
El expresidente Jorge Quiroga enfrenta hoy algo más grave que una derrota coyuntural: la disolución progresiva de su capital político. Si J. P. pierde la Gobernación cruceña frente a Otto Ritter, el último soporte territorial relevante de su proyecto terminará de erosionarse, dejándolo —en términos políticos— sin soga ni cabra.
Lo que observamos no es un accidente, sino el resultado de una estrategia sostenida en la desconexión con las estructuras reales de poder. Quiroga ha ido quedándose sin alianzas, pero sobre todo sin anclaje social: rompió con Branko Marinković, se distanció de Rubén Costas, y fragmentó su propio espacio hasta el punto de ver a sectores migrar hacia Rodrigo Paz Pereira. Lo que queda es apenas un residuo parlamentario sin capacidad de articulación nacional.
El problema de fondo no es personal, sino estructural: la política no se sostiene en figuras, sino en bloques históricos. Y Quiroga nunca logró construir uno propio; vivió de herencias, coyunturas y equilibrios frágiles que hoy se han agotado. En ese vacío, su discurso pierde eficacia y su liderazgo, densidad.
Como advertía René Zavaleta Mercado: “la crisis es, ante todo, un momento de revelación de la realidad social”. Y lo que esta coyuntura revela es que, sin base social organizada ni proyecto articulador, incluso los liderazgos más visibles terminan reducidos a una sombra de sí mismos.
De Tuto Quiroga, hoy, queda poco más que el recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue.



