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¿Cómo terminó la dictadura de Banzer? Aquí te lo contamos

Así fue el fin del gobierno del Gral. Hugo Banzer Suárez. Esta es la verdad de los hechos, sin sesgos ideológicos izquierdistas.

¿Cómo terminó el gobierno de Banzer? ¿Quién derrocó a la dictadura? ¿Qué sucedió para que llegue el fin de la dictadura del Gral. Hugo Banzer? Son algunas de las preguntas que nos interesan a muchos. Un día como hoy, 21 de julio de 1978, finalizó el primer gobierno del Gral. Hugo Banzer Suárez. Por este motivo, a continuación, reproducimos una parte del libro Banzer: el destino de un soldado, del historiador paceño Alfonso Crespo, que nos permitirá analizar la verdad acerca de este asunto tan tergiversado. El fragmento corresponde a las páginas 253 hasta la 269.

Capítulo VII El interregno

Un paso necesario

Llevaba ya siete años en el gobierno y, mirando retrospectivamente, tenía motivos para sentirse satisfecho. Durante ese tiempo de “orden, paz y trabajo” había conseguido, en primer lugar, que cesaran los golpes cuarteleros, lo que ya era un avance. Gracias a una coyuntura económica mundial favorable y el crédito externo, el país había progresado: más escuelas, caminos, servicios sociales y comunicaciones; elevación del nivel de vida de una gran parte de la población; desempleo casi eliminado; vinculación efectiva de la región oriental con el resto del territorio… Estas y otras eran las conquistas de las que podía congratularse.

Ahora comenzaba a sentir fatiga del poder. Aunque su lema era “mi destino es luchar”, advertía que había llegado la hora de que el país retornara a las prácticas democráticas, una de las cuales era la elección por voto popular de los Poderes Ejecutivo y Legislativo.

En los años que ejerció el mando, lo perturbó no haber sido elegido democráticamente, Ese origen de facto pesaba en su ánimo y ahora intentaba repararlo. Gozaba de apoyo suficiente para ocupar el Palacio Quemado por lo menos hasta 1980, pero decidió anticipar el retorno del país a un régimen constitucional. Banzer, el militar, había madurado lo suficiente durante esos años para comprender que la “institución tutelar” debía restituir el mando a quien eligiera el pueblo. Percibía asimismo que después de catorce años de gobiernos militares, los ciudadanos añoraban elecciones. Las pedían los partidos políticos y las asociaciones sindicales, gremiales y cívicas.

Esa evolución del sentimiento público se percibía en varios países del continente; dos de ellos, el Perú y Ecuador se alistaban para elecciones en fecha próxima. Banzer había conversado en Washington con el presidente de los Estados Unidos, James Carter, quien, enterado de su intención de convocar a elecciones, lo alentó con estas palabras: “Ojalá sea usted uno de los candidatos”.

El 2 de noviembre de 1977, expidió un decreto convocando a comicios presidenciales y legislativos para el 9 de julio del año siguiente. Expresó en un mensaje a la Nación: “El gobierno de las Fuerzas Armadas ha decidido adelantar la fecha de constitucionalización del país porque considera el momento oportuno para que el pueblo, a partir de los niveles de desarrollo que hemos alcanzado, decida por sí mismo el rumbo de su porvenir. En noviembre de 1974, dijimos que la constitucionalización del país se realizaría hasta agosto de 1980. Sin embargo, superados los factores políticos que determinaron esa decisión, ahora se adelanta la fecha de las elecciones para 1978”.

Luego, el anuncio sorprendente: “Situándome en el nivel exacto de la historia y de mi conciencia, declaro solemnemente que he decidido declinar la postulación de mi nombre para la candidatura a la presidencia. Adopto esta decisión en circunstancias en que Bolivia se encuentra en los niveles más altos de su evolución: una imagen internacional respetable; una importante tasa de crecimiento económico; una nueva conciencia colectiva que sustenta la paz social. Y, por encima de todo, una fuerza vital que impulsa a los bolivianos a realizar acciones cada vez más trascendentales.

