
Hoy hice algo que nunca había hecho: cruzar caminando el paso a desnivel (túnel) que pasa bajo el aeropuerto El Trompillo, sobre el cuarto anillo. Y la primera lección llegó rápido: a pie, la obra se revela en su verdadera dimensión.
Cuando uno lo cruza en movilidad, el túnel pasa en segundos. La velocidad del vehículo lo acorta, lo aplana, casi lo vuelve invisible. Pero caminando dentro de él, el tiempo se estira. Cada tramo de baranda, cada muro con grafitis, cada corriente de vehículos y motociclistas pasando abajo o al lado, te recuerda que esto es una estructura larga, pensada para absorber un volumen de tráfico que de otro modo colapsaría esa zona de la ciudad.
El paso a desnivel de El Trompillo tiene 214 metros de longitud por vía, 5 metros de altura y 100 metros adicionales de acceso sin cobertura a cada lado. Según cifras de la Oficialía Mayor de Obras Públicas de la Alcaldía cruceña al momento de su construcción, la obra fue proyectada para absorber un promedio de 60.000 vehículos diarios, cifra que en etapas previas del proyecto se había estimado en poco más de 20.000 motorizados por día. No debe confundirse con el viaducto gemelo de 800 metros inaugurado en 2025 sobre el cuarto anillo y la Virgen de Cotoca, una obra distinta y más reciente, pensada para aliviar hasta 100.000 vehículos diarios en otro punto de la ciudad.
Vista desde el vehículo, la obra cumple su función de forma casi silenciosa. Vista desde los propios pies, exige respeto: es más extensa, más expuesta, y deja ver de cerca el pulso real de la ciudad que la usa todos los días.





