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La cuestión religiosa en el credo y programa del partido carlista

Por: Manuel Polo y Peyrolón

Transcribimos a continuación el 1.º capítulo del libro Credo y programa del partido carlista, escrito por don Manuel Polo y Peyrolón. Nueva edición refundida, reformada y ampliada, publicada en Valencia en 1905 por Tipografía Moderna. Pp 5-21.

I

CUESTIÓN RELIGIOSA

Queremos en el orden religioso:

Unidad católica con todas sus consecuencias jurídicas y sociales; intolerancia doctrinal de tal índole, que el único culto oficial y público sea el católico, pero con la tolerancia personal que consiste en observar respecto del culto doméstico la prudencia justa que inspiren las circunstancias interiores ó las razonables exigencias internacionales, persiguiendo el espíritu de proselitismo, y siempre y cuando dicho culto no sea atentatorio á los principios generales de moral y de justicia, como los mismos Papas hicieron en Roma con los judíos.

Para su mayor dignidad y esplendor, queremos la independencia económica de la Iglesia católica (no su separación del Estado), sin ingerencia tuitiva de éste, y con supresión de las regalías de la Corona que no sean las concedidas graciosa y espontáneamente por la Santa Sede en provecho de ambas sociedades, por ejemplo, la presentación para beneficios y cargos eclesiásticos.

Queremos estrechar más y más los lazos entre los Romanos Pontífices y la Monarquía tradicional, y la supresión del presupuesto de culto y clero; pero reconociendo en la Iglesia personalidad jurídica para adquirir, retener, administrar y enajenar, y devolviéndole sus bienes en láminas, resultado de la capitalización de sus actuales sueldos concordados, con el necesario decoroso aumento que la dignidad sacerdotal, el mayor coste de la vida y la mezquina compensación ofrecida por el Estado liberal depredador exigen en justicia, bien que teniendo en cuenta la pobreza de la nación y los ahogos del Tesoro despilfarrado por el liberalismo.

Queremos cumplir y hacer cumplir cuanto se acuerde con la Santa Sede, y que la nación influya todo cuanto le sea posible para el restablecimiento del poder temporal de los Romanos Pontífices, procurando en esto, como en todo lo que á la Religión respecta, acomodarse á la mente y miras del Papa.

España, la pobre y sin ventura España, para ocupar el puesto que por sus condiciones naturales é históricas le corresponde entre las demás naciones europeas, necesita cuatro regeneraciones más aún que el pan con que se alimenta, pues no sólo de pan viven las sociedades, lo mismo que los individuos, á saber: regeneración religiosa, regeneración política, regeneración social y regeneración monárquica; y el partido carlista es el único que tiene virtualidad suficiente para el logro de las cuatro regeneraciones dichas, como veremos estudiando el asunto desde este triple punto de vista.

España continúa ostentando en su ejecutoria nobilísima el glorioso título de nación católica por antonomasia; pero, ¿merece realmente este dictado? Triste cosa es confesarlo, pero todavía es más triste la realidad que nos abruma. Un siglo de revolución, mansa ó fiera, pero antirreligiosa siempre, ha impreso su huella feroz en la faz española, hasta el punto de haber quedado desfigurada y desconocida la hija predilecta de la Iglesia. El pueblo español, en su inmensa mayoría, y en los campos sobre todo, continúa católico por la misericordia divina; pero los espectáculos de impiedad é irreligión menudean en las capitales que se dicen cultas; la caricatura se ceba en las personas y cosas sagradas, de las cuales se hace continuo escarnio en libros, folletos y papeles inmundos; la campaña contra los institutos religiosos se exacerba de vez en cuando, como si la fiera revolucionaria se regodease de antemano con sacrilega carnicería, y con triste frecuencia y asombro presencia nuestra nación exhibiciones masónicas, librepensadoras, entierros civiles, congresos en que se blasfema y ataques ilegales é inciviles contra la religión oficial y los actos de piedad. L a Constitución consigna la tolerancia de cultos, y afirma que,la religión católica, apostólica, romana es la del Estado; pero para las sectas de toda clase, más que tolerancia, hay libertad omnímoda, al paso que de la declaración oficial de catolicismo no se hacen las aplicaciones jurídicas, sociales y académicas que la lógica impone: jurídicas, porque los delitos contra la religión son letra muerta, no se persiguen y, sobre todo, no se castigan; sociales, porque con la profanación sistemática del domingo y días de precepto, la blasfemia que reina y escandaliza en la prensa y en la vía pública, y el ningún respeto á los actos públicos del culto católico, la sociedad española aparece más pagana aún que las mismas naciones protestantes; y académicas, porque la libertad del error y de la herejía imperan en la enseñanza, sobre la cual tampoco ejerce el Episcopado la inspección dogmática y de costumbres concordada.

