
1. La reunión en Harvard organizada por el proyecto Bolivia 360, organizado el Growth Lab y Marcelo Claure ha despertado más ronchas que una siesta sobre cactus. Desde el clivaje ideológico criollo llegaron todo tipo de teorías: que fuimos a recibir instrucciones del imperio, que era una kermés de antipatrias, o que sólo los desubicados escriben el futuro de Bolivia con vista al río Charles y no desde un cafecito en El Prado o desde Pocoata.
2. A ver, respiremos hondo: no fue una cumbre revolucionaria ni un casting para el próximo presidente. Fue, simple y llanamente, un seminario académico. Y por si hace falta recordarlo, en el mundo académico —especialmente en las ciencias sociales— no se baja ninguna tabla de la ley, ni se dictan soluciones grabadas en mármol. Se hace algo mucho más escandaloso para algunos: se piensa. Se escucha. Se duda. Se contrastan diagnósticos. Se multiplican preguntas. Se discrepa con elegancia, y a veces hasta con un cafecito de por medio.
3. Muchos creen que en Harvard nos sentamos frente a Hausmann para copiar la receta del pastel del desarrollo perfecto. Lamento pinchar la ilusión: ni plan maestro, ni Excel salvador. Hausmann y su equipo ofrecieron diagnósticos bien ordenados, comparaciones con América Latina y, sobre todo, humildad intelectual para oír otras voces. Porque en estos espacios, lo más importante no es hablar fuerte, sino escuchar mejor.
4. Los políticos que asistieron no fueron a negociar tratados ni a vender El salar, sino a aprender. Por lo menos eso se espera. Y aunque eso suene herético en tiempos de soberbias absolutas, es lo que se espera de cualquier líder sensato. Harvard no fue una asamblea nacional ni una logia secreta. Fue un espacio plural, de reflexión y escucha, donde académicos, empresarios y periodistas compartieron ideas sin la presión de las cámaras ni los memes.
5. Lo más peligroso de este tipo de seminarios no es que se conspiren planes ocultos, sino que se contagien preguntas. Porque el saber —como los buenos virus— se propaga, incomoda y cambia la forma de ver las cosas. Y eso, en un país intoxicado de certezas fanáticas, ya es revolucionario.
6. Así que no, no fuimos a fundar la nueva Bolivia con sellos gringos. Fuimos a hacer lo que hacen los académicos: dudar con estilo. Cada quien volverá con sus propias conclusiones, algunas más lúcidas que otras, pero todas nacidas de ese raro y subversivo ejercicio de pensar juntos.
7. Así que a todos los que creen en teorías de la conspiración. Tenemos las imágenes, pero no las soluciones.
Gonzalo Chávez A.



