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Estudios del obispo José Belisario Santistevan

Datos importantes sobre dónde estudio el ilustre obispo cruceño.

Transcribimos a continuación el capítulo III del libro Monseñor José Belisario Santistevan Seoane, escrito por Plácido Molina Mostajo y continuado por Plácido Molina Barbery y publicado en 1989 por la editorial El País. Aquí se relatan datos clave sobre los estudios del ilustre obispo. Este fragmento corresponde a las páginas 15-21.

CAPITULO III: ESTUDIOS Y FORMACIÓN SACERDOTAL

Ya vimos, en el capítulo anterior, el entorno hogareño que rodeó la niñez y la adolescencia de José Belisario Santistevan.

Sus primeros años pasarían en ésta con notoria inclinación ala piedad y al sacerdocio, por la bondad ingénita y la obediencia fácil a sus padres y maestros.

Venció la instrucción primaria en la escuela particular del presbítero, después prebendado y Monseñor, Juan de Dios Vaca Saucedo, hasta 1855.

Al siguiente año ingresó al ciclo secundario, en el colegio Nacional que ocupaba el local del otrora Colegio por antonomasia, O sea el jesuítico, al lado Sur de la Iglesia del Sagrario, sobre la vereda Oeste de la Plaza de la Concordia, en este siglo llamada «24 de Septiembre”.

Superó, allí, los seis cursos anuales de Humanidades, desde 1856 hasta 1861, obteniendo el título de Bachiller en Letras, que lo habilitaba para estudios superiores. A esa sazón era Rector del colegio el bien recordado Dr. Juan de la Cruz Montero, ilustre jurisconsulto y latinista.

Es fama que en el colegio fue alumno estudioso y distinguido por su disciplina, acreedor a la consideración de sus profesores; y en el trato con sus condiscípulos, de una sencillez e ingenuidad notables,

El Seminarista y el Sacerdote

En 1862, determinado ya por la carrera sacerdotal, viajó a Sucre, donde ingresó al Seminario Conciliar de San Cristóbal, en el que hizo los cuatro cursos de la Facultad de Teología, con aprobación plena, en los años 1863 a 1866, inclusive, obteniendo el título de Bachiller en Teología, con examen especial rendido el 18 de octubre de 1864, y el de Licenciado, para el que presentó las tesis latinas exigidas por los reglamentos, el 29 de diciembre de 1866.

El sobresaliente provecho alcanzado en su preparación intelectual fue resultado de su esforzada formación espiritual; fruto de firme carácter y de consciente disciplina puesta al servicio de una vocación paralelamente profundizada mediante la oración y la práctica de vencerse a sí mismo, a fin de alcanzar el sacerdocio y capacitarse para cumplir la misión de difundir el Evangelio.

Esto explica el hecho de que, apenas dejó los bancos del alumno, le fueran confiadas funciones de profesor y, sucesivamente, otras en su propio Seminario.

Con los sólidos fundamentos expresados, el seminarista Santistevan tuvo acceso al sacerdocio el 15 de mayo de 1367, recibiendo la Santa Unción del Arzobispo de la Plata Don Pedro de Puch y Solona. Ofició su primera misa, en Sucre, el día 25 del mismo mes y año, con el fervor que es comprensible en quien mostrara clara y precoz vocación y se dedicara tan empeñosamente a cultivarla. Hemos visto que su inclinación sacerdotal tue casi innata. Resulta, pues, obvio que en el Seminario se connaturalizase con el concepto y el carácter que la Religión exige de sus ministros, habida cuenta del buen nivel de formación, a esa sazón, existente en el Seminario de San Cristóbal.

Fundado en 1595 por el Obispo D. Alonso Ramírez Graneros de Abalos, tuvo como rectores a eminentes sacerdotes, y durante la segunda mitad del siglo XIX, a un José de Puch y Solona y a un José Cayetano de la Llosa, quienes fueron después arzobispos; así también a religiosos de la talla del P. Manuel Murga y de Fray Mamerto Esquiú. Podemos, por ello, afirmar que el seminario de la Arquidiócesis platense mantenía el propósito de adecuarse a las reglas canónicas del Concilio de Trento, en cuanto era posible dentro del sistema republicano de Gobierno, el mismo que, desde los primeros decretos, pecó de Josefinista o, para decirlo modernamente, adoleció del prurito fiscal de intervenir en todo, manteniendo la parte del león.