«Comencé gobernando con mi institución; deseo terminar con ella, contribuyendo a su prestigio, a su solvencia moral y a su unidad. El día que deje la presidencia de la República, vestido de militar o de civil, estaré a su servicio, porque, en su seno, aprendí a venerar y a defender a la patria.

”La decisión que he tomado, de ningún modo supone renunciar a mi puesto de lucha en las filas del nacionalismo revolucionario, a mi puesto de sacrificio en la defensa de la integridad nacional, a mi puesto de trabajo en el desarrollo integral del país.

”A partir de este momento, mi trabajo y mi lucha adquieren un nuevo sentido. Me impongo la obligación de servir a la unidad del pueblo procurando compatibilizar las contradicciones que se plantean en su seno; me impongo la obligación de evitar que las Fuerzas Armadas sean comprometidas por corrientes sectarias y excluyentes; me impongo el deber de hacer todo cuanto esté a mi alcance para que las próximas elecciones sean limpias y democráticas.

”A tiempo de hacer conocer al pueblo de Bolivia mi decisión irrevocable de no ser candidato presidencial en 1978, deseo asegurar que seguiré trabajando y luchando por la dignidad, la libertad y la justicia. A partir de este momento, mi trabajo y mi lucha adquieren un nuevo sentido. A los que son mis enemigos por ser enemigos de la patria, les digo que seguirán siendo mis enemigos. A los que son mis enemigos porque me equivoqué o no los comprendí, les pido que me perdonen.”

Algunos acogieron con escepticismo esta declaración y otros con una vaga aprehensión. Habituados a los presidentes que se aferran al “maravilloso instrumento del poder”, apenas concebían que Banzer, a la cabeza de un gobierno estable, se decidiese a abandonarlo. No faltaron quienes sospecharon que éste era un gesto de coquetería y que, como el emperador romano Augusto, Banzer “se deleitaba al hacerse rogar por algo que en realidad anhelaba”. Creían que, a último momento presentaría su candidatura “a petición del pueblo” para luego triunfar en los comicios, mediante las artimañas criollas tradicionales.

El autor recogió esta confidencia: “La verdad es que estaba físicamente agotado. Durante todo el tiempo que ejercí la presidencia llegaba a palacio a las siete de la mañana y era raro el día que podía regresar a mi hogar a las ocho de la noche. Cuando viajaba no era para hacer espectaculares giras mediáticas en el exterior, sino en general, para visitar guarniciones o distritos alejados del territorio. No para recibir aplausos, pronunciar discursos y ornarme de mitura y serpentinas sino para resolver algún problema concreto. No me vanaglorio de haber procedido así, pues simplemente cumplía mi deber de presidente como lo había hecho antes en el cuartel”.

Algunos de sus camaradas lo exhortaban: “Mi general, ¿si estamos bien, para que cambiar?”. No sucumbió a esos cantos de sirena y, para sorpresa de todos, mantuvo su renuncia. Algo más. Solicitó que se le destinara a la reserva activa del ejército, petición denegada por el Alto Mando.

“Al asumir el mando en 1971, juzgaba yo que tres años serían suficientes para tranquilizar al país y normalizar la situación política después de los excesos cometidos durante el gobierno de Torres por los grupos izquierdistas, con sus amenazas de tribunales populares, asambleas del pueblo y otros alardes demagógicos. Ocurrió, sin embargo, que tres años no fueron suficientes; motivo por el cual decidimos —hablo de las Fuerzas Armadas— quedar en el gobierno hasta que se lograra cierta estabilidad y orden. Pero siete años en el poder es mucho tiempo y por eso decidí presentar mi renuncia. Ni el presidente Carter, ni persona alguna me presionaron para hacerlo. Obré por mi propia voluntad.”

