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LAS QUE SOSTIENEN Y LAS QUE ABANDONAN: EL ROSTRO HUMANO DEL HOSPITAL OBRERO N°3

Por: Óscar Guillermo Yanne Banegas

Quinta entrega — Hospital Obrero N°3, CNS, Santa Cruz

Hay algo que nadie te cuenta cuando llevas más de cuarenta días en un hospital: que terminas conociendo a las enfermeras mejor que a algunos vecinos de toda la vida.
Sus horarios. Sus gestos. El tono con que saludan cuando entran al turno. La velocidad con que responden cuando el timbre suena a las tres de la mañana. Todo eso se graba sin que uno lo decida.
Las que sostienen
Existe en este hospital un grupo de mujeres —y un hombre, el único varón enfermero del piso, valiente y diligente en un universo mayoritariamente femenino— que hacen que lo insoportable sea llevadero.
La licenciada Nélida. Las auxiliares Jaqueline y Jocelyn. Y varias más cuyos nombres aprendí turno a turno, mañana a mañana.
Las veo llegar entre las siete y las ocho, entregar el reporte nocturno con precisión quirúrgica a quien toma el relevo. Las veo de nuevo entre la una y las dos de la tarde. Y otra vez entre las siete y las ocho de la noche, cuando comienza la guardia larga, la que dura hasta el amanecer.
Detrás de ese uniforme hay madres. Padres. Personas con una vida propia que dejan en la puerta cada vez que entran a este pasillo. Lo que traen adentro es otra cosa: dedicación que no se finge, empatía que no se aprende en ningún manual, y una forma de ver a los pacientes que va más allá del expediente.
Mi abuelo Juan lleva más de cuarenta días aquí. Ya no es solo un número de cama para ellas. Los días que sale hacia el Hospital del Niño para su diálisis en Nefrología, algunas preguntan por él cuando vuelve. Eso no está en ningún protocolo. Eso es humanidad pura.
Me quedo con lo mejor de cada una. Y lo mejor, en muchos casos, es mucho.
Las que abandonan
Pero la verdad completa obliga a decir también lo otro.
Existen en este mismo pasillo personas que parecen haber elegido esta profesión en contra de su propio carácter. Que responden con desdén a preguntas básicas. Que tratan al familiar que cuida como un estorbo. Que convierten cada interacción en un pequeño ejercicio de poder sobre quien ya está vulnerable.
No las voy a nombrar. No porque no tenga motivos, sino porque este texto no es un ajuste de cuentas: es un testimonio. Y el testimonio más honesto que puedo dar es este: cuando un familiar lleva semanas sin dormir bien, comiendo lo que puede, enfermo él mismo de la tos y el frío del hospital, y se encuentra con una ventanilla de farmacia de emergencia atendida con malhumor, o con una enfermera que responde a la defensiva ante la pregunta más elemental sobre los signos vitales de su paciente, algo se rompe por dentro que es difícil de reparar.
No pido favores. Pido lo básico. Y lo básico, en algunos turnos, escasea más que los medicamentos.
Lo que este tiempo enseña
Cuarenta y tantos días en un hospital te dejan una certeza que ningún estudio de satisfacción del usuario puede capturar: la diferencia entre un sistema de salud que funciona y uno que no, muchas veces no está en la infraestructura ni en el presupuesto.
Está en si la persona que está al otro lado del pasillo decidió ese día —ese turno, esa hora— estar presente de verdad o simplemente estar.
A quienes estan de verdad: gracias. Se los digo con el nombre puesto porque se lo merecen y porque en esta crónica la verdad va en las dos direcciones.
A quienes no: también las recordaré. Y eso, en sí mismo, ya es una forma de rendir cuentas.
Esta crónica continúa.
Conflicto de interés declarado expresamente: soy nieto del paciente y observador periodístico de manera simultánea.
Óscar Guillermo Yanne Banegas — Yannenews
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