Sea como ello fuere, José Belisario Santistevan se formó en medio adecuado para conformar y perfeccionar su clara vocación.

En la docta ciudad, por otra parte, gozaba de honroso ascendiente. Bastaría para comprobarlo el boceto que le dedicó, en su preciosa colección de “Semblanzas y Recuerdos”, D. omás O’Connor D’Arlach, conocido y atildado literato nacional, del que citamos los siguientes juicios escritos sobre el sacerdote que conoció y el obispo que, luego, descolló en el país:

«Un jóven de mediana estatura, blanco, rosado, pelo y ojos negros[1] fisonomía franca y noble, de genio humilde, de trato afable, de finos modales y esmerada educación, era cuando yo le conocí un día de visita en casa de mi madre, el presbítero doctor Don José Belisario Santistevan, hoy dignísimo Obispo de Santa Cruz de la Sierra, su país natal.

Es este jóven prelado, uno de los miembros más distinguidos, virtuosos e instruidos de nuestro clero, y es hoy notable por su celo, su caridad y sus esfuerzos en el alto puesto que ocupa tan digna y merecidamente. La diócesis de Santa Cruz debe enorgullecerse de tener a su cabeza un pastor tan virtuoso, tan modesto y tan esclarecido como este joven Obispo, que tantos beneficios está haciendo a su grey en el orden espiritual y temporal».

El Educador eclesiástico.

Normalmente hubiese correspondido que el jóven sacerdote retomase a su tierra natal a mediados de 1867. Empero, no fue así.

Si hemos de fundarmos sobre conceptos religiosos —y no cabe otro partido si se trata de la vida de un sacerdote, en la existencia. humana, señaladamente en los planos superiores, no hay hechos casuales. La Providencia dirige a las almas inspirándolas, sin someterlas a la fuerza, por caminos conducentes a sus designios de amor y perfección.

Supuesta la natural aspiración de volver al hogar paterno, cabe concluir que la intervención providencial ocurrió a través del señor Arzobispo de La Plata para impedirla o, siquiera, aplazarla, en el caso de nuestro novel sacerdote. La prueba es que en diciembre del año de su ordenación, proponíalo al Ministerio de Instrucción Pública para profesor de la 4a. clase del San Cristóbal. El respectivo título aparece expedido y firmado en Potosí, por el Ministro Dr. Angel Remigio Revollo, el 23 del predicho diciembre de 1867 (Anexo 3)

Comenzaba así una etapa de acción sacerdotal en el campo de la enseñanza, más propiamente de la educación de jóvenes levitas, allí mismo donde él se formara y donde su reciente ejemplo de seminarista intachable y sus dotes excepcionales de espiritualidad, madurez, ecuanimidad y disciplina, rendirían frutos de reforma y de perfeccionamiento eclesiástico.

Poco tiempo después del primer nombramiento, recibía el de profesor de Filosofía, base y fundamento de los estudios teológicos y, en 1870, fue designado Ministro del Seminario, cargo de funciones administrativas y disciplinarias de importancia decisiva cuyo puntual cumplimiento originó la ampliación de responsabilidades, al confiársele, poco después, las de ViceRector, sin desmedro de las de profesor y Ministro.

A tal respecto y acerca del prestigio alcanzado por Santistevan en Sucre, el Pbro. David Padilla, meritorio capellán del Asilo Boeto, proporciona pormenores de importancia al decir que «cuando el R.P. Manuel Murga dirigía el Colegio Conciliar de San Cristóbal, Santistevan era profesor de Derecho Canónico y de Teología Moral en reemplazo del R.P. Mamerto Esquiú. Y, como Ministro del establecimiento, corría con los fondos de la administración financiera”.