Como era presumible, festejaron su anunciado alejamiento tanto algunos líderes sindicales, como los exiliados y partidos opositores, que vieron abrirse una oportunidad para llegar al poder. Por el contrario, lo lamentaron los sectores productivos del país para los cuales había sido garantía de estabilidad y progreso. Es destacable que Banzer, al par de contribuir como pocos presidentes al progreso y consolidación democrática del país, afirmó y honró la presencia rectora de Santa Cruz en la vida republicana. Su autoridad esfumó cualquier asomo de separatismo que eventualmente pudo haberse insinuado. Santa Cruz adquirió el sitio que históricamente le correspondía en la Nación. No se detendría allí la influencia de Banzer. Lejos de la presidencia, perseveraría en mantenerse al servicio de Bolivia como un ciudadano más. Y sobre todo como un demócrata.

Declaró más tarde: “Algo que el país ha olvidado es que si bien subí al poder mediante un golpe contra un gobierno de facto, el de Torres, fui yo quien después de casi nueve años restableció el orden constitucional al convocar a elecciones populares. A partir de ese momento, me constituí en un convencido demócrata. En adelante defendí los principios democráticos con ejemplos y hechos concretos que todo el mundo conoce y no con mera fraseología o promesas incumplidas. Creo que ésa es la mayor satisfacción personal de toda mi actuación política”.

Las elecciones de 1978

Con el deseo de crear un clima político propicio para las elecciones, se decretó una amnistía parcial en vísperas de la Navidad de 1977. El ministro del Interior declaró que las restricciones subsistentes eran motivadas por el propósito “de impedir el reingreso al país de 348 ciudadanos calificados como autores de guerrillas, secuestros, actos de terrorismo y violencia”. Sin embargo, el hecho de incluir entre ellas a dirigentes políticos y sindicales de la categoría de Hernán Siles y Juan Lechín, provocó insatisfacción y reacciones de protesta, malográndose así el objetivo inicial de aquella medida.

En el distrito minero de Catavi, cuatro mujeres acompañadas de sus hijos se declararon en huelga de hambre. Aunque el consenso general dio a esta decisión una motivación política, la versión del general Banzer es distinta: “La huelga de las cuatro mujeres de trabajadores mineros se produjo para pedir la restitución de sus maridos al trabajo, los mismos que fueron sorprendidos robando (juqueando) mineral de la empresa. Se trató de un hecho económico-social y no político, hábilmente politizado por los agitadores extremistas, que secundaron a las mujeres y ampliaron sus exigencias, no sólo la reposición al trabajo, sino además, la amnistía irrestricta”.

De cualquier manera, la actitud de las mujeres mineras repercutió en el interior y, en cierto momento, hubo centenares de personas en huelga de hambre en las iglesias. El 15 de enero, la policía procedió a desalojar a los asilados en una iglesia en Santa Cruz, en la Universidad de San Andrés, en la sede del sindicato de prensa y en varios otros sitios. Luis Adolfo Siles, presidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, solicitó una comisión investigadora de las Naciones Unidas. El arzobispo de La Paz, Jorge Manrique, advirtió que si no se ampliaba la amnistía política, serían suspendidos los oficios religiosos. La Federación de Mineros decretó un paro general de veinticuatro horas, cuando transcurrían ya doce días de que las mujeres comenzaran el ayuno.

Pese a los años que llevaba gobernando, ésta fue una nueva experiencia para Banzer, quien se percató de que era más sencillo hacer frente a regimientos armados, que a simples mujeres del pueblo, ayunando con sus hijos en el vestíbulo de un arzobispado. No cabía permitir que el conflicto degenerase en un enfrentamiento con el pueblo esterilizando su propósito de encarrilar al país por la vía constitucional.

Comprendiendo que el decreto de amnistía, tal como había sido concebido, era insuficiente y no colmaba la expectativa popular decidió modificarlo haciendo la amnistía irrestricta y general. Además, para dar prueba de su espíritu conciliatorio, dictó otro decreto restableciendo el derecho de asociación sindical, abolido al comienzo de su gobierno. En adelante, los sindicatos gozarían de amplias libertades y podrían participar holgadamente en política.

Esta concesión creó una situación conflictiva con algunos miembros de las Fuerzas Armadas. Una agrupación castrense denominada Topáter publicó un documento crítico hacia el gobierno y hostil a su persona, acusándolo de condescendencia y expresando. que ya no representaba el criterio mayoritario de la institución castrense. Banzer no reaccionó; sus empeños se concentraban en la organización de las próximas elecciones.

