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Necesitamos grandeza de espíritu

Por: Marcelo Terceros Banzer

Reproducimos a continuación un artículo escrito por Marcelo Terceros Banzer, pensador católico nacido en Santa Cruz de la Sierra. Fue publicado el 26 de julio de 1979 como editorial en el diario El Mundo. La fuente de la que lo obtuvimos fue el libro póstumo de Terceros titulado Desde mi umbral. Corresponde a las páginas 132-133 del mismo.

Estamos prácticamente al final del último plazo que la ley señala para que se cierre el proceso electoral, mediante la solemne entrega que el Tribunal Nacional de Elecciones debe hacer de sus credenciales a aquellos ciudadanos a quienes el pueblo les ha encomendado su representación y su gobierno. Éstos debieran ser, en situaciones normales, los días dedicados a preparar las ceremonias, a ultimar los detalles para iniciar una nueva etapa de la vida nacional, signada por la paz, el orden y la Constitución.

Sin embargo, la situación es totalmente diferente y a medida que pasan los días con que se agotarán los plazos, la temperatura política sube otra vez a los niveles de la inquietud y la zozobra, como si no se hubiesen concluido las campañas proselitistas, como si no hubiese habido comicios, como si no existiese norma legal a la cual ceñirse. Lo que debió ser una transición pacífica y un inicio auspicioso, se está volviendo una etapa crucial, un ir y venir sugerente de políticos y de militares, unos desafíos y unas posturas que tienen más de demagogia que de patriotismo y un temor ya inocultable en la ciudadanía.

Nada es que se juegue con los términos de la Ley constitucional o con las cifras de las elecciones. No espanta ya a nadie la guerra de comunicados y los artilugios semánticos que se enarbolan ante el pueblo, como si éste no comprendiese la realidad. Lo grave es la absoluta falta de desprendimiento, la angustia por el poder que devora a los candidatos, la ausencia de grandeza civil que el pueblo pudiera esperar de sus políticos.

Todos hablan de un gran acuerdo nacional. Lo habían propuesto, meses atrás, los empresarios privados; lo señalaban como ideal algunos de los partidos que se alistaban a la lid electoral; lo aconsejaba el gobierno con tono magistral; y hasta lo quiere imponer, a su medida, uno de los autores de la falta de acuerdo. Pero nadie encuentra la fórmula sencilla y directa que lo haga posible. Porque un acuerdo implica unión, armonía, consonancia; y los bolivianos (cuando menos los que dicen representar a los bolivianos) están desunidos, discordes, enfrentados; y también porque un acuerdo se debe entender siempre como una resolución tomada en común por varias personas o entidades y no, como pretende alguien, la imposición de una actitud con la que los demás se avengan.

Ojalá que nuestra visión realista, pero no pesimista, de la actualidad política pueda ser mejorada en los días próximos, y la convergencia en el supremo interés nacional prime sobre los pequeños aunque numerosos enanos que se quitonean el poder. Lo contrario nos privaría del derecho de exigir que otros respeten aquello que los primeros violan. No es bravata vocinglera propia del demagogo la que ha de conducir el proceso a su meta por todos deseada. Es el espíritu de servicio al pueblo, el sacrificio de la sinecura apetecida pero no merecida, la renuncia a parcelas de poder que puede ser compartido; es la grandeza de espíritu lo que la Patria reclama ahora. Que sean sus hijos, capaces de ofrecerlos.

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