Con referencia a una posterior permanencia, de paso por la capital, el informante testimonia que «fue visitado por todos los personajes de la época, y hasta por los teólogos y clérigos ordenandos, (seminaristas), que admiraban su modestia característica y sus dotes de crador sagrado».[2]

Santistevan permaneció en el desempeño de sus delicadas funciones educacionales, en Sucre, hasta el año 1877 cuando, con fuerza especial, hiciéronse sentir los legítimos anhelos familiares.

El retorno

A tal propósito, Mons. Daniel Rivero, el hijo espiritual, dice así:

«Su padre, el señor Carlos Santistevan y Alba, se propuso hacer presión para que regresara al hogar paterno. Al efecto le ofreció proporcionarle los recursos necesarios para que hiciera un viaje a la Tierra Santa, a condición de que a su vuelta, se restituyera a Santa Cruz. El aceptó e hizo el largo y penoso viaje por no pocas naciones y capitales del viejo mundo, incluso Roma y Palestina”.

Es de suponer el sentimiento con el cual el arzobispo Puch y Solona hubo de aceptar la partida, hacia estos lares, de su fiel colaborador. De hecho, las letras Testimoniales expedidas en la oportunidad, son elocuentes en su severo lenguaje eclesiástico (Anexo 4):

«… En el dilatado tiempo que ha permanecido en esta ciudad ha observado una conducta ejemplar, distinguiéndose por su capacidad, ilustración, religiosidad, piedad y demás virtudes que le adornan, prestando en dicho establecimiento (el Seminario), como Superior y Profesor, importantísimos servicios, así como en esta Capital, en el desempeño de su sagrado Ministerio, lo que le ha hecho merecedor de la estimación general y de nuestra especial distinción y aprecio. En su mérito, para que sea benignamente recibido y atendido por S.S. Tltma. el Rdo. Señor Obispo de aquella diócesis, y obtenga de él el libre uso y el ejercicio de su sacerdotal ministerio, le libramos y mandamos librar las presentes en bastante forma».

Resumiendo la etapa chuquisaqueña de Santistevan (1862-1877), diremos que fue de propia formación sacerdotal, para transmitirla, luego, durante diez años, básica y determinante. Se restituía, como se ve, al seno de su pueblo no ya en las condiciones auspiciosas pero inciertas del misacantano sino en las positivas y profícuas de una joyen madurez de treinta y cinco años.

Había afirmado una personalidad digna de general consideración, ganándose la admiración de les cruceños por las cualidades que una superior preparación y actividad, en ambiente propicio, habían perfeccionado y elevado a nivel sacerdotal.

Sólo Dios sabía cuál sería el futuro de su siervo en más de medio siglo de vida que había de concederle, adicionalmente: Mas, por lo pronto, abríase un compás de espera: la justa vacación espiritual, preparatoria y robustecedora, de la peregrinación a Europa y Tierra Santa.

Referencias

[1] Esta señal de «los ojos negros», anotada por el ilustre escritor tarijeño, demuestra cuán relativo es el valor de ciertos datos secundarios. Santistevan tenía los ojos azules, y ello daba una singular suavidad a su mirada. Para hacer esta rectificación hemos consultado, sobre la base de nuestros recuerdos, al Dr. Osvaldo Vaca Díez Santistevan y a Mons. Carlos Gericke Suárez, sobrino e hijo espiritual, respectivamente, del santo varón.

[2] En lo que atañe a la posición social del Presbítero José Belisario en la capital de la República, fue descollante sin él pretenderlo, por sus múltiples relaciones. No ha de olvidarse que numerosas familias sucrenses tienen raíces cruceñas por la línea paterna y, más aún, por la materna, siendo algunas emparentadas con los Santistevan Seoane. Señaladamente las descendientes de la ilustre doña Clotilde Velasco de Urioste. Como datos complementarios, al respecto, anotaremos que en el lapso 1862-1877, fueron presidentes Achá, Melgarejo, Morales, Frías, Ballivián (Adolfo), Daza. Conoció a Campero; fue amigo de Pacheco, Arce y Fernández Alonso. En: lo eclesiástico, el Azobispo D. Pedro de Puch y Solona gobernó desde 1862 a 1885. El le ordenó sacerdote y con él colaboró estrechamente.

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