Alentadas por un clima político propicio, las fracciones democráticas se aprestaron a participar en los comicios; pero como de costumbre, demostraron su incapacidad para concertar entre sí, pese a las reiteradas insinuaciones de Banzer acerca de que habría visto con complacencia la designación de un candidato civil. Ante el desacuerdo de los civiles, las Fuerzas Armadas propusieron tres nombres: los del general Juan Pereda, el general Juan Lechín Suárez (hermano de Juan Lechín Oquendo, el líder sindical) y el coronel Alberto Natusch Busch.

Los convocó uno a uno. El segundo, el general Lechín, agradeció el honor pero lo declinó, sin especificar las razones. Alberto Natusch hizo lo propio, con estas palabras: “No, gracias, mi general. Soy jugador, mujeriego y me gusta el trago. Para ser presidente es necesario ser igual o mejor que usted. Yo no lo soy”. Así quedó habilitado Juan Pereda, sin mucho entusiasmo de su parte, ni de Banzer, que ejecutaba simplemente el deseo de las Fuerzas Armadas.

El 7 de enero de 1978, un denominado Comité de Unidad Nacional (CUN) proclamó la candidatura de Pereda, en coalición con un grupo disidente de la Democracia Cristiana, un sector del MNR dirigido por Jaime Arellano y Rubén Julio, los ex combatientes del Chaco y un sector campesino encabezado por Oscar Céspedes. Luego el CUN cambió su sigla por la de UNP (Unión Nacionalista del Pueblo).

En el campo opositor el MNRI, el MIR, el Partido Socialista y el Partido Comunista organizaron el Frente de Unidad Democrática y Popular y proclamaron la candidatura de Hernán Siles a la presidencia. Víctor Paz Estenssoro fue proclamado candidato por el MNR Histórico; René Bernal Escalante, por la Democracia Cristiana; y Marcelo Quiroga Santa Cruz, por el Partido Socialista. Proliferaron los grupos y candidaturas. Al cierre de las inscripciones en el colegio electoral, el 9 de junio, se registraban trece candidaturas presidenciales, cuatro alianzas entre partidos y cincuenta y dos grupos aislados.

Por primera vez, los trabajadores mineros y los campesinos presentaron sendas candidaturas. Los mineros agrupados bajo el Frente Revolucionario de Izquierda, propusieron a un líder sindical, Casiano Amurrio, y a una mujer, Domitila Chungara, como vicepresidenta. Surgieron movimientos populares indigenistas; el Movimiento Indio Tupac Catari y el Movimiento Popular Tupac Catari, con sus propios candidatos indígenas campesinos. Después de años de privación, los bolivianos se daban el gusto y, sugestivamente, ahora los campesinos participaban en el festín.

Habían transcurrido más de diez años desde las últimas elecciones presidenciales y para los jóvenes ésta era una primera experiencia. Complació a Banzer comprobar que su propósito de restaurar las prácticas democráticas había despertado amplio eco en las capas populares y en la juventud.

Por contraste, los partidos políticos burgueses no habían evolucionado. Cada uno pretendía imponer a sus candidatos y los dirigentes se mostraban, una vez más, alejados respecto del sentir popular; era significativo que no se pusieran de acuerdo para elaborar una fórmula ni concebir un programa concreto. Tal dispersión entrañaba un peligro para la estabilidad del futuro gobierno, cualquiera que éste fuese.

Comandante de la Fuerza Aérea, Juan Pereda Asbún fue durante largo tiempo ministro del Interior del gobierno de Banzer. Su desempeño se singularizó por una relativa tolerancia con los opositores. El Presidente no se opuso a su designación, aunque se abstuviera de proponerla. Aceptó, simplemente, la decisión de las Fuerzas Armadas.

Aparte de la parcialidad de ciertas autoridades por el candidato Pereda, las elecciones se desenvolvieron en un ambiente tranquilo; entre otras cosas, gracias a la presencia de numerosas y disciplinadas mujeres del pueblo en las filas de votantes. Los campesinos también tuvieron un comportamiento ejemplar.