¡Qué más! Frecuentemente presenciamos el escándalo oficial de que los ministros de la Corona, los senadores y diputados, los capitanes generales, los gobernadores y otras autoridades pisoteen públicamente las condenaciones pontificias y aun el mismo Código penal, batiéndose en desafío por cualquier quisquilla de amor propio y sin desprenderse antes de su cargo y autoridad para descender al mal llamado campo del honor. Tal es el presente estado religioso de la católica nación española, contra el cual el partido carlista ha de verse precisado á esgrimir sus armas, tarde ó temprano.

Porque el partido carlista es, ante todo y sobre todo, católico, apostólico, romano; más diré, como colectividad política, el único partido verdaderamente católico que hay en España, y el único que ha surgido, no sólo de la fuente de la legitimidad dinástica, sino también y simultáneamente del arraigado sentimiento católico de los españoles que, en supremos momentos, se vio herido y postergado en sus derechos legítimos. ¿Quién se atreverá á negar el catolicismo del partido carlista, en defensa de cuya sacrosanta idea ha derramado y está dispuesto á derramar generosamente su sangre? El catolicismo es el primero, el más esencial é importante de los principios tradicionalistas; es el alma ó forma substancial, es la vida misma, es la savia vivificadora del partido carlista, y esto está en la conciencia de todos cuantos algo entienden de la historia de los partidos españoles.

Pero nunca hemos vinculado exclusivamente en nosotros y para nosotros el honor y bien de la catolicidad, como los que con rara modestia claman y dicen:

Nosotros somos los buenos;

nosotros, ni más ni menos.

Nunca hemos sostenido que, para ser católico, sea indispensable ser carlista; ni nos hemos arrogado orgullosamente nunca el derecho de expedir patentes de catolicismo, porque no tenemos autoridad alguna para definir estas delicadísimas materias; pero sí aseguramos que no se puede ser carlista sin ser católico, porque el catolicismo, como antes he dicho, es la esencia del tradicionalismo español, y un carlista español no católico, ni sería verdadero español, ni verdadero carlista.

Pero hay más: el único partido político de los que hoy militan en España, como agrupaciones ó colectividades que aspiran al gobierno del país, el único partido político total y genuinamente católico es el carlista. Y la razón es obvia: todos los partidos, desde el conservador liberal hasta los republicanos de todo matiz, todos, absolutamente todos, tienen inscritos en sus banderas alguno ó algunos principios taxativamente condenados por la Iglesia. Quién la tolerancia ó libertad religiosa, quién la separación entre la Iglesia y el Estado; el uno la libertad de conciencia, el otro la libertad de pensamiento; éste el matrimonio civil, aquél la soberanía popular, etc., etc. Y dicho se está que, como la fe es una, un solo principio contrario á la fe que profese determinado partido político, le roba el inapreciable galardón de católico. Estas declaraciones no se oponen, poco ni mucho, á las consignadas en los admirables documentos pontificios y episcopales: no definimos doctrinas ya definidas y conde nadas, ni calificamos á persona alguna, sino que, lisa y llanamente, nos referimos á colectividades doctrinales. Recordamos perfectamente y acatamos con alma y vida que «todas las opiniones políticas pueden seguirse, siempre que no sean contrarias á la honestidad y á la justicia», según declaró León XIII, y por eso confesamos, no solamente que se puede ser católico sin ser carlista, sino también que puede haber católicos, y los hay tal vez, menos pecadores y más fervorosos que nosotros, unos que no pertenecen á partido alguno político y otros que, salvando determinados principios claramente anticatólicos de su partido, están afiliados á ciertas banderías políticas.

A estos tales que rehuyen las exageraciones, y que además en su vida privada son hombres de algunas prácticas católicas, puesto que toman la Bula, van á Misa los domingos y fiestas de guardar, y hasta figuran en ciertas cofradías no muy significadas, conviene recordarles las palabras que siguen de la circular dirigida al clero parroquial de su diócesis, en 4 de Diciembre de 1890, por el Sr. Casañas, Obispo entonces de la Seo de Urgel, hoy Cardenal Obispo de Barcelona:

«Sobre esto debo hacer observar á usted que la Iglesia, al condenar el liberalismo, ha condenado todos y cada uno de los errores que profesa la escuela así llamada, y no ha distinguido entre el liberalismo templado y el liberalismo avanzado; de modo que de dicha condenación nadie puede deducir lógicamente que existe un liberalismo verdad y otro error, un liberalismo que sea compatible con las enseñanzas de la Iglesia y otro no. De donde se infiere que para ser liberal no es necesario profesar y defender los errores todos del liberalismo en su más subido grado, sino que basta admitir, profesar y defender uno cualquiera de ellos; de modo que quien no siente con la Iglesia está contra la Iglesia, pues sabida cosa es que Jesucristo ha dicho: «Quz non est mecum, contra Me est.»

