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Mi amigo, el espía

Por: Manfredo Kempff Suárez

Cuando me hizo la visita protocolar, en nuestra embajada de Corrientes en Buenos Aires, el Encargado de Negocios de los Estados Unidos, me sorprendí al ver entrar en mi despacho a Manuel Rocha, el típico latinoamericano, moreno, estatura mediana, y de amplia sonrisa; de gringo, nada. Después, nos veríamos con mucha frecuencia, aun cuando él no pertenecía al grupo de jefes de misión que nos reuníamos con nuestras esposas para tomar unas copas y bailar cada viernes o sábado. Ahora que pienso, lo cierto es que Manuel y Karla, muy poco se acercaron a los latinos. Él, como norteamericano (aunque fuera colombiano de nacimiento), estaba en las esferas más altas, o tal vez me equivoque, y, simplemente, no le gustaban las fiestas con tequila y bachata.

Por tanto, no puedo decir que Manuel Rocha, el espía que vino del trópico caribeño, hubiera sido mi amigo en Buenos Aires, aunque tuviéramos un trato muy cordial; pero nos convertimos en buenos amigos en Bolivia. Cuando él llegó como embajador a La Paz el año 2000 y yo había dejado la Argentina y era ministro de Informaciones durante el gobierno del general Banzer, charlábamos a menudo. El tema era, casi siempre, sobre cómo terminar con el narcotráfico en el Chapare. ¿Sospechas de algo? ¡Pero de ninguna manera! ¿Qué espiara para Fidel Castro? ¡Dios nos libre, ni hablar!

El hecho es que, durante casi toda mi gestión en Argentina, Rocha fue el jefe de la misión norteamericana. ¿Cómo era posible que, en una nación tan importante como Argentina, EE.UU. no acreditara un embajador? Fue así: los candidatos a Buenos Aires propuestos por Clinton, tropezaron con que en el Senado se los rechazaba, uno tras otro, por intereses políticos alentados por el senador Helms. Por lo tanto, el beneficiado fue Rocha, quién, aunque no ocupó nunca la residencia oficial del embajador, vivía en un lugar estupendo en Belgrano y reunía a muchos políticos de alto nivel – sin ron ni merengue eso sí – para hablar sobre cosas importantes, pero, sobre todo, para oírlas y transmitirlas, seguramente, al comandante Fidel.

En Bolivia ha causado pasmo que el amigo Rocha fuera un hábil espía. Ha causado asombro y un tanto de humor negro. Manuel y Karla eran siempre invitados en casas de amigos y allí se hablaba de todo, frente a este risueño embajador que más parecía un simple profesor de escuela. ¿Cómo Rocha pudo burlar a la inteligencia norteamericana durante 40 años? Él, que se había iniciado en la diplomacia en la Sección de Intereses de EE.UU. en La Habana, llegó a introducirse nada menos que en el Consejo de Seguridad de la Casa Blanca y fue asesor en el Comando Sur del ejército norteamericano, por donde pasa información reservada. ¿No hay algo de genialidad?

Algún talento debe tener Rocha, para que algunos periodistas ya estén fabulando, comparándolo con el legendario “Kim” Philby, el alto miembro de la inteligencia británica, y, al mismo tiempo, agente de la NKVD soviética y luego de la KGB, desde donde le sirvió al desconfiado y poco agradecido Stalin, durante los años de la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial y la posguerra.

En Bolivia Rocha tenía la vista fija en el narcotráfico que salía rumbo a su país, y, muy personalmente, en Evo Morales, que ya producía indigestión. Pero, cuando llegó a La Paz, el Gobierno del general Banzer estaba culminando la eliminación forzosa de los cocales del Chapare, imponiendo el “desarrollo alternativo”. Había que acabar con la coca destinada al narcotráfico y esa era la hoja chapareña. En medio de conflictos, de bajas de ambos lados, de bloqueos y cercos, lo cierto es que Banzer llegó a suprimir la casi totalidad de las plantaciones, para ganarse el odio de todos los tolerantes con la coca, que hoy no saben qué hacer para detener su comercio mafioso. Naturalmente que Rocha apreciaba al presidente y que mostraba una gran admiración por él.

Cuando Banzer enfermó con el cáncer al pulmón que lo llevaría a la tumba, Rocha se movilizó de manera solidaria, preocupado, colaborando para que el presidente tuviera su tratamiento en el hospital militar “Walter Reed”, en Washington, que, seguramente, era donde podía tener la mejor atención en ese instante. Asimismo, cuando el mandatario regresó a Bolivia para renunciar a la presidencia y traspasarla a su sucesor legítimo, Tuto Quiroga, los norteamericanos pusieron a disposición del enfermo y su familia un avión-hospital de la fuerza aérea norteamericana. Fueron algunos gestos de amistad que mostraron un lado humano del embajador. Ahora, conociendo las andanzas de Rocha, podemos llegar a la conclusión de que, antes que los familiares del general Banzer supieran que su mal era incurable, lo supo Fidel Castro.

El embajador había sido, además, un entusiasta partidario de la venta de nuestro gas natural a la costa de California, porque ese Estado americano lo necesitaba por entonces. En ese empeño hizo lo posible porque el proyecto cristalizara. Ese gas que tenía que salir por Chile, forzosamente provocaba urticaria y temor en una gran parte de la ciudadanía y en el propio Gobierno. Finalmente, el gas no se comercializó, demoró, y llegó a un epílogo catastrófico, sin haberse hecho realidad, con la asonada y golpe de Estado de octubre de 2003, que derrocó a Sánchez de Lozada, tiempo en el que Rocha ya había concluido con su misión en Bolivia y se había marchado. ¿Dejó un quilombo armado? No lo sabremos nunca.

Todos estaban de acuerdo en que Rocha tuvo un error fundamental. Ahora, ya no sabemos si fue error o una maniobra maquiavélica y genial. En pleno proceso electoral, tres días antes de ir a las urnas, Rocha afirmó, palabras más, palabras menos, que si en el país ganaban quienes querían volver a exportar cocaína (léase Evo Morales), Estados Unidos suspendería su ayuda económica. La reacción de la ciudadanía, como era de esperar, fue recibida como una gran ofensa, como un atropello a la soberanía. En efecto, Evo Morales se sintió a sus anchas, feliz. Dijo que Rocha era su “mejor jefe de campaña”, y, ciertamente, una gran cantidad de votos de la izquierda o indecisos pasaron a las cifras del MAS, al extremo de llevar a ese partido al segundo lugar en las elecciones, muy cercano al ganador.

Es natural que, si Manuel Rocha engañó durante 40 años al FBI y a la CIA juntos, nosotros, pobres aves, quienes lo conocimos amistosamente, jamás íbamos a sospechar que el hombre espiaba para Fidel. Rocha ha sido un maestro del engaño, pero, como en todo engaño, nunca falta algún desliz, algún error, y el ex embajador en Bolivia lo cometió, haciéndose descubrir.

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