En la ciudad de La Paz, el resultado se diferenció según los barrios y las clases sociales. Las zonas populares votaron por Hernán Siles, en tanto que la clase media y los barrios residenciales se inclinaron en favor de Pereda o Paz Estenssoro. En varias capitales departamentales, en especial Cochabamba y Sucre, fue notoria la simpatía del electorado por la nueva figura política: Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Pese a que los campesinos integraban la gran mayoría del electorado, los candidatos indígenas obtuvieron pocos votos; hecho demostrativo de que aún no había llegado el tiempo en que, mejor organizados, los nativos obtuvieran la representación a la que su número les otorgaba derecho. Esa evolución tomará aún cierto tiempo.

El 20 de julio, la Corte Nacional Electoral anunció los siguientes resultados, sobre un total de 1.971.969 votos: Juan Pereda, 986.140; Hernán Siles Zuazo, 484.383; Víctor Paz Estenssoro, 213.622; René Bernal 120.000; y Marcelo Quiroga 110.000.

Que Pereda obtuviera casi un millón de votos, cifra sin precedentes en los anales electorales de la República, fue prueba palpable del fraude en el recuento, pues la diferencia con los otros candidatos lindaba, por lo exagerada, con lo absurdo. Esta maniobra resultó perjudicial para el propio Pereda quien, según confesaron después funcionarios oficiales, había obtenido en realidad una mayoría parcial de votos, suficientes para el triunfo.

También fue objeto de comentarios la diferencia de votos entre Siles y Paz Estenssoro, que mostraba la popularidad comparativa de uno y otro, en ese momento.

Los partidos de oposición denunciaron el fraude y, en gesto dramático, Hernán Siles se declaró en huelga de hambre. En tanto, la Corte Nacional Electoral recibía numerosas denuncias sobre irregularidades en los comicios. Fue tan denso el clamor público, que el propio Pereda, hombre de temperamento mercurial, dirigió sorpresivamente un mensaje a la Corte pidiendo la anulación del proceso electoral, “a fin de ejecutar un nuevo plan de constitucionalización democrática”.

El presidente de la Corte, Julio Mantilla, anuló los comicios y pidió al gobierno que convocase a nuevas elecciones en el plazo de seis meses.

Fue un amargo desencanto para Banzer. Su plan de restablecer el régimen constitucional quedaba aplazado, en el mejor de los casos. El fiasco electoral había enfriado sus relaciones con Pereda y ambos se inculpaban mutuamente, en privado, sobre la situación desairada en que habían quedado el gobierno y las Fuerzas Armadas.

Fue Banzer quien soportó el mayor golpe, como lo demuestra este episodio. Marcial Tamayo, futuro canciller y, en ese tiempo, alto funcionario de las Naciones Unidas, llegó a La Paz y pidió ser recibido por el presidente Banzer pocos días después de las elecciones. Este lo recibió de inmediato y Tamayo, sorprendido, se lo dijo. Banzer le respondió que no debía estar sorprendido, pues estaba y se sentía muy solo. Ahora muy pocos lo buscaban y se advertía abandonado por muchos de su entorno. Subrayó la soledad que significa el poder. Idéntica experiencia tendría en 1993, tras perder las elecciones.

La caja de Pandora

En ese ambiente de malestar y confusión, Pereda se trasladó inopinadamente a Santa Cruz, el día 20. En la mañana siguiente, después de una reunión con sus camaradas en la Escuela de Aviación, se proclamó “presidente electo” de los bolivianos y amenazó con bombardear La Paz si no se le entregaba el gobierno. Actitudes tan contradictorias en el transcurso de unos pocos días, primero la renuncia y, segundo, el golpe, confirmaron su carácter inestable.

Entretanto, la población civil asistía atónita a estos manejos castrenses que amenazaban retrotraer el país al siglo diecinueve. Al convocar a elecciones, Banzer había destapado la caja de Pandora. Las ambiciones de algunos militares, aquietadas durante su gobierno, renacieron con más vigor que antes. Su anhelo de restablecer la democracia había tenido el efecto opuesto pero ya no era posible dar marcha atrás y la disyuntiva era perentoria: ceder al desacato o sofocarlo por las armas provocando una guerra civil de consecuencias imprevisibles.