Esta es precisamente la ventaja que los carlistas llevamos á los liberales todos, incluso los más piadosos y menos avanzados. El partido carlista ha sido, es y será siempre en España una protesta viva, completa, entusiasta, armada á veces, contra toda especie de liberalismo; el partido carlista es total y genuinamente católico, sin mezcla ni tolerancia de liberalismo ni de herejía alguna; el partido carlista tiene además la dicha de que su Jefe supremo y augusto es tal vez el único Príncipe del mundo que se ha sometido absoluta é incondicionalmente á la Santa Sede, profesando y queriendo cuanto la Iglesia profesa y quiere, y los carlistas, por último, para ingresar y permanecer en nuestro partido, no necesitamos hacer protestas ni salvedades de ningún género, porque todos y cada uno de los principios de nuestra comunión, no solamente caben dentro del credo católico, sino que se informan y viven de su espíritu.

Por eso entienden hombres eminentes y expertos que, sin juzgar intenciones que pueden ser muy santas, cometen pecado enorme de lesa nación cuantos con sus llamamientos, unos, á las honradas masas, y so color de unirse ó ligarse con los católicos de toda procedencia política en el terreno puramente religioso, inventan nuevos partidos mal llamados católicos, y con sus exageraciones integristas y puritanismos trasnochados, otros, divorcian las fuerzas católicas del partido tradicionalista, único baluarte antirrevolucionario que, como organismo político, tiene fuerza indubitable y propia para contener la impiedad desbordada, y abandonan la idea religiosa en medio del arroyo, dejándola á merced de las turbas anarquistas y anticristianas. Hecho tristísimo que, aunque realizado con el fin de separar completamente los altísimos intereses religiosos de las impurezas políticas, no podemos menos de lamentar hoy, y en su día pagaremos todos.

Con la mano sobre el corazón lo digo: cuantos en esta materia proceden de buena fe se equivocan desgraciadamente, quizá por no haber meditado él asunto. Salvando los prodigiosos efectos de la gracia divina, en el puro terreno natural, para que la idea religiosa sea eficaz y fructífera, preciso es encarnarla en algún organismo político que vigorosamente la aplique y la imponga, con cuyo procedimiento se adelanta más en un día que por medio de la pura propaganda religiosa en un año. «Dadme—se me contesta—un pueblo católico, y católico tendrá que ser su gobierno, aunque no quiera.» Con la historia en la mano sería fácil probar que á veces una minoría, tan audaz como irreligiosa y sectaria, se impone á todo un pueblo religioso, y tarde ó temprano lo pervierte, de manera que pueblos verdaderamente católicos han sido y son gobernados por ateos. Más aún: muchos tratadistas de derecho político á la moderna sostienen que los gobiernos, como tales, no deben profesar religión alguna positiva. De manera que sería más exacto afirmar: «dadme un gobierno verdaderamente católico y, tarde ó temprano, lo serán también los gobernados, porque Regís ad exemplum totus componitur oríis.» Grande es la eficacia del ejemplo que baja de arriba, y grande también la virtud de la fuerza pública para predisponer el terreno, sembrar buenas semillas y hacer que la planta religiosa florezca y fructifique. Todos sabemos que doce rudos pescadores conquistaron en poco tiempo el mundo para Cristo sin poder ni ciencia, y que la religión ha de imperar^ no sobre los cuerpos, sino sobre las almas; pero adviértase que no tratamos aquí de misionar en España para que abrace la fe católica, que gracias á Dios hace siglos forma parte de su constitución interna, sino de mantenerla en su fe tradicional, de ampararla en sus creencias y de impedir la desatentada revolución antirreligiosa, antisocial y antimonárquica, que pretende derrocar á la vez el altar y el trono. Cuando la tormenta arrecie, la revolución se desborde y lo inunde y arrase todo, esos imprudentes estadistas que, con entusiasmo digno de mejor causa, podan el en otro tiempo frondoso árbol carlista hasta el punto de convertir en leña muerta ramas muy vivas y potentes, volverán arrepentidos los ojos hacia el augusto Desterrado de Venecia y hacia nuestra comunión para interpelarnos, diciendo: «Pero, ¿qué hace ¿se hombre que no viene? ¿Qué hacen ustedes que no aplastan á viva fuerza á la canalla?» Y si el deber y la caridad no nos lo vedasen, en vez de acceder á sus ruegos, iríamos muy frescos á tomar un baño en las aguas desbordadas ó á calentarnos en las llamas del incendio.

