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¿UN FALSO ROBIN HOOD?

Por: Manfredo Kempff Suárez

El peligroso narcotraficante Sebastián Marset, ahora perseguido sin éxito por la Policía hasta en las alcantarillas, está resultando ser un osado burlador de la justicia, un individuo que se mueve ágilmente de un lugar a otro para eludir su captura, haciéndose “pepa” cuando parece que sus captores están a punto de prenderlo. El pueblo, a quién le gusta las aventuras y emociones y le disgusta el Gobierno, está empezando a seguir a Marset como si fuera un Robin Hood del siglo XXI, y está tomándole simpatía por su habilidad y su atrevimiento frente a la autoridad. Eso es peligroso.

Por si algunos no lo saben, Robin Hood fue un legendario y enamoradizo bandido inglés, que, dicen, vivió en la Edad Media en las proximidades del condado de Nottingham, Inglaterra, y que se dedicaba a asaltar en los caminos a los nobles y a ricos comerciantes, para arrebatarles sus caudales y repartirlos entre la gente pobre. Nunca se ha probado la existencia de Robin Hood, nadie ha podido certificar el paso por este mundo de este generoso malhechor, aunque no han faltado algunos historiadores que se han preocupado por investigarlo, sin llegar a conclusiones esclarecedoras.

El príncipe Juan sin Tierra, que luego sería rey, era su más encarnizado enemigo y el blanco de los asaltos a sus cortesanos y de sus mofas. Cuenta la leyenda que Juan sin Tierra, burlado tantas veces, había puesto precio a su cabeza y que su más ferviente deseo era capturarlo, para hacerlo colgar, como a un perro, en la plaza pública ante los ojos de la multitud, que era el castigo vil y humillante que se daba a los bandidos de poca monta en aquellas épocas.

Ahora resulta que Sebastián Marset, que no obtiene el dinero para repartirlo entre los pobres que se sepa, que es un delincuente a carta cabal, sin atenuantes, está sacando de quicio al ministro de Gobierno, a quién le envía mensajes burlescos y lo encoleriza. Por tanto, éste ha intensificado la búsqueda del narcotraficante, jurando ante el mundo que lo va a capturar tarde o temprano. Pero ya la persecución está demorando demasiado; se apresa a empleados y sirvientes del prófugo, y parece que Marset está cómodo en algún lugar, dentro o fuera de Bolivia. Probablemente dentro del país, porque afuera, él sabe que habría muchas más posibilidades de que lo capturaran, porque actuaría la DEA, que no se anda por las ramas.

Al ministro, como a Juan Sin Tierra, no le ha quedado otra alternativa que poner precio a la cabeza del insolente perseguido, y, según se ha informado, la recompensa no está nada mal: cien mil dólares americanos. Eso, al actual cambio de la calle, mejora todavía. En la hora presente, por cien mil dólares, cualquier boliviano es capaz de entregar hasta a su mejor amigo.

Hay que ser cuidadosos con los bandidos cuando se hacen populares. Es muy grave el momento en que los propios gobiernos, incapaces de detener sus desmanes, los convierten en héroes para una parte de la población. Escobar en Colombia, el “Chapo” Guzmán en México, el propio Roberto Suárez en Bolivia, con vidas preñadas de tragedia, fueron muy populares. Todos ayudaban a los pobres, como Robin Hood, pero ellos para obtener beneficios y gozar de protección oficial. Escobar y el “Chapo” llegaron al extremo de la fama, que, casi como el “Ché” Guevara, se confeccionaba ropa con sus efigies impresas, adquirida principalmente por los jóvenes, ante la incredulidad de las autoridades. Lo del “Ché”, que no era narcotraficante, continúa hasta hoy, transcurridos 55 años de su fusilamiento.

Lo de Sebastián Marset no se puede entender muy bien. El Gobierno había sido avisado que estaba en Bolivia y no actuó a tiempo. Cuando lo quiso prender, una vez ubicada su residencia en Santa Cruz, Marset se hizo gas, pero, como se sabe, con su esposa y sus dos hijos a cuestas. Huir con la familia entera y que luego de 20 días la Policía no lo capture es que o había corrido mucha “platita”, como afirmó el narco en uno de sus sarcásticos audios televisados, o porque tenía perfectamente preparado un “plan B” para cuando llegara el momento.

Dice la leyenda de que Juan sin Tierra no logró capturar al atrevido Robin Hood, pese a toda su rabia y esfuerzos desplegados. Veremos si el ministro de Gobierno puede hacerlo con el delincuente que lo provoca. Sin embargo, quien se aprovecha de esta situación, es, aunque parezca increíble, el personaje más permisivo que hubo con el narcotráfico: Evo Morales. Afirma, que, en base a confidencias de policías en servicio activo, Marset habría pagado 200 mil dólares mensuales a las autoridades por su protección en Bolivia, y nada menos que un millón de verdes porque lo dejaran huir. Sabemos que Morales es el hombre más mentiroso que hay en el país, pero, sea como sea, el reto para el ministro de Gobierno parece cuesta arriba.

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