No vaciló mucho, ya había decidido dejar el gobierno el 6 de agosto, entregando la presidencia a quien fuese elegido democráticamente. Aunque los hechos habían ocurrido de manera diferente, resolvió cumplir la palabra empeñada y cedió el poder al Alto Mando militar, que lo transmitió de inmediato a Pereda.

Según una declaración ulterior de Banzer, la rebelión militar de Santa Cruz no fue dirigida contra su persona, sino contra la Corte Nacional Electoral que había anulado las elecciones a petición del propio Pereda. En efecto, era difícilmente concebible que Santa Cruz, lugar en el que Banzer había nacido y donde era querido y respetado, hubiese dado el triunfo a una subversión contra su persona. Al parecer “hubo confusión y mucho whisky” entre los militares alzados.

Como quiera que fuese, Pereda tomó el avión y se dirigió a La Paz, con destino al Palacio Quemado, donde ingresó en medio de la indiferencia general.

Al tiempo de despojarse del mando, en un mensaje dirigido al “nacionalismo boliviano”, Banzer declaró entre otras cosas: “Cuando se reconoció la necesidad de que las Fuerzas Armadas junto con los partidos nacionalistas de mayor relevancia asumieran la responsabilidad de gobernar, se planteó como premisa que no se trataría de un simple derrocamiento de un régimen, sino de la institucionalización de la revolución nacional interrumpida por el extremismo (…) Ese nacionalismo no dejará de ser el movimiento de la mayoría del país, con conductores que surgirán de su mismo medio, renovados en su fe y que tendrán compromiso con los altos intereses de la patria”. Era su manera de anunciar, indirectamente, su futuro retorno a la política.

Se le vio abandonar el Palacio Quemado, en uniforme militar. La cabeza descubierta y conteniendo apenas las lágrimas. Acaso pensaba que ese final era injusto, pues él lo había concebido en forma más digna: la entrega del mando a un presidente elegido por el pueblo, con ceremonial adecuado y con un Parlamento en funciones. Había anhelado volver a su casa el 6 de agosto, por su propia voluntad y no bajo la conminatoria de uno de sus subordinados. Sus lágrimas quizás obedecían a ese desencanto.

Esa larga travesía del desierto que ahora emprendía iba a agregar una dimensión más a su imagen histórica, pues se lo identificaría no sólo como el presidente que dio siete años de bienestar económico al país, sino también como el ciudadano que puso su presencia y su prestigio al servicio de la restauración y consolidación de la democracia en Bolivia.

Superando la amargura inevitablemente provocada por este final inopinado, tenía sobrados motivos para sentirse en paz con su conciencia. En 1971 había encontrado una Nación al borde del colapso económico y social; ahora, siete años después, la dejaba floreciente en lo primero y afirmada en lo segundo. El autoritarismo de los años iniciales estaba compensado con logros positivos en el orden institucional y material del país. Ello no impediría las enconadas críticas que sus adversarios políticos formularon en los meses y años siguientes y a las que respondió con gran serenidad.

“Es evidente que el país todavía no cuenta con los medios necesarios para un aprovechamiento óptimo de los recursos provenientes del extranjero. La administración pública no tiene la capacidad suficiente para manejar con eficacia cantidades más o menos considerables de recursos financieros. Todavía no existen empresas capaces de realizar obras de magnitud. A pesar de esa debilidad, la deuda externa ha sido utilizada en forma productiva y con un sentido social verdaderamente revolucionario.

”Es totalmente deshonesto descargar sobre las espaldas de mi gobierno los costos de todo lo que ha sucedido últimamente; es peor aún desvirtuar ese período acumulando sobre él las fallas de toda nuestra Historia. Las personas honestas, sencillas y auténticamente bolivianas reconocen que el país ha evolucionado. Ya no es la Bolivia de hace ocho años. Excepto la política, todo ha cambiado.