Pero no, el partido carlista es el único que tiene fe y virtualidad suficientes para el logro de la regeneración católica de España, á cuyo efecto inscritas lleva en su bandera dos nobilísimas aspiraciones: la unidad católica, y el restablecimiento del poder temporal de los Papas con sus naturales y lógicas consecuencias.

La unidad católica es el más antiguo, importante y fructuoso de los principios que componen la constitución interna y tradicional de la nación española; y el primer acto de justa y necesaria reparación que en el poder llevaría á cabo el partido carlista, sería consignarla en la ley fundamental ó constitución externa é infiltrarla en la legislación toda y en las costumbres.

Para la inteligencia de este punto conviene recordar que la Iglesia y el Estado son sociedades perfectas las dos, con sus asociados, su autoridad, sus medios y sus fines propios, aunque más extensa la primera por ser universal ó católica que el segundo, que por grande y poderoso que sea no puede abarcar el mundo entero. De aquí que los Estados estén comprendidos en la Iglesia, y ésta, á su vez, se encuentre en relaciones distintas con aquéllos y situaciones diferentes, reducidas á cuatro por los canonistas: 1 . a , unidad religiosa, que consiste en que la religión católica esté tan protegida por el Estado, que sea, no solamente la oficial, sino también la única; 2 . a , tolerancia religiosa, que consiste en que la religión católica sea la oficial del Estado, pero tolerándose los demás cultos y religiones; 3.a , libertad religiosa, que consiste en permitir todos los cultos, no declarando oficial ni subvencionando ninguno de ellos ó subvencionándolos todos, y 4.a , persecución religiosa, que consiste en que la religión católica, por ser otra la del Estado ó por imperar en el gobierno la impiedad ó ateísmo, no esté ni aun tolerada, sino perseguida.

Ejemplos: tuvimos en España unidad católica ó religiosa hasta la revolución de 1868: ahora tenemos tolerancia; hay libertad religiosa en Francia y los Estados Unidos, y persecución para la Iglesia católica en China.

Aunque la Iglesia, sobre todo en virtud de fuerza mayor, transige á veces con el mal menor y se acomoda á estas situaciones en lo posible, como es natural y lógico aspira siempre á la unidad católica ó protección religiosa en toda su integridad y consecuencias, condenando el principio político de la separación entre la Iglesia y el Estado.

