Führer le tenía aprecio, según dicen los historiadores. Después del fracaso del atentado de von Stauffemberg contra Hitler, en julio de 1944, se desató una feroz persecución contra los enemigos del régimen. Por lo menos un centenar de acusados pasó por manos del togado Freisler, convertido en fiscal. No hubo grosería ni humillación suficientes para quienes resultaron culpables del atentado. A grandes personalidades, militares y civiles, se los hacía declarar sin cinturones, para que estuvieran permanentemente agarrados de sus fundillos o se le cayera el pantalón al suelo. Era la mejor forma de humillar y pasar a la horca a los indeseables. Un edificio se derrumbó sobre Freisler al final de la guerra, producto de los bombardeos, dándole su merecido final.

En Bolivia no hay ni Hitler ni Freisler, pero existen mandamases en la justicia, aquellos que nombran a dedo como togados a mediocres desconocidos y luego montan una farsa eleccionaria para santificarlos. Por tanto, la justicia está totalmente sometida al poder. Corrompida de arriba abajo. Ávida del soborno voluntario del acusado o de la extorsión obligada que es peor. Quien es convocado a declarar, más le vale llevar su cepillo de dientes y una frazada, porque, seguramente, pasará un largo encierro “preventivo” en las celdas de San Pedro o Palmasola.

Vivimos un vía crucis judicial, porque no se tiene respeto a nadie que sea indeseable al régimen. Se designa a un ministro de Justicia que, de tanta mentira e ignorancia, es motivo de burla. Pero sus mentiras hacen daño a la sociedad, confunden. Encarcelan a la ex presidente Añez porque les da la gana, por pura venganza, por canallas. Y hacen lo mismo con quienes la han colaborado. No importa cuán responsables sean, lo importante es vengarse de lo que ellos llaman “golpe” y que apenas fue un merecido empujoncito pacífico porque Morales se quiso pasar de vivo obnubilado por eternizarse en el poder a través del fraude. Esa es la justicia que tenemos y la que se debe cambiar castigando, en su momento, que llegará, a quienes hoy la administran.

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