”Pido al pueblo de Bolivia que, liberándose sólo un instante de la influencia de la propaganda y de los prejuicios políticos, haga un recuento de las obras realizadas durante mi gobierno. Pido a cada boliviano que vea cómo eran antes los aeropuertos, las carreteras, las comunicaciones, los campos deportivos, las ciudades, las escuelas, las fábricas, la agricultura y sobre todo la convivencia entre bolivianos y cómo son ahora.”

Juan Pereda y David Padilla

Pereda ingresó al palacio con el desenfado de quien penetra en un cuartel. La verdad es que fue la insistencia de sus camaradas de la Escuela de Aviación de Santa Cruz la que lo animó a rebelarse contra el superior a quien debía su carrera.

Sus primeras actitudes fueron conciliatorias: dispuso la libertad de ciento cuarenta detenidos políticos y anunció su propósito de restablecer el proceso de democratización que él mismo acababa de perturbar. Tuvo el acierto de designar canciller a Ricardo Anaya, alto dirigente del PIR y figura de prestigio; pero esta presencia fue insuficiente para dar solidez a un régimen endeble, surgido casi por azar.

Del fugaz tránsito de Pereda por la presidencia, cabe destacar su respeto por los derechos humanos y la libertad sindical. Dictó un decreto estableciendo el seguro social campesino, que nunca se puso en práctica. Suscribió un convenio con USAID para el fomento de la artesanía e inauguró la autopista La Paz-El Alto. Poca cosa, en verdad, aunque tampoco tuvo tiempo para más.

Su gobierno se caracterizó por una inactividad lindante con la parálisis. Estático, sin rumbo definido, consciente de su temporalidad. En lo personal, Pereda confirmó rasgos ya conocidos: inestabilidad psicológica, lasitud, casi indiferencia. En suma: ausencia de la vocación y del sentido del oficio requeridos para ser presidente.

Se advertía que ya no era Banzer quien gobernaba. Por ley de la inercia prosiguieron muchas de las obras y programas emprendidos por éste; pero a desánimo, sin convicción ni aliciente. Era evidente además que la situación económica ya no era tan favorable y faltaba ahora la voluntad ejecutiva. Los buenos tiempos se desvanecían rápidamente.

Acogidos a esta tregua precaria, retornaron al país muchos dirigentes sindicales y líderes políticos. Esperaban una nueva convocatoria a elecciones; pero, inexplicablemente, Pereda dilataba este llamado, más por desidia que por un propósito preconcebido.

Este inmovilismo incitó a otros militares a reemplazarle. Un grupo de oficiales denominados Institucionalistas –cuyos miembros más destacados eran los tenientes coroneles Gary Prado Salmón y Raúl López Leytón— decidió actuar.

Ausente en Buenos Aires, Banzer no intervino en estos trajines, aunque es posible que estuviese informado de ellos. Guardaba un compás de espera, atento a lo que ocurría y buscando la mejor forma de volver a la vida pública. No pudo rehusar sus servicios cuando el Alto Mando le pidió que asumiera el cargo de embajador de Bolivia en la Argentina. En aquellos días, Argentina y Chile estaban al borde de la guerra y no convenía que la embajada en Buenos Aires quedara acéfala. Sobreponiéndose una vez más a sus sentimientos personales, aceptó el cargo.

Apenas pudo desempeñarlo durante veintinueve días, pues el 24 de noviembre de 1978, el comandante en jefe del ejército, general David Padilla, desplazó a Pereda, quien no sólo no opuso resistencia sino que dio la impresión de sentirse aliviado al despojarse de ese fardo. Padilla era el tercer presidente en el curso de un solo año.

Se sabía que era un militar modesto, correcto, sin luces, pero con un buen sentido de la disciplina y los deberes castrenses. Según Banzer, que lo conoció en el Colegio Militar, había sido un alumno mediocre. Como oficial tampoco se destacó.

