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William Cobbett, por G. K. Chesterton

Por: Tomás Richards

Fuente: Revista Paco

Hoy la cronología puntual y ordenada de la vida de William Cobbett puede reponerse con facilidad en su breve entrada de Wikipedia. Ciertamente no era así cuando, en 1925, Gilbert Chesterton publicó un libro acerca del personaje en cuestión, aunque se puede conjeturar que la memoria de su paso por este mundo era entonces todavía más patente que en la actualidad. La observación viene al caso porque el método biográfico de Chesterton suele prescindir de fechas y periodizaciones rigurosas, prestándole su favor a rasgos, acciones y pormenores que juntos forman un mosaico textual y contextual en torno al biografiado. Señala Guillermo Piro que la técnica de Chesterton consiste en avanzar y retroceder entre las fechas, casi sin mencionarlas, por lo que “se parece menos al historiador que al biólogo, o mejor al pequeño arqueólogo, que lo que conseguirá es esbozar una pequeña arqueología”. Ya se trate de santo Tomás de Aquino o de Dickens, de san Francisco de Asís o de Blake, al final de una biografía escrita por Chesterton es difícil para el lector decir que se conoce algo acerca del biografiado. Sin embargo, la sensación de que se sabe algo acerca de él es ineludible y, sin duda, se alcanza a comprender en parte la época en que el hombre vivió. El libro sobre William Cobbett no escapa a todo esto.

A Chesterton siempre le provocaron simpatía períodos, episodios y sujetos dejados al margen de la historia oficial inglesa, escrita para apuntalar el imperio y borrar la presencia de la nación católica que Inglaterra había sabido ser. La Edad Media, Francia, Irlanda, Europa, Roma, Fawkes, el Quijote, el hogar y la pequeña propiedad privada, entre tantos otros tópicos, tuvieron con Chesterton su reivindicación en medio de una cultura nacional que se clausuraba más y más montada en una imagen de sí bastante extravagante, ambiciosa y solitaria. Chesterton percibió ese hecho, lo sufrió y lo combatió con todas sus armas, aun sabiendo que no iba a ser suficiente.

Cobbett forma parte de ese catálogo de “rarezas”. Durante las guerras napoleónicas, Inglaterra se alzó con el monopolio de las industrias textiles. Toda esta prosperidad –dice Chesterton en clave dickensiana– sólo beneficiaba a una nueva oligarquía sin arraigo ni límite a su avaricia. En ese preciso momento un periodista y político de origen rural, William Cobbett, alcanzó a prever lo que ese nuevo industrialismo de cuño manchesteriano iba a significar para el antiguo modo de vida inglés y procuró levantar al pueblo contra él. “Lo que él veía no era un edén que no puede existir, sino más bien un infierno que puede existir, e incluso que existe de veras”, escribe Chesterton. “Lo que él vio fue que el poder de Inglaterra a bastarse a sí misma estaba en trance de desaparecer, el crecimiento de las ciudades, que secan y desecan los campos; el incremento de densas aglomeraciones de gente interdependientes, incapaces de encontrar su propio sustento; el triunfo amenazador de la máquina sobre el hombre; la creciente omnipotencia de los financieros sobre los patriotas; el hacinamiento de la humanidad en masas nómadas, cuyos hogares no tienen nada de tales; la terrible necesidad de la paz y la terrible probabilidad de la guerra; nuestra pequeña isla sobrecargada como un buque a punto de zozobrar; una riqueza que puede significar desesperación; el pan de Midas y la espada de Damocles. En una palabra, él vio lo que nosotros vemos en la actualidad, pero él lo vio cuando todavía no había llegado. Y algunos todavía no pueden verlo –a pesar de que ya está aquí”.

A la vista del resultado, hoy podría pensarse que Cobbett fue apenas una voz clamando en el desierto, pero en su momento su grito interpretó el sentir de vastos sectores de la sociedad inglesa y concitó una reacción violenta que incluyó incendios y saqueos de graneros y talleres. La historia calla esos hechos, dice Chesterton. La Revolución Industrial no se impuso únicamente por necesidad de la evolución histórica. Su triunfo incluyó también la violencia, la sangre y la eliminación de otras formas de vivir en sociedad. Pero lo más grave, para el autor, es que ese triunfo no hizo del mundo un lugar mejor sino algo mucho peor. “El capitalismo ha impedido que el pobre ahorrara, más que impedirle que gastara. Ha impedido el matrimonio respetable, más que la inmoralidad casual. Puede ser que el socialismo amenace destruir la vida familiar, pero el capitalismo ya la está destruyendo. Esto es, sin duda, lo que se quiere dar a entender cuando se dice que el capitalismo es, de los dos sistemas, el más práctico”, escribe.

La reivindicación de la figura de Cobbett conlleva esa denuncia, que en la obra de Chesterton es omnipresente, acerca de lo que está mal en el mundo, pero es también una petición a favor del hombre público y en particular del político. Muy por encima de los magros resultados de su acción intelectual y política (que incluyó la escritura de libros, periódicos, leyes, gramáticas y panfletos, así como la repatriación de los restos de Thomas Paine), Cobbett destaca como un empedernido defensor de sus ideas sociales y políticas, al punto de soportar cárcel y destierro por ellas, que nunca pareció claudicar ni ante el posibilismo de la hora ni ante la dificultad de la tarea. Contra el balance de los resultados que caracteriza el examen de la vida política, Chesterton, acaso reflejado, enarbola la figura de Cobbett como la de un visionario reflexivo y total, contradictorio pero coherente, incomprendido pero capaz de emanar vida aun después de un siglo de muerto. William Cobbett, en definitiva, es para Chesterton el símbolo del hombre que actúa siguiendo una vocación impostergable y a sabiendas de que no se le ha de pedir cuenta de sus victorias sino de las luchas presentadas////PACO

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