Dicha unidad, sin embargo, no quiere decir identificación de sociedades y confusión de atribuciones: antes al contrario, la distinción é independencia existentes entre la Iglesia y el Estado fué reconocida por Jesucristo mismo cuando dijo: «Dad á Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César»[1]. Aunque con fines diferentes, en ambas sociedades son los hombres los asociados, y las dos hacen su camino en el tiempo y en el espacio, por cuyas razones no podían menos de encontrarse con frecuencia, siendo este el origen de sus relaciones recíprocas, que conviene determinar con claridad y sencillez. Al efecto, desde antiguo se viene comparando estas dos sociedades, respectivamente, con el sol y la luna[2], con las dos espadas del Evangelio[3] y con el alma y el cuerpo. Este último fué el símil adoptado por Santo Tomás de Aquino en el famoso texto siguiente: «La potestad secular está subordinada á la espiritual como el cuerpo al alma, y por ende no debe tenerse por usurpación el que el Prelado espiritual se mezcle en las cosas temporales, por lo que hace á aquellas en que la potestad temporal está sometida á la espiritual, ó que por aquélla han sido dejadas á ésta»[4]. ¿Se infiere del anterior texto que el Estado debe estar sometido en todo á la Iglesia? Conteste por nosotros el Cardenal Cayetano, que dice: «Con las palabras en cuanto d aquellas cosas en las que la potestad secular está sometida d la espiritual, significó el autor que la potestad secular no está del todo supeditada á la potestad espiritual, por donde en las cosas civiles es más de obedecer el gobernador de la ciudad y en las militares el capitán general que no el Obispo, el cual no debe ingerirse en semejantes cosas, sino en orden á lo espiritual, como tampoco en las demás cosas temporales. Mas si acaeciera que alguna cosa de aquellas redundara en detrimento de la salud espiritual, el Prelado, ingiriéndose en ella con alguna prohibición ó mandato en orden á lo espiritual, no puede decirse que meta la hoz en mies ajena, sino que hace uso de su propia autoridad, porque bajo este aspecto todas las potestades seculares están sometidas á la potestad espiritual»[5]. El P. Liberatore, en su obra La Iglesia y el Estado, desenvuelve admirablemente esta materia, dividiendo los actos de la vida social en negocios puramente espirituales, como el culto, la administración de los sacramentos, etc.; negocios mixtos, como el matrimonio, los funerales, etc., y negocios puramente temporales, como la organización del ejército, la manera de cobrar los impuestos, etc.; y añadiendo después: los primeros están sometidos exclusivamente á la autoridad eclesiástica; los segundos, según el aspecto bajo que se les considere, están sometidos á ambas potestades, pero de manera que la eclesiástica tenga la primacía é intervenga directamente para enmendar ó anular cualquier cosa que por acaso las leyes civiles establecieron respecto á ellos en contradicción con las leyes divinas ó canónicas, y los terceros, aunque directamente están sometidos á la autoridad civil, indirectamente, sin embargo, ó ratione peccati, como suele decirse, pueden caer bajo la jurisdicción eclesiástica. Aquí tenéis por qué y para qué quiere el partido carlista la restauración de la unidad católica con todas sus consecuencias legales y morales; de esa unidad católica que fue regada en su cuna con la sangre de San Hermenegildo; que su hermano Recaredo proclamó en el tercer Concilio toledano; que infiltrándose en la legislación barrió del patrio suelo los restos del paganismo romano, conquistando para la Cruz y para la civilización al pueblo godo semibárbaro; de esa Unidad católica que, después de la derrota del Guadalete ó, mejor dicho, del lago de la Janda, hizo posible la reconquista é inspiró la epopeya de ocho siglos casi, que comienza con D. Pelayo en Covadonga y termina con los Reyes Católicos el día 2 de Enero de 1492 en Granada; de esa unidad católica que palpita en el fondo de los primeros municipios cristianos, cuyo elemento primordial es la parroquia, las cuales, reunidas, componen el concejo; de esa unidad católica encarnada en los más antiguos monumentos de piedra, iglesias- y monasterios, debidos á la piedad de los primeros monarcas restauradores, y que respiran los más remotos documentos de nuestra legislación foral, todos ellos escrituras de fundación ó donación á iglesias; de esa unidad católica que dictó á D. Alfonso el Batallador, al otorgar fuero á Calatayud en 1 1 3 1 , las siguientes palabras: «Yo Alfonso, rey por la gracia de Dios, os doy esta carta de donación y confirmación á todos los pobladores de Calatayud… para que os asentéis en ella, y os consagréis en honor de Nuestro Señor Jesucristo y de la Santa Madre de Dios, María, y de todos los Santos, por honra y salud dé todos los cristianos y confusión y maldición de los paganos, que Dios Nuestro Señor confunda. Amén»; de esa unidad católica que á D. Pedro Ruiz de Azagra le hacía titularse señor de Albarracín y vasallo de Santa María; de esa unidad católica que, apenas comienzan á celebrarse Cortes en España, hace que en todas ellas figure el brazo eclesiástico como el primero, más influyente y numeroso; de esa unidad católica que con Colón, Cortés y Pizarro paseó la Cruz por el Nuevo Mundo, conquistando millones de almas para Jesucristo; de esa unidad católica que preservó á España de toda pravedad herética y de las guerras religiosas en tiempos del gran Felipe II; de esa unidad católica que ha estampado al frente de nuestros códigos, antiguos y modernos, tales como el Fuero Real, las Partidas, el Ordenamiento de Alcalá, la Nueva y la Novísima Recopilación, el título que rotulan «de la fe católica y de la Santa Iglesia», donde se encuentran á veces verdaderos tratados de Teología y Derecho canónico; de esa unidad católica que obligó á los mismos constituyentes de Cádiz á decir en el artículo 1 2 que «la Religión de la nación española es y SERÁ PERPETUAMENTE la católica, apostólica, romana, ÚNICA VERDADERA», y que «la nación la protege por leyes sabias y justas, y prohibe el ejercicio de cualquiera otra»; de esa unidad católica que viene consignando y castigando en nuestros códigos penales los delitos contra la Religión, el culto y sus ministros; de esa unidad católica, en fin, que como elocuentemente dice la Carta-Manifiesto de D. Carlos á su Hermano es «el símbolo de nuestras glorias, el espíritu de nuestras leyes y el bendito lazo de unión de todos los españoles, que la aman y la piden como una parte integrante de sus más caras aspiraciones».

Se cuenta del gran estadista inglés lord Palmerston que, en ocasión solemne, dijo se dejaría cortar con gusto la mano derecha para dotar á Inglaterra de la unidad religiosa que teníamos los españoles; y en cambio nuestros grandes estadistas revolucionarios del 68 rasgaron esta túnica inconsútil de la nación española y dieron pie para que los conservadores liberales, esos grandes íariseos modernos, consignasen la tolerancia religiosa en la Constitución hoy vigente del 76. Por fortuna, el partido carlista español mantiene enhiesta la bandera de la unidad católica, que no arriará nunca hasta que la implante sobre los palacios Real y de las Cortes.

Si, pues, de derecho y en el orden oficial y público, con el gobierno carlista España sería una nación, no clerical en el sentido que dan muchos á esta palabra, sino eminentemente católica, como quizá no registrase otra la Historia en el mundo, de hecho y en el orden privado en España habría mayor y más genuina libertad de conciencia que con los gobiernos liberales, porque éstos persiguen á los católicos y conculcan sus derechos más sagrados, como el que la Iglesia tiene de adquirir, poseer y retener, como el que asiste á las congregaciones religiosas de asociarse para fines lícitos, santos y benéficos, como el que los padres tienen á que sus hijos sean cristianamente educados é instruidos, etc., mientras aquéllos, velando oficialmente por la pureza de la fe y de las costumbres y no permitiendo otras manifestaciones religiosas (ó mejor dicho irreligiosas) que las del culto católico, nunca, nunca fiscalizarían ni molestarían á nadie en sus creencias y costumbres privadas.

  1. Carlos es, y quiere que todo el mundo así lo sepa y entienda, ante todo y sobre todo, rey católico, apostólico, romano, cosa que clarísimamente declaran el hermoso elogio de la unidad católica citado y las siguientes textuales palabras de su Carta-Manifiesto: «España no quiere que se ultraje ni ofenda la F e de sus mayores, y poseyendo en el Catolicismo la verdad, comprende que si ha de llenar cumplidamente su encargo divino, la Iglesia ha de ser l i b r o

Y al final añade: «Tú, Hermano mío, que tienes la dicha envidiable de servir bajo las banderas del inmortal Pontífice, pide á nuestro rey espiritual, para España y para mí, su bendición apostólica.»

Desde entonces acá ni una sola vez ha desmentido don Carlos su acendrado catolicismo ni en sus escritos, ni en su conducta, tanto privados como públicos. L a misma revolución sectaria, que tan vilmente ha calumniado al Constantino español, jamás ha puesto en tela de juicio su ortodoxia, y si para sus fines aviesos acusáronle de liberalismo en el conciliábulo de Burgos y posteriormente en sus periódicos D. Ramón Nocedal y secuaces, en el pecado llevaron la penitencia, pues con el transcurso de los años se han visto precisados á reconocer, y públicamente lo han declarado y lo declaran mil veces, que entre el credo carlista y el mal llamado integrista no existe diíerencia alguna esencial, y á lamentarse, con tanta amargura como despecho, de que los hayan dejado en las astas del toro los mismos que los empujaron, dieron calor y vida, y los mantuvieron en el campo de la traición y la rebeldía.

Desde que D. Carlos tuvo la dicha de ser confirmado en Boloña por el debelador del liberalismo Pío IX, mantuvo siempre, aun durante la guerra, correspondencia filial con este inolvidable Pontífice, quien terminada la lucha, y cuando más protestas de Catolicismo hacía el gobierno de la restauración, alentaba al ilustre marqués de Valdespina para que continuase donde estaba.

  1. Carlos fué el primero en adherirse y acatar públicamente las decisiones del Concilio Ecuménico del Vaticano, como posteriormente fué el único príncipe católico que tuvo el valor, no solamente de hacer suyas las conclusiones del Congreso antimasónico de Trento, sino de asistir con su Augusta Esposa y la infanta doña Alicia á la solemne sesión de clausura, en la que se le tributaron honores regios, y al salir de la cual recibió el premio de su ferviente fe antimasónica, oyéndose aclamar por españoles no carlistas como el único rey antimasónico del mundo.

Durante la guerra última, D. Carlos privó de la dirección del partido y de la jefatura del ejército carlista al prestigioso Cabrera, precisamente por sus tendencias liberales y protestantes; consagró su ejército en campaña al Sagrado Corazón de Jesús; en Azpeitia ingresó en la V. O. T. de San Francisco; complacíase en las prácticas piadosas que públicamente celebraban sus batallones y juró los fueros ante la Hostia consagrada.

  1. Carlos tomó parte muy cordial en el Jubileo de León XIII, regalándole una cruz de brillantes que el Príncipe D. Jaime llevó en persona al Vaticano, y tuvo el honor insigne de que el Papa predilecto de los liberales le escribiese, diciéndole: «Nadie, Hijo mío, podrá arrebatarte la gloria de haber hecho tanto por la Religión de tus mayores.»

En documentos hermosísimos, D. Carlos se ha adherido muchas veces á las manifestaciones religiosas de la Francia cristianísima y legitimista, y recientemente protestó indignado contra la medida masónica de arrancar los crucifijos de las escuelas, tribunales y edificios públicos; con su solemne y pública primera visita al santo Pío X, protestó también del intencionado agravio inferido al Papa por el presidente Loubet con su visita al Quirinal, y su antiguo Prelado, el Obispo de los Obispos, no se esconde para elogiarle, como hizo no ha mucho ante cierto distinguido joven vizcaíno, nieto del ilustre Pinera, al decirle, aludiendo á D. Carlos: «Es muy bueno, muy bueno; quiérele mucho.»

Por eso los dinásticos católico-liberales, aunque lo han intentado durante los tres pontificados últimos, no han podido lograr, ni lograrán nunca, que sean condenadas por la Santa Sede las doctrinas ni la conducta de los carlistas españoles. ¡Qué digo condenar! El bondadosísimo Pontífice reinante, más explícito si cabe que sus insignes Predecesores, paternal y públicamente bendice los mitins y asambleas carlistas (como hizo con la regional de Valencia), dedica autográficamente su retrato á un Círculo carlista, y considera y trata como hijos predilectos de la Iglesia á nuestros Augustos representantes los Señores Duques de Madrid.

Sin volver sobre aquel inmenso latrocinio, llamado desamortización eclesiástica, porque, como dijo nuestro Caudillo Augusto[6], sobre esas cosas funestas que pasaron «hay Concordatos que se deben profundamente acatar y religiosamente cumplir», el partido carlista y su Rey son tan amantes de la Iglesia católica, que no quieren verla convertida en sierva y esclava, cuando Jesucristo Nuestro Señor la fundó para ser madre y señora de las almas; ni quieren que sea una oficina del Estado, porque, como admirablemente decía el cardenal Monescillo, la Iglesia no puede ser ministerial de ningún gobierno ni partido; ni transigen con que los ministros del Altísimo sean considerados y tratados como funcionarios públicos, dependientes del que los nombra ó presenta y paga; ni pueden consentir, por último, que mendiguen ese mendrugo de pan que se les debe de justicia. Por eso, de la manera más decorosa y factible, el partido carlista enaltecería la dignidad de la Iglesia y procuraría su independencia económica, rompiendo esas denigrantes cadenas llamadas regalías y presupuestos de culto y clero, de acuerdo siempre con la Santa Sede, y en concordia perfecta con el sentir y querer de la Monarquía, verdaderamente española y cristiana.

Aquí tenéis, aunque á grandes rasgos, la cuestión religiosa resuelta por el partido tradicionalista en el interior. En el orden religioso, y por lo que á las cuestiones exteriores respecta, tiene también el partido tradicionalista español importantes declaraciones que hacer, en armonía _ perfecta con el espíritu que informa su credo. Somos partidarios entusiastas del poder temporal de los Romanos Pontífices, y dispuestos estamos siempre á restaurarle, utilizando al efecto cuantos medios nos depare la Providencia divina. No hay poder en el mundo más antiguo, más legítimo, más sagrado, más beneficioso y justo, ni que surja más directamente de la natural condición de la sagrada persona que lo ha ejercido durante doce siglos, y que seguramente tornará á ejercerlo. Por consiguiente, tolerar, aprobar y Sun aplaudir el despojo inicuo cometido por las tropas de Víctor Manuel, cuando en 20 de Septiembre de 1870 penetraron por la brecha de Puerta Pía en la ciudad santa, obligando al inmortal Pío IX á sepultarse en vida en el Vaticano, es suprimir de un golpe todo derecho, toda justicia, toda conveniencia social y política, y hasta el decoro internacional mismo. Al derrumbarse el trono pontificio, tanto á impulso de las bayonetas piamontesas como del saínete plebiscitario representado en Roma poco después, bamboleáronse sobre sus cimientos todos los tronos y todos los poderes legítimos, trastornándose de tal modo las nociones del derecho y de la justicia, que no hay manera de desagraviarlas más que calificando la usurpación piamontesa de la mayor iniquidad de los tiempos modernos. ¡El más augusto Príncipe del mundo, el Rey de doscientos sesenta millones de católicos, el Vicario de Jesucristo en la tierra, prisionero de la francmasonería italiana, es una monstruosidad inconcebible! Del Pontificado deriva el poder temporal, como del sol sus rayos: esté donde esté, aquél resulta soberano por pleno y propio derecho, y el Papa es rey por la fuerza irresistible de las cosas. Quiérase, pues, ó no, lá solución católica de la cuestión romana se impone como una necesidad de día en día más imperiosa. L a libertad del destinado por la Providencia divina para mandar á todos no puede depender de persona alguna, y no hay medio posible entre ser soberano ó subdito. Por otra parte, la dignidad del Jefe de la Iglesia universal durante tantos años pisoteada por la revolución; el honor del mundo católico que contempla á su padre encarcelado y ultrajado en la mansión vaticana; la voluntad del mismo pueblo romano, más de una vez y por inequívoca manera manifestada en las elecciones municipales; el porvenir de la ciudad de Roma, que desde su altísimo rango de capital del mundo ha descendido al de capital de la Italia mal unida, y vese amenazada de suerte peor que la que le preparaban los godos y los vándalos, y hasta el mismo interés de Italia, que perseguida por la conciencia católica lleva en sus entrañas incurable herida, todo, todo se conjura para que los acontecimientos decidan en breve de los destinos del Pontificado en el mundo. Se equivocan los que suponen que la cuestión romana ha muerto, aunque en los antros masónicos conspiran para matarla, hacen el vacío y el silencio en torno de ella, y aparentan despreciar lo mismo al primero que al último de los Curas; pero como quos Deus vult perderé firius dementat, los grandes espectáculos del Pontificado, como las peregrinaciones, los jubileos y las visitas de los más poderosos emperadores y monarcas al Padre Santo, los sacan de quicio, pierden su prudencia satánica, arrójanse ciegos en el abismo de manifestaciones insensatas y dan pie para que surja la cuestión de nuevo, con más fuerza si cabe, y para que el mismo Romano Pontífice, como acaba de hacerlo Pío X, proteste una y cien veces ante el mundo católico contra la indigna situación, por no decir esclavitud, en que le ha colocado la revolución italiana. E s inútil que los estadistas italianos se esfuercen en demostrar que la cuestión romana no existe, que quedó enterrada para siempre cuando, cometiendo la felonía más negra que registra la historia, los piamonteses apoderáronse de Roma por la traición y la fuerza bruta; es inútil que se esfuercen en sostener que la cuestión romana á nadie más que á los romanos interesa y es asunto de puro régimen interior; y es inútil, por último, que para salir de los continuos malos pasos y contradicciones frecuentes en que se embrollan los gobiernos de Italia cuando vense precisados á poner sobre el tapete esta cuestión gravísima, acudan como argumento y refugio último á la irrisoria ley de Garantías, sosteniendo que el Papa es libre, independiente y hasta soberano por lo que al ejercicio del poder espiritual respecta… porque ahí está la historia de estos 35 años últimos para desmentirles. ¡El Papa libre en Roma y respetado en Italia! Sarcasmo semejante no se hubiera atrevido á sostener la diplomacia de ningún país del mundo, excepción hecha de la que cuenta entre sus glorias á un Maquiavelo, un Cavour y un Crispí.

¿Quiere esto decir que desde las alturas del poder emprendería el partido carlista una política de persecución religiosa, resucitando la Inquisición, imponiendo á fuerza bruta la creencia católica, persiguiendo á los indiferentes, incrédulos y sectarios en el foro interno de su conciencia y en el recinto del hogar doméstico, valiéndose de la coacción jurídica para que los ciudadanos observen los preceptos eclesiásticos y considerando como letra muerta las leyes concordadas?

¿Quiere esto decir que el partido carlista, convertido en nuevo Quijote, intentaría una cruzada popular, ó lanzaría á la nación en aventuras políticas para el restablecimiento del principado civil de los Papas?

Nada de eso. D. Carlos ha dicho repetidamente que el catolicismo es la verdad; D. Carlos, como probaré más adelante, es doctrinal y prácticamente un Príncipe verdaderamente católico, y el partido carlista es también esencial y preferentemente católico; pero la verdadera religión exige en los que la profesan el obsequio racional de que nos habla San Pablo, convicción espontánea y plena, y no habíamos de ser los carlistas, por otra parte, más papistas que el Papa, prescindiendo sistemáticamente de los Concordatos, y defendiendo á la Iglesia dónde y cómo quizás ella no quiera ser defendida.

Y basta de cuestión religiosa: pasemos á la cuestión política, pues no anda España menos necesitada de aquella regeneración que de ésta, aunque bien pudiera ser la segunda mera deducción lógica de la primera.

Referencias

[1] Matth., XXII, ai.

[2] Los Papas San Gregorio VIII é Inocencio III.

[3] Luc, XXII, 38.—Emplea también este símil el Papa Bonifacio VIII.

[4] Secunda secunda, 9, LX, a. 6, ad. 3.

[5] Commentt in Secunda secunda, q. LX, a. 6-3.

[6] Carta-Manifiesto.

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