Al asumir la presidencia en 1971, Banzer lo designó comandante de la guarnición de Villa Montes, a petición del propio Padilla, quien le prometió combatir el contrabando, entonces floreciente en esa zona. Sufría de una osteoporosis que le obligaba a viajar a Santa Cruz cada semana, en avión del ejército, para someterse a tratamiento médico. Como esto resultaba oneroso, Banzer lo transfirió a Santa Cruz y Padilla le agradeció participando en el alzamiento de Pereda…

Era el ejemplo típico del militar asediado por los políticos desde los albores de su carrera. Fueron aquellos quienes golpearon a la puerta de su cuartel, incitándolo a la conspiración. Colmaría su carrera una serie ininterrumpida de conjuras, revueltas, golpes de estado, amagos de revolución e intrigas políticas en las que se vería envuelto, en segundo o tercer plano y contra su voluntad, a veces.

El 9 de abril integra uno de los regimientos que defienden con tibieza a Hugo Ballivián. Resulta levemente herido y reaparece unos meses más tarde como edecán del presidente Paz Estenssoro, primero, y luego, de Hernán Siles. Presencia el trágico episodio de abril de 1959, cuando los falangistas caen en la celada del cuartel Sucre y Unzaga de la Vega se suicida.

Padilla está casi siempre próximo al ojo del huracán, pero elude alardear de protagonismo. Aunque ha servido en guarniciones fronterizas, su libro Recuerdos y decisiones de un general omite esos aspectos de su carrera. No hay en él ninguna reflexión profesional. Todo está empapado de aroma político.

Al gobierno de Padilla se le reprocha el contrato para la construcción de la fundición Karachipampa, que dio origen a críticas de orden financiero, técnico y moral. Edificado en el departamento de Potosí por un consorcio alemán y belga, bajo el auspicio de COMIBOL, esta planta estaba destinada a fundir y refinar plomo y plata. El complejo costó ciento cuarenta y siete millones de dólares y hasta la fecha no entró en funciones por causa de problemas técnicos y falta de materias primas. Financiado con créditos del exterior, mal concebido y peor ejecutado, Karachipampa es un ejemplo de irresponsabilidad, o lo que es peor, de inmoralidad administrativa. El rumor sobre comisiones percibidas por sus gestores alcanzó amplia difusión.

Entre los actos positivos de este gobierno, cabe mencionar las gestiones para que la IX Asamblea General de la Organización de Estados Americanos se reuniera en La Paz. Autor de esta iniciativa fue el canciller Raúl Botelho Gozálvez, secundado por Gonzalo Romero, embajador ante la OFA y el coronel Gary Prado, ministro de Planeamiento, que se hallaba a la sazón en Washington.

Botelho Gozálvez, hombre de letras y diplomático de carrera, no esperaba ser canciller y, poco después, presidente interino, durante una corta visita de Padilla a Venezuela. Se desenvolvió con brillo y sentido del humor, lo cual no le impedía defender la dignidad de su posición, como lo revela la siguiente anécdota. Un día el comandante del regimiento Tarapacá, coronel Arturo Doria Medina, le pidió audiencia para reclamar sobre la asignación de los tanques austríacos. Botelho lo citó a una hora precisa, pero el coronel apareció dos horas más tarde. Botelho se negó a recibirlo, pues tenía otras audiencias. Habituado a que se lo atendiera a la hora que le viniera en gana, Doria Medina irrumpió airado en el despacho e increpó al Presidente, quien, sin alterarse, le ordenó salir de inmediato “si no quería ser obligado por la fuerza”. Estupefacto, Doria Medina salió refunfuñando que cobraría debida venganza apenas retornara Padilla. Así fue. Al regresar de Venezuela, Padilla eliminó a Botelho del gabinete.

Doria Medina continuó como comandante del Tarapacá que masacraría al pueblo en las matanzas de Todos los Santos, en noviembre de 1979.

Demostrando sensatez, Padilla no se aferró a la presidencia y una de sus primeras decisiones fue la de convocar a elecciones inmediatas, garantizando la libre participación de los partidos.

Fuente:

– Alfonso Crespo, Banzer: el destino de un soldado. 1ª Edición. Gráfica Laf SRL. Buenos Aires, 1999